En primera instancia, claro, lo que ya es dominio público: que ha merecido los premios Ícaro 2011 al mejor largometraje de ficción centroamericano y el del público, así como el Primer Premio Coral a Óperas Primas de la 33ª edición del prestigioso Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Más allá de ello y de lo que estos reconocimientos representan para la cinematografía nacional, es importante destacar lo que la obra ofrece para reflexionar y pensar. Algunos apuntes al respecto:
Quizás en primer lugar, la cinta “Distancia” nos recuerda vívidamente y a la guatemalteca —es decir, en nuestros idiomas, pa qach’ab’al, y desde nuestras idiosincrasias, maneras de ser o vivir, k’aslemal— que la distancia no habrá sido nunca sólo una. Vivimos, somos, diversas distancias y distanciamientos. Ninguna se mide en metros, por cierto, aunque se trata de una peculiar película de viaje.
Don Tomás Choc ya no es el hombre a quien hace 20 años le secuestraran a su hija luego de haberle masacrado al resto de su familia, arrasado su aldea, perseguido y empujado hacia el exilio en la profundidad de las montañas. Más evidente, claro, es la transformación de la hija, de niña de 3 años a mujer de 23, a madre de familia, habitante de otra tierra, remota en idioma, modos y costumbres. Pocas veces convendrá mejor a nadie más el verso “Yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa” y hasta el poema entero de García Lorca. Distancia no es ajenidad.
Choc es ahora un hombre maduro, casi viejo, solo, meditabundo, expectante activo, eso sí, en búsqueda serena de su familia, restos, noticias, algo… A pesar de todos sus pesares, en nada muestra amargura o desesperanza, si bien tampoco felicidad, aunque sabe sonreír y echarse los tragos con los amigos. Nada que ver con el fantasma estereotípico de la víctima resentida, traumada, azuzada o manipulada. Pero no hay que equivocarse y sucumbir a otro estereotipo, el de la víctima resignada, penante, contrita, cruzada de brazos, con la cabeza agachada y hasta arrodillada, en aceptación penitente de un destino doloroso. Don Tomás persiste firme en su propósito por reencontrarse de alguna manera con el resto de futuro arrebatado de la historia vivida, que aunque sea solo parcialmente ha registrado con gran esmero. La ha venido escribiendo y dibujando por años en un cuaderno que ofrecerá a la hija con quien se reunirá, sin contar quizá con que esta no tuvo la oportunidad de aprender a leer y escribir (ahora lo hará, dice a través de un traductor, porque abrieron en su comunidad un programa para adultos donde también aprenderá castellano). El regalo vale igual y desde ya, en este su presente que con todo y sus dinámicas y distancias propias no puede prescindir de aquel pasado que no simplemente pasó sino continúa pasando, y no solo a su padre ni solo a ella.
Es a todas nosotras y todos nosotros, al kojb’il, la comunidad aún posible de habitantes de Coactemalán, Guatemala, Iximulew, a quienes nos es en última instancia ofrecido el recuento de aquella noche oscura que desencajó nuestros devenires. Queda en tal comunidad futura que ya conformamos, hacer de ello un mítico caos primordial o un silencio fecundo del cual crezca y florezca una nueva manera de ser, plena, winaq. La alternativa es permanecer en ese colapso anticipado del tiempo: sin futuro, sin pasado, sin presente.









