Mónica Mazariegos

La muerte, de colores

En este lugar, donde la vida es tan frágil e intermitente, no dejan de sorprender los múltiples símbolos y significados de la muerte.

La muerte es cálculo matemático, es estadística que articula discursos, dispone presupuestos y decisiones políticas: números promedio de muertos diarios por la violencia, de muertos diarios por desnutrición, de muertos por las lluvias en cada invierno, de muertos en éxodo rumbo al norte…

La muerte se proyecta en nuestros sellos nacionales de limpieza social, de mujeres descuartizadas, de genocidio, de brutal desigualdad. La muerte bala, la muerte chajazo, la muerte ausencia de hospitales, la muerte cianuro diluido en agua, la muerte de hambre. Pena de muerte, ofrecida como pócima mágica que alborota, cautiva y enardece a las masas desesperadas, hartas de la violencia y miedosas de la muerte. Irremediable, omnipresente muerte que nos aplasta y nos pudre la alegría, la imaginación, la existencia.

Así las cosas, la muerte es una fulana que nos acompaña todo el tiempo. A algunos, en la batalla por la sobrevivencia diaria de llenar la panza; a otros, en la batalla por salvar la vida. A muchos, la muerte se les filtra a diario entre el recuerdo de los seres amados que partieron un día, o que alguien más hizo partir violentamente. La muerte es un pensamiento tan recurrente (¿pasará algún día sin que pensemos en la muerte?) que para vivir, algunos buscan desesperadamente reconciliarse con ella como idea abstracta, pero también como posibilidad concreta y latente. De algunas o de tantas nos hemos salvado ya, todos y cada uno de los vivos aquí, que la muerte es una especie de lotería que nadie quisiera ganar.

Pero la muerte, acá, también se viste de colores. Y convive con la fiesta. El día de los santos y difuntos, el día de la fiesta del encuentro de los vivos con los muertos, se rompe con colores esa parálisis que nos produce la muerte: flores de colores entre cubetas de colores, manteles de colores, tumbas de colores, fiambre de colores, gigantescos barriletes con papeles de colores llevando pensamientos y mensajes para los que ya no están entre nosotros. Para los que se llevó la fulana muerte. Para los memorables antepasados. Para los que provocan nostálgicos recuerdos. Para aquellos que son mucho más que fotos viejas. Que son parte de lo que somos. Que fueron y son amor del bueno. Que nos siguen inspirando.

Ese día de colores permite, al menos un poco, al menos a algunos, juntar los propios añicos regados por dentro, desenterrar palabras para regalárselas de nuevo, para recordarlos, para homenajearlos, para volver a comunicarse con ellos. Más allá de la vida y la muerte como mundos contrarios.

En este día de muertos, un barrilete hermoso para nuestros antepasados, grandes, magníficos, inmortales. Y un entrañable pensamiento de justicia para los enterrados, los que permanecen aún con los ojos abiertos. 


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