Julio Prado

El hincado

En la Torre de Tribunales lo que más se notaba eran las ausencias. Los pasillos lucían casi vacíos, mientras las pantallas en el lobby anunciaban las pocas audiencias que se llevarían a cabo. Faltaban dos días para Navidad.

La mitad del personal estaba de vacaciones, mientras el resto estaba a punto de tomar un descanso largo. Se sentían las ansias.

Dentro de uno de los juzgados, donde habría una audiencia importante para la Fiscalía, la gente se amontonaba frente a un mostrador de madera apolillado. La pintura beige estaba llena de manchas negras, como de grasa. La decoración consistía en papeles apilados y un ventilador con las aspas llenas de mugre, tratando de airear el sitio sin éxito.

Estaba por terminar la audiencia de la sala de vistas. Un caso de narcotráfico. Afuera todos esperaban ser atendidos. Sobre todo los que llegaron a que se recibiera su primera declaración. Se jugaban la vida: si no les permitían la libertad o una fianza, pasarían la Navidad en el centro de detención preventiva, que es decir, en medio de la locura.

Me acomodé en una esquina a esperar la audiencia. Tenía que permanecer de pie. Las únicas dos sillas disponibles en el interior del juzgado estaban ocupadas por una mujer y su abogada. Escuché que estaban ahí por un caso de negación de asistencia económica. El procesado era un hombre joven, de botas vaqueras y jeans, que se acercó a hablar con ellas. Ninguna de las dos respondía. Hacía calor. El ventilador no era suficiente, tampoco el personal para tanta demanda.

El hombre al que estaban procesando por la pensión adeudada empezó a impacientarse. Trataba de hacer que la mujer reaccionara, pero ella parecía estar bastante dolida. La abogada sostenía un gesto inmutable, aunque por momentos veía de reojo al hombre, casi permitiéndose una mueca de disgusto.

Supongo que fue un acto desesperado: el tipo se hincó frente a la mujer sentada en la silla. Por favor, no me dejés preso, es Navidad –decía. Sentí lástima por todos. Seguramente el tipo era un abusador, de eso no quedaba duda. Pero preso tampoco pagaría lo adeudado; conociendo al gremio, ya su abogado se encargaría de tomarlo todo. Daba igual en todo caso, su tarea era inútil: había cometido errores graves y ahora pagaba las consecuencias. Tan graves, que aunque la mujer retirara los cargos, se le seguiría procesando. Escogió su suerte. 

La mujer no respondió. El hombre seguía rogando. No había señales de que la audiencia en la que participaría mi fiscalía se iba a realizar. Era solo de esperar entre la desgracia, las familias rotas, la gente amontonada frente al mostrador y las luces intermitentes de una Navidad que tenía a todos con ansias de ir a casa, con su centellar rojo, amarillo y azul, a las espaldas del hincado. 


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