Elizabeth Ugalde

Las brujas modernas

Tendría mi hija menor como dos años, todavía pataleaba con dificultad en las truculentas aguas del lenguaje y a menudo al tratar de buscar una tabla de salvación que la ayudara a darse a entender, sin querer se metía en divertidísimas situaciones.

Recuerdo que tenía problemas para hacer sonar la erre, la cual se empeñaba en salir desde la garganta, como si fuera francófona. También, recurría con frecuencia a crear su propio vocabulario. Pero lo más gracioso era que confundía la palabra “bruja” con la palabra “puta”. Entonces, cuando ella simulaba que leía sus cuentos, a menudo, la oíamos decir “Había una vez, una puuuta… ¡¡¡Qué meu!!!”, que traducido al adulto oficial, sería algo así como, había una vez una bruja… ¡¡qué miedo!! Todos en casa disfrutábamos esas lecturas tan traviesas de nuestra pequeña Laura.

Un día, a la madre (o sea, yo) se me ocurre la genial idea de confrontar a mi hija con la fonética. De manera clara, pausada y pronunciando sílaba por sílaba, le pregunté: Laura, cuando yo digo pu-ta, ¿qué entiendes? Ella me respondió, bruja. Entonces, la inquisidora madre, la confronta, preguntándole: y cuando yo digo pu-ta, ¿qué escuchas? Y ella, con carita de ángel me dice: mami.

Bueno, esta ingenua confusión entre brujas, putas y mamis, no siempre fue tan inocente. En Europa de la Edad Moderna, se ejecutó a muchas personas sospechosas de brujería, la mayoría de ellas eran mujeres de edad avanzada, mayores de 50 años, solteras o viudas. Se consideraba que estas mujeres estaban más inclinadas al pecado, eran más receptivas a la influencia del demonio, y por tanto, más susceptibles de hacerse brujas. Miles de féminas fueron víctimas de esta infamia y condenadas a morir en la hoguera, por el simple pecado de ser mujer.

Hoy en día y para vergüenza de nuestra sociedad, seguimos despachando “brujas”. Anualmente, cientos de mujeres son quemadas con gasolina, algo más sofisticado que la hoguera, torturadas, maltratadas, descuartizadas, violadas y muertas a golpes. Si antes se les hacía un juicio, con pruebas ridículas para demostrar que eran brujas, ahora, en cambio, es el propio compañero de vida el que decide su culpa y castigo. Juez y verdugo a la vez, ni siquiera hacen falta las absurdas pruebas, basta con su irrefutable opinión.

Los argumentos no cambian, tan claros y objetivos como los de la Edad Moderna. La mujer es pecadora y fácilmente influenciable por el diablo. En aquel entonces, como ahora, el fondo es el mismo, la mujer es considerada un ser inferior que no tiene derechos.

Este 31 de octubre, cuando celebremos el día de las brujas, no nos olvidemos de aquellas mujeres que murieron en la hoguera, y pintémonos el rostro de vergüenza por dejar en espera de justicia a todas esas almas de nuestro tiempo que aún esperan el sueño de los justos. 


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