Engler García

A propósito del Día Mundial contra la Corrupción

Era un típico burócrata. Trabajaba en el banco estatal, sus funciones eran bastante simples y repetitivas: contar billetes viejos, organizarlos en fajos de una cantidad determinada, estampar su firma en el precinto y listo. De lunes a viernes, de ocho a cuatro.

Apenas un eslabón en el largo y lento proceso burocrático para destruir los billetes deteriorados que deben ser retirados de la masa monetaria. Ya se sabe cómo son estos asuntos. Los fajos con precintos firmados se amontonan mientras tanto.

Por el tipo de trabajo que realizaba, todos los movimientos eran grabados por cámaras de seguridad. Sobre su cabeza y en las esquinas estaban las camaritas con su luz roja permanentemente encendida. –Debe haber un espacio por el que no me vean claramente– pensaba. Finalmente se decidió. Hizo una prueba, dejó caer un billete, lo recogió y antes de ponerse de pie, el sucio y viejo billete terminó en el bolsillo de su pantalón. Sorprendido de que no repararan en su maniobra y con una enorme sonrisa, terminó su jornada laboral.

Nada extraño o novedoso pasó ese día. Tan solo un burócrata, un tipo común y corriente que encontró un punto ciego sobre su cabeza, donde el sistema de cámaras no lograba grabar claramente los movimientos de sus manos.

El siguiente paso fue el más sencillo. Repetir la operación, dejar caer billetes viejos. Uno al día, todos los días. Y en vez de devolverlos al precinto, meterlo en sus bolsillos. ¿Quién cuenta ese dinero cuyo destino es su desaparición? Él. Firmaba los reportes y los cintillos de los fajos certificando su exactitud. Era su trabajo. Su alegre y afortunado trabajo.

Un día, llamaron desde la Presidencia dela República.Necesitabandinero para respaldar unos sobregiros, eso dicen las investigaciones. Lo solicitaron en efectivo y no había suficiente para cubrir la cantidad exigida. Entonces debieron recurrieron a los fajos de billetes viejos Una especie de gracia presidencial. El papel moneda cuyo destino era la hoguera, había sido salvado.

Al momento de hacer los depósitos, los conteos no cuadraban. Había miles de fajos con billetes faltantes. En todos hacía falta un billete de cien quetzales. En los cintillos de los fajos con faltantes, estaba la firma del burócrata sonriente. Iniciaron las investigaciones, las internas, las del banco. Es que era sospechoso que faltaran billetes. Lo otro, lo de depositar dinero del Estado en cuentas de empresas, no tenía nada de raro. Después de todo, era el Presidente quien lo solicitaba.

A pesar de su firma en el precinto solamente despidieron al burócrata que dejó de sonreír. Decidieron no denunciarlo ni procesarlo penalmente. Apenas había pruebas. Claro que había imágenes, pero como sospechaba, apenas se veía su silueta agachándose y nada de sus manos. Y ya se sabe cómo es el sistema judicial, tan quisquilloso con la exactitud en las acusaciones y los abogados que hacen tormentas con las formas del asunto.

Lo que sí hizo que se le borrara definitivamente la sonrisa al burócrata, fue al enterarse de la otra parte del trato. Despedirlo y no denunciarlo a cambio de sus prestaciones laborales. Eran muchos los años trabajando en aquel lugar. Dicen los entendidos, que en el banco estatal las condiciones laborales son de las más apetecibles en este país tropical.

Sin trabajo y sin dinero, pero con sus antecedentes intactos y con un dinerito que tenía ahorrado, pudo iniciar una venta de repuestos. Hasta la fecha es lo que hace para vivir. Por estos días, debe tener de nuevo su enorme sonrisa. Con el único proceso penal iniciado a un expresidente, a punto de concluir con un viaje al norte, debe reconfortarlo enormemente.  Después de todo, ese señor había terminado con su trabajo de burócrata bien remunerado que encima, le permitía un ingreso adicional. Bueno está, debe estar aseverando.


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