Y yo me pregunto hasta la náusea si es verdad la “verdad” de que nada tiene sentido y, al final, todo se desliza hacia un vacío alimentado integralmente de todo y de sí mismo; un vacío insaciable; un vacío autófago, antropófago, omnívoro. Un vacío acuoso como la fantasía de Calvino: un lugar en el que llueve. Un vacío semejante al diluvio lúbrico de átomos que poetizó el materialismo naturalista de Lucrecio. Un vacío cuyo sentido nos rehúye, porque el sentido del vacío quizá sea no tener sentido en absoluto: un soberano sinsentido.
Tu carta última, a propósito del vacío, me orienta a cavilar sobre el significado de existir como ser volitivo, como ser pensante y capaz de poseer autonomía; en suma, existir en las antípodas del zombi y del esclavo, del siervo y del muerto en vida. Pero, al mismo tiempo, me interrogo: ¿Qué significa no ser vasallo de apetitos ni de causas? ¿Cabe siquiera la posibilidad de ser autárquicos sin caer en la anarquía o en la anomia? Mi respuesta es un silencio que ensordece.
No embargante lo anterior, tengo algunas vigilancias. Si nos trasladamos a Wall Street y cercanías, reparamos en seguida en que el corredor de la Bolsa y el obrero de la escoba son ya indistinguibles en su condición de encadenados: el primero, por ser feudatario de su propia codicia y fiel devoto de Mammón, y el otro, porque no tiene más opción si quiere ganarse la vida sin escupir en la cara de la Ley. Pero el tiempo que vivimos es un tiempo de cólera. Una cólera que no viene de Dios, como en el Antiguo Testamento, sino de la indignación de quienes estamos hastiados del saqueo. Hay más de setenta detenidos por protestar contra la avaricia delincuente que llevó al orbe hasta la crisis, y ¿cuántos banqueros hay tras las rejas o en espera de proceso judicial por la factura de la ruina?
Indignación, Carmen: he aquí el sustantivo que nombra el malestar. Indigna la corrupción del burócrata haitiano que saluda a la Muerte con una venia barroca antes que dejar que su famélico pueblo se alimente y sobreviva. Indignación por la podredumbre infecta de gobiernos insensatos que colocan el pillaje por encima del bienestar general en su balanza prioritaria. Indignación ante el sicariato selectivo de la hambruna en Guatemala por obra de políticos hambrientos. Indignación por la multimillonaria obscenidad de los magnates que se beben sudores de frentes ajenas en cada sorbo de martini. Indignación por la injusticia de un mundo de comodidades asimétricas.
Digo más: fuera de Haití, también existen los adeptos a la fe de los Orishas, aunque, esto sí, despojada ya de toda teología. Una muestra conspicua la observamos hace poco en Guatemala, cuyos aspirantes a presidir la República daban la impresión de practicar habitualmente la exquisita acupuntura del vudú. Y la acompañaban, incluso, con usos menos numinosos, como tirarse detritus con auxilio de un ventilador. ¿Y qué decir de Nueva York? La Gran Manzana dispone, asimismo, de corderos sacrificiales, y he aquí que la nigromancia bursátil se cobra más víctimas a escala planetaria que todos los despojados de su voluntad por obra de un houngan en La Española. Como ves, el gran capital también puede ser apotropaico.
Yo tampoco sé si estoy vivo o muerto aquí, en esta neurosis urbanita. Me levanto y me acuesto todos los días con el mismo pensamiento: ¿vale la pena luchar por algo y subsistir en la incerteza? De momento, con lo único que puedo responderme y responderte es con la albura de 10 miligramos de citalopram y 100 miligramos azules de bupropión. La depresión me ha vencido y se ríe ferozmente de mí.
Un abrazo medicado,
Ramón









