Una nota que ilustra la tragedia en la que se convierte el período de lluvias en Guatemala. Más de 25 fallecidos, pérdidas millonarias en las cosechas, carreteras destrozadas por la acumulación de agua que se deshace del terreno, son una parte de la cauda que nos deja la lluvia este año.
Paradójicamente y a pesar de la amplia difusión sobre los hechos, el Congreso de la República, cuyos diputados ratificaron la declaratoria del Estado de calamidad, corrieron antes de que terminara el día martes e impidieron con ello la aprobación de fondos de emergencia para atender la catástrofe. Dice la nota de prensa que los y las congresistas retornarán la próxima semana. Es decir, casi seis días después de que se van, sin que les importe un comino la situación nacional.
A media tarde del miércoles se conoce que el Presidente sugiere la suspensión de la vuelta ciclística a Guatemala, porque considera que no hay condiciones para realizarla. En respuesta, la Federación de Ciclismo insiste en que se lleve a cabo porque, afirma, tiene compromisos adquiridos con los patrocinadores. A los dirigentes deportivos, la tragedia y la urgencia, al igual que a los diputados, les importa un pepino.
Con esas acciones y respuestas bien se puede empezar a diseñar un aparatejo como los usados para medir el grado de alcohol en la sangre y pedirle a a cada diputado y dirigente deportivo que sople, a fin de establecer cuánto grado de egoísmo acumulan en su cuerpo. No pretendamos medir honradez, dignidad, compromiso social, responsabilidad o probidad, no. Eso me parece que a estas alturas es una utopía en las actuales condiciones de la oferta política y funcionariado.
Tan solo midamos su calidad humana y conformémonos con saber cuánto sienten de apego por el prójimo y la prójima. Cuánto sienten en su piel la tragedia de otros y otras. Veamos si los gruesos y abrigados trajes que se compran con el sueldo que pagamos con nuestros impuestos, es calado por el frío y el dolor de los miles de conciudadanos y conciudadanas que hoy, ayer, toda la semana, toda la vida, han estado relegados al abandono social y estatal.
Intentemos comprobar si esos zapatos de marca famosa, elaborados con cuero fino y comprados también con nuestros impuestos –o con fondos que se agencian por su buenos oficios para otros–, permiten el paso del agua que se cuela en las laderas y los ranchos, en los asentamientos y en el alma. Probemos si sus cabezas, forradas de cabelleras propias o compradas, son abatidas por el viento frío de la lluvia. Verifiquemos si en lugar de encaramarse a sus vehículos de doble tracción en las cuatro ruedas, se suben a los buses atiborrados y con goteras.
Miremos si esos zapatitos brillosos se enlodan con la tragedia y el dolor de siglos que se acrecientan con el embate de las lluvias.
Tomemos el pulso, en el caso de la Federación de Ciclismo, de la capacidad de sentir pena por la gente y no cegarse y obstinarse en su afán de cumplir un ejercicio deportivo sobre una tierra desgarrada. Midamos a fin de cuentas, la calidad humana de quienes en el caso del Congreso tienen la potestad legal y la obligación moral de contribuir a mitigar, cuando no a resolver la situación de las víctimas reales de la tragedia cotidiana que representa el clima adverso en Guatemala.









