Amílcar Dávila

“¡Ya no hay valores!”

“¡Se perdieron!”. Estas y otras exclamaciones parecidas son quizá más actos discursivos que otra cosa.

Constituyen lugares comunes de rechazo o indignación ante una situación reprochable ética o moralmente. Si cuentan con alguna fuerza y poder de conmocionar y, en esa medida, convocar a algo, ello no será solo a cuenta del modo gramatical sino principalmente por la fuerza del “¡ya no!”. Aquí la ambivalencia no disiparía sino potenciaría su potencia seductiva: “ya no hay”, una constatación que contraría; “yano hay”, una especie de nostalgia no necesariamente pesimista: si hubo en el pasado, puede volver a haber. Entre otras cosas, puede decirse que este tipo de expresiones son reclamo y autopropaganda de gente grande,con tendencia de devoción al “todo tiempo pasado fue mejor”. Como tales, están emparentadas con otras como “antes se le cedía el asiento a las mujeres en la camio” o “¿cuándo cerrar con tranca o doble llave!”. Si no contuvieran algo de verdad, y si no se valorara la razón comunicativa, se interrogaríaen el acto a sus enunciadores sobre sus comportamientos con la pareja conyugal, tan a menudo marcados por el dicho “calladita te ves más bonita”. También sería crítico preguntarles acerca de su valoración de la miseria y muerte por hambre o desnutrición de tantos connacionales, frecuentemente impasible, al tenor de “son pobres porque quieren, trabajo hay”; o la que han sostenido ante los asesinatos ordenados desde veleidosos poderes políticos, tantas veces pseudojustificados con la complicidad sumaria del “en algo andarían metidos”…

En los tiempos que corren, parece que el discurso de la recuperación o promoción de los valores ama la abstracción. Ésta tiene la ventaja de esconder parientes impresentables. Dizque pura, dizque blanca, dizque impoluta, tal abstracción se aviene bien con el proselitismo que apela con exclusividad —valga la expresión— al carisma personal de “gente (de) bien”: lo importante no es lo que los y las postulantes (sin mencionar a sus financistas, sus ideólogos o sus prosélitos y aficionados) hacen, han hecho, han dejado de hacer o han causado, sino su sola pertenencia o identificación con una clase de personas que como por antonomasia representan El Bien y Los Valores. Hipóstasis de Lo Bueno, Lo Verdadero y Lo Bello, exigen que se les crea y se vote por ellos. Ya en el poder, seguro exigirán que jamás se les contraríe: los efectos de sus actos, decisiones y valoraciones tienen la más absoluta garantía de origen: su ser…

El discurso abstracto de los valores también apremia a recuperarlos, junto con las instituciones y las normas, siempre sin especificar cuáles, cómo se les recuperará o por qué se perdieron. Respecto de lo último cabría preguntarse: ¿de dónde la seguridad de que la situación actual no es resultado precisamente de los valores, las instituciones y las normas bajo las cuales hemos vivimos las últimas décadas y más allá? ¿Qué tal si, como sospechan algunos, en lugar de haberse perdido, los valores socialmente aceptados y promovidos, y realmente practicados, resultan ser factores responsables de la situación actual? 


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