La tolerancia es lo que concedió a los demócratas hacer eco de sus demandas en sociedades arcaicas donde no se permitían libertades mínimas. Por ejemplo, gracias al talante democrático hoy se acepta la libertad de credos, los derechos laborales o el voto femenino. Libertades todas ellas que implican una aceptación del otro distinto pero respetable en sus creencias y costumbres.
Sin embargo, la tolerancia se malentiende y se abusa de ella con demasiado descaro. Los diferentes credos, posturas y convicciones compiten en un mundo desequilibrado donde unas opiniones pesan más que otras. Las religiones exigen el respeto de sus creencias, pero son de los más intransigentes cuando de tolerar lo demás se trata. Uno tiene que permitir que cuelguen al Señor en paños menores por todas partes, pero si pusiera a la señora del presidente de Francia en paños menores a la entrada de mi oficina todo el mundo alegaría, y eso que la señora Carla Bruni aún está de muy bien ver.
Los hombres toleran cada día más la opinión de las mujeres, pero, eso sí, yo no he visto restaurantes familiares donde pasen desfiles de moda a todo volumen y sí muchos donde hay que aguantar el bendito futbol a puro tubo. No me malinterpreten, sé que hay muchas mujeres a las que les gusta el futbol y a muchos hombres que les gusta la moda, afortunadamente, pero ya me entienden. La tolerancia con la mujer se acepta mientras esta siga cumpliendo con sus deberes femeninos debidamente.
De los derechos laborales ni voy a hablar, porque la gente está muy feliz con sus ocho horas de trabajo, sus vacaciones pagadas y bajas por maternidad, pero cuando les hablas del sindicalismo parece que estuvieras hablando del mismísimo Satanás. Ni qué decir de las cuestiones étnicas, porque uno tiene que tolerar, pero cuando llega el momento de cambiarse de camiseta para respetar al otro, entonces no hay tolerancia. En verdad, el principio de que mi libertad termina donde empieza la de los demás no es lo que se aplica, sino otro muy distinto; el de que yo puedo hacer lo que quiera mientras el otro no se entere.
Yo puedo ser comunista, ateo, abortista, homosexual, bígamo mientras el otro no lo sepa. Con una hipocresía total, todo está tolerado mientras lo hagas a escondidas. Lo malo es que no son las mismas cosas las que se esconden. Un hombre transexual que se viste de mujer y sale a la calle con valentía a reivindicar su identidad sexual, no es lo mismo que un hombre que miente a su mujer, teniendo otra familia a escondidas. No, no es lo mismo, como dice Alejandro Sanz.
Yo no soy tolerante con el intransigente. Con el que dice que vale todo para vencer a la violencia. Con el que me permite ser mientras mienta y oculte. Con el que se cree dueño de la verdad absoluta. La tolerancia verdadera es la que respeta los derechos de los otros cueste lo que cueste y caiga lo que caiga. No se oculta, no acepta verdades a medias y no se vende. Es la convivencia que se defiende en contra de la tiranía.









