Amílcar Dávila

Instantáneas septembrinas

Polaroids ya casi borrosas sobre la nación, las votaciones y las celebraciones patrias, esa patria escurridiza que no se deja retratar ni gobernar fácilmente, pues a lo mejor tan solo es breve, fugaz brillo o suspiro.

Nación

De las exposiciones inaugurales de foto30: Quizá la más impresionante en su representación del tema (nación) sea la fotografía de Andrés Asturias, de un aula, en Huehue, creo, grande, parece, simple, desordenada, en blanco y negro por lúgubre, no tanto por sobria. Destacan tristemente los símbolos patrios en hojas tamaño carta para colorear, coloreados seguramente por la maestra o el maestro, pegados en la pared, en recordatorio educativo de la patria. Son muchos los pupitres, destartalados, todos pegados, vacíos, en completo caos casi, como carros embotellados. He ahí un futuro que fraguamos de nación: amontonamiento caótico de ausencias. ¿O no será expulsada la mayor parte de la niñez y juventud en esa aula de esa aula, de la comunidad, de la nación, porque no caben en la precariedad, en la marginación, en la exclusión?

Una parte se integrará a la actividad productiva del país, como le llaman los dueños y sus voceros, y constituirán otra ausencia, la que retratan con abstracción casi cruel Lourdes de la Riva y Regina Vásquez en Proceso: dos caras cinemáticas de una misma realidad de tediosa (por mecánicamente repetitiva, con su concomitante ruido) dinámica, poliédrica y polisémica, en tantos, tantos aspectos amarga por mucho que produzca lo dulce por excelencia, melaza, azúcar, caramelo, y con ello riqueza, mucha riqueza —¿para quién, para qué, a costa de quiénes, de qué…? Proceso y vida no tanto de la Costa (ya llegó al valle del Polochic con todo y su muerte) sino a costa de explotación de personas y del patrimonio natural común. No tanto vida como sobrevivencia; no tanto proceso por su dinamismo y su oferta de progreso sino por su condena a la pobreza sisífica…

Buena parte de nuestros connacionales jóvenes busca insistentemente romper con este no-tiempo de fatal vorágine circular fugándose por la tangente, montándose en la Bestia retratada por Isabel Muñoz como una multitudinaria caravana de incertidumbre y angustia. Se encuentra esta juventud con sus pares centroamericanos y mexicanos en un viaje que no por rectilíneo deja de tener su propia vertiginosidad. Se construye así una nueva comunidad con potencial re-configurador (diríase deconstructivo) de fronteras, comunicaciones, países, economías, relaciones sociales y políticas, culturas. Sobre la bestia, siendo la bestia, vamos, estamos también quienes dizque nos quedamos. Allá vamos todos, a la conquista o la reconquista, al encuentro de un futuro menos desolador, con todo y su dosis de muerte, como todo lo humano.

De quienes dizque quedamos en esta latitud ofrece una muestra Jorge Chavarría en Nosotros, una exposición que incluye tomada de fotos tipo feria o parque, con caballito con telón de fondo kitsch, ecléctico (“híbrido”, dirían algunos), con avión desproporcionado dando la impresión de que está a punto estrellarse en unos genéricos edificios de ciudad genérica, evocando tímidamente una manta de fotógrafo ambulante que sí que representaba y a su manera dejaba conmemorar aquellos célebres aviones United… La galería de fotos que dan la visión de nación del fotógrafo son retratos de la diversidad guatemalteca entendida en primer lugar desde las profesiones, las circunstancias y las proveniencias. Diversidad firme casi, cuadrada frente a la cámara, a la que las y los modelos miran directamente, devolviéndonos la mirada, o no, tal vez traspasándonos, porque su visión, investida como está por una banda entre presidencial o de improbables míses y místeres, no deja de tener algo de ese mirar ajeno (¿alienado, alienante?) de autómatas de pasarela, casi zombis, apenas conscientes, apenas en contacto humano. Guatemala: territorio del no mirarnos al mirarnos fija, estereotípicamente.

Votación

Del centro de votación 0101023: animación sin colas y, a nuestra manera de barrio viejo, encuentro casi cálido de varias generaciones, la mayoría jóvenes e intermedias, pero también ancianas y hasta infantiles. Sería exagerado hablar de fiesta cívica, pero el vacío del centro y la ausencia de colas tampoco eran ocasión de ambiente aburrido o desanimado. Sería la solicitud de la juventud voluntaria, guía u observadora, o el aire familiar de las personas atendiendo las mesas receptoras, pero la atmósfera era casi entusiasta. Diríase sobriamente entusiasta, independientemente de los resultados o de los no-resultados, los nunca-resultados del sistema eleccionario establecido, con cada vez más vago olor (rastro para narices entrenadas) a democracia.

De varias calles de la capital, zonas 6, 1, 5, 10: hay muchas más escuelas y colegios convertidos en centros de votación de lo que uno creería. Sobreabundaron los tapones en un trayecto que en domingo por la tarde no debiera tomar casi nada. No obstante, los pequeños atascos a la vuelta de casi cada esquina, en la distensión de un domingo de votaciones vagamente festivas, no importunaron tanto. Por lo que fuera. Para lo que fuera.

En la esquina suroriental del parque de Santa Catarina Pinula: atasco total, pero no el caótico, ansioso, exacerbante, de una Roosevelt por la tarde-noche, sino uno de feria, con ventas callejeras, familias extendidas, color, olor, sabor a chucherías y alegría marimbística —sólo nosotros entendemos tal cosa. No hay más que volverse por donde se vino, sintiendo algo de pena, pero sólo un poco, por los carros que bajan, que incluyen mercedes de modelo reciente.

En la noche, frente a la tele: esperar como de novio frente al altar, como en cita a ciegas o quizá más exactamente como de anuncio de quién ganó la rifa o la lotería. Esperar y esperar y esperar. Mientras, las animadoras y los animadores de televisión se rifan el físico (literalmente, en estos tiempo de mera imagen) para entretener dizque analíticamente con los analistas de siempre y sus lógicas y sus mensajes de siempre. Nadie da con los resultados concretos, que sin ser totalmente inesperados (sabíamos que nos tocaría escoger entre caca y mierda, ¿no?), no terminan de encajar… ¿Signo de tiempos desencajados, de eventos desencajantes?

Independencia

Carretera interamericana, media mañana: a la adolescente le habían dicho que era bonita y era bonita y se sentía bonita aunque no tanto la mañana soleada y sudorosa del 14 en que representando a su colegio saludaba con triste y cabizbajo remedo de saludo de reina Isabel desde la palangana corta de un picop que encabezaba el pelotón-corredor-en-busca-del-fuego-patrio de sus compañeros y compañeras que también sudaban pero con ropas cómodas sin maquillaje ni corona ni cetro y charlaban y bromeaban y flirteaban alegremente por la carretera en la montaña con vista a la ciudad que desde ese punto lucía radiante e impecable

Roosevelt, noche del 14: por mucho que se hizo el esfuerzo retrasando la hora de retorno no se pudo evitar los intermitentes pasos lentos debido a los innumerables grupos portadores de antorchas. Muy de cajón en ciertos ambientes es burlarse de toda esta fiebre y patrio ardimiento, como con las bandas escolares y sus pelotones, cada vez más carnavalescos —sólo nosotros entendemos cómo. Pero si uno le pone atención a la alegría a flor de piel de chavos, chavas, niñas, niños y adultos, no puede dejar de compartir algo de ella, de ellos y ellas, de la patria sobre la que los poetas se preguntan de qué está hecha porque se la imaginan o la re-crean casa, pero a lo mejor es sólo estas fugaces sonrisas al trote en una tradición reciente y quizá también fugaz, en que compartimos brevemente el camino, el tránsito, el atasco, el destino…


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