Engler García

Nosotros Profe, nosotros

Disculparán ustedes que utilice este espacio para intentar escribir algunas líneas por un tipo, como dice mi hermano, sencillo y anónimo; que sin quererlo o sin estar consciente de eso, marcó positivamente la vida de una treintena de personas. Tal vez un poco más.

Me levanto de mañana, enciendo la computadora y reviso el correo. Esa manía adictiva que hace que antes de la regadera repita el mismo ritual. Dos correos nuevos. En uno de ellos me ofrecen un software con precio de oferta. Irresistible, aseguran. Claro, en la era del software libre eso es un tanto pretencioso. Dicen además que la oferta es válida solamente por ese día. Llevo casi toda la semana recibiendo la misma información.

Abro la persiana de mi ventana, afuera el cielo infinitamente azul empieza a iluminar las calles de una ciudad cuasi abandonada. Última semana del año, las calles intentan olvidar sus bullas y prisas, sus saturaciones y sus policías de tránsito en particular dialéctica con los semáforos. Un día hermoso, de los que prefiero. De los que me hacen sentir como un pez bicicleteando entre corales citadinos.  Leo el segundo correo.  

Dice que es urgente. El remitente, un viejo amigo de mi niñez y adolescencia me pregunta y cuenta eso que todos preguntamos y contamos. Pero el correo no era para eso. Termino de leerlo, voy a la habitación de mi hermano, toco la puerta. Sale recién bañado y con la gelatina a medias en su cabeza. Le cuento de lo que me acabo de enterar. Se queda paralizado. Estoy seguro que a él también se le arremolinaron los recuerdos.

Tenía ya varios años de no verlo y no saber nada de él. Estaba enfermo fue lo último que supe. Fue nuestro tutor en el internado en el que transcurrieron mi niñez y algunos años de mi meditabunda adolescencia. El tipo solía tocar la guitarra, corría carreras de medio fondo y jugaba muy mal al fútbol. A diferencia de las religiosas encargadas de ese lugar, a él le pagaban.

Su trabajo era acompañarnos por las tardes al volver de clases. Revisar nuestras tareas, intentar enseñarnos a tocar la guitarra, a dibujar paisajes grises con la parte lateral de la punta de los lápices. Jugar al fútbol e intentar enseñarnos a sembrar la tierra.

Todos los días llegaba por las tardes y se iba cuando ésta terminaba. Se ponía una playera sin mangas, una pantaloneta pequeña con cortes en los lados. Un par de tenis y a correr de vuelta a casa. Diez o veinte kilómetros, no sé. Podría calcular en google maps. Ahora las distancias de aquellos días tan solo son un par de pasos y recuerdos devenidos en palabras.

El caso es que ese correo me informó de la muerte de un tipo anónimo, que sin quererlo, sin desearlo, sin buscar trascender más allá de cumplir y hacer bien su trabajo; marcó positiva y hondamente un puñado de vidas. Incluidas la de mi hermano y la mía. Entré de nuevo a mi habitación, me senté a la orilla de la cama y me quedé viendo la ventana sin saber qué hacer. Y lloré.

Y es que tampoco ahora sé como terminar estas líneas. Tal vez de la manera más predecible pero la más honesta. Gracias Profe Mario. Tenga por seguro que ese puñado de vidas que por algunos años vio cómo fallaban una y otra vez los azadonazos, los disparos a la enorme portería y terminaban por tirar a la basura papeles garabateados, lo recordaremos con el corazón repleto de agradecimiento. “¿Quién rezará a mi memoria, Dios lo tenga en su Gloria y  brindará a mi salud? Joan Manuel Serrat”. Nosotros Profe, nosotros.


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