Provocativo como pocas veces, contagia tanto la suspicacia que resulta difícil resistirse a una lectura refractaria con afanes comprensivo-interpretativos. Quizás (pero solo quizás) se comprenda mejor este ir y venir, llevar y traer el concepto y la práctica de la democracia si se leen los dos textos al mismo tiempo. Pinche en el enlace a La revista respectiva (151, 29 julio 2011, pág. 3).
20. ¿Hay, a fin de cuentas, oposición entre sospecha y consenso, sea en el plano geométrico de simetrías especulares o de polaridad disyuntiva, o en el horizonte de nuestra experiencia y comprensión, sea cotidiana, sea reflexiva?
19. ¿No puede no solo no oponerse el consenso a la sospecha en ningún sentido sino incluso más bien conspirar, por ejemplo en la manufactura de un consenso antidemocrático y aun antipolítico, tan (demasiado, sospechosamente) a tono con las antipolíticas de la globalización neoliberal y del autoritarismo caudillista local?
18. Puede ser que la sospecha no sea tan impolítica y antihegemónica como lo implicaría su suspicacia aparentemente siempre sustractiva. Puede ser que ella misma esté también alineada con, o por, el poder, incluso a costa de su presumida perspicacia.
17. ¿Hay, de veras, política particular, ética universal y, en general, polaridad individualidad-sociedad, comunidad-singularidad, o, en otro orden, cuestionamiento-consentimiento? ¿Hablamos aquí verdaderamente de contrarios polares, de realidades incompatibles?
16. La sospecha puede ser consenso anticonsensual, dizque atomístico, de un orden mundial cuyos efectos locales conspiran contra una democracia que, como realidad mercantilística (en primer y último lugar farsante hasta con su referente moderno, el mercado) se merece la denuncia, pero como ideal es un nuevo, mínimo, “horizonte irrebasable de nuestra era”, como consideraban Sartre o Cardoza y Aragón al comunismo y la revolución.
15. Sospechar de la sospecha antidemocrática, de autoría local o global, trabaja con el desmantelamiento de las estructuras rígidas del Estado secuestrado por los intereses oligárquicos de dentro o de fuera, o de fuera-dentro, según el mecanismo de vasos comunicantes coloniales que no ha sido nunca desarticulado.
14. En efecto, la sospecha no busca el ejemplarismo, excepto el de ella misma. Ello no es intrínsecamente bueno ni malo, antihegemónico o hegemónico. Sospechemos de tales polaridades y aun de esta sospecha. Solo así tal vez —siempre solo tal vez— tocamos la intangible e inconmensurable pluralidad.
13. Si con el consenso se trata de una finalidad práctica, ésta no podría ser sino la de una ética-política de mínimos (Cortina, Apel). En efecto, por mínimo el consenso es precario, insuficiente, fácilmente falseable, manufacturado (Chomsky), vendible, rebatido…
12. Todo es interpretación, y ésta una más —recalca y reconoce la filosofía hermenéutica coherente y suspicaz hasta con ella misma, como debe.
11. Pregunta central: ¿puede la diferencia ser tan absoluta que erradique completa, totalmente, todas y cada una de las identidades, las comunicaciones, las comunidades, los contactos?, ¿de dónde le vendría y cómo comprender semejante poder, siempre idéntico, aparentemente, en su potencia disgregadora?
10. Saludable y salvífica puede ser la sospecha.
a. Saludable porque recuerda a la autoridad (política, económica, educativa, filosófica) su fragilidad y le reclama legitimidad.
b. Salvífica porque salva del autoritarismo y la obediencia, el dogmatismo y la credulidad, las hegemonías, la colonialidad.
9. ¿Es todo consenso patológico y toda suspicacia saludable?
8. Discurso hegemónico (con buena prensa, sobre todo en nuestros lares) es también la antidemocracia, sea vía suspiros fascistoides (con todo y renovación de lemas) o vía reacción anarquista (sospechosamente en común entre cierta derecha bulliciosa y alguna izquierda incauta).
7. En el caso de la praxis política, eternamente, al parecer, yace entre nosotros el autoritarismo y el caudillismo, gran organizador y movilizador de voluntades, corazones y mentes.
a. Después de la “vuelta a la democracia”, pero sobre todo de “la firma de la paz”, a tono con la geopolítica neoliberal de reimpulso capitalista, más y más se mercantiliza la democracia electorera al tiempo que se desprestigia la democracia a secas y, en general, la política, afán y proyecto de los poderes económicos en desmedro de lo político, la comunidad, la solidaridad, la equidad.
6. La idea platónica del bien ni es idea ni es categoría. Más allá de lo que es y sostiene, como es descrita, tampoco es suelo ni techo. Pretende ser luz iluminadora, posibilitadora de la intuición —nosotros diríamos “horizonte”.
5. ¿Y si la verdad especular fuera la de realidades y reflexiones como espejos unos delante otros, qué tipo de (im)paralelismos se (re)crearían?
4. ¿Será la noción platónica del bien la que se pretende siquiera seguir como reguladora y organizadora de la intersubjetividad? “Lo bueno” no es idea reguladora sino condición de posibilidad para la intuición de realidades esenciales o prototípicas. Por su parte, la doctrina política explícita de Platón (en el mismo texto donde se aborda extensamente la idea del bien) sólo da para la fundamentación del despotismo, cuya cadena de mando, eso sí, va de los sabios a los militares al pueblo.
3. ¿En cuál sentido de “anterior” sería anterior la organización de las relaciones sociopolíticas a la experiencia de la otredad?
2. ¿No habrán abismos y mediaciones insalvables entre las ideas o ideales de la antigüedad griega (como episteme, aletheia, eidos, idea, mathesis, doxa, ethos) y nuestras concepciones y prácticas actuales del pensar y el actuar, por mucho que éstas guarden deudas innegables y quizás indelebles con ecos de todo aquello?
a. El consenso no se contará entre aquellos ideales. Menos aún estará entre el inventario de nociones de los filósofos oficiales de la época, confesose irredentos antidemócratas.
1. “Parece que la verdad es como la puerta proverbial con que nadie puede dejar de dar” (Aristóteles, Metafísica A, 1).
“Mire mañana tempranito paso por Ud. para salir luego de esa cosa. Esa cosa era votar” (Dante Liano, “Democrash”).









