Ese día, el mundo atestigua el nacimiento de grandes revolucionarios portadores de brillo nunca visto. Terminan finalmente con la figura del caudillo hijo de la finca cafetalera; el “señor presidente” desaparece definitivamente de la política. Esa es una de las miles de cosas que debemos a guerreros del tiempo como don Alfonso Bauer.
Como iluminado de nacimiento, entendió en un instante las raíces profundas que provocan las injusticias más terribles en Guatemala. Él, junto a los otros, promovieron el fin de los privilegios de “casta” que la élite criolla mantuvo durante los cuatro y medio siglos anteriores e impulsaron un capitalismo moderno, que los lacayos, al regalar una vez más la patria, calificaron de comunismo.
Rebelde de raza, subversor de conciencias, luchador incansable, académico agudo, abogado de justos, diputado del pueblo; Alfonso fue uno de los principales impulsores del código de trabajo, fundador de organizaciones sindicales; promotor de la reforma agraria.
Nunca se abstuvo a denunciar la traición de los militares vendepatrias, de los necrófilos esbirros liberacionistas, de la oligarquía finquera. Exilado, retornado, imparable nadador contra corriente, terco sobreviviente del exterminio masivo.
Llamar a las cosas por su nombre y decirlas en la cara era el diario alimento de su alma. Eso le significó vivir bajo amenazas de muerte, lo condenó a sentir en la cara el resentido aliento de la reacción. Siempre fue punto y aparte en espacios públicos. En el Hemiciclo, arrebataba la palabra para decir finalmente lo que el resto callaba.
Con su inexorable consistencia don Poncho amalgamó la política en todas las dimensiones de su existencia. Cada uno de sus obstinados pasos, incluso el último, fue un pronunciamiento de elocuencia, una denuncia del infierno, una lucha por la historia. Político incorruptible, murió como vivió: en un hospital del IGSS, sin un centavo, el seño fruncido, la mandíbula apretada, la mano empuñada y el mejor de todos los testamentos. Fuerza, lucha, resistencia, insumisión, gallardía, valentía, terquedad de vida, inteligencia, es lo que nos deja como herencia a los guatemaltecos.
Una de sus más elevadas virtudes era regresar a la gente en el tiempo, a épocas más interesantes. Podía hacerlas comprender ese pasado que regaló a un país herido y triste. Su historia es la historia guatemalteca del siglo XX: época de polaridades, ilusiones, sueños, ideologías, guerras, derrotas y renacimientos.
Te vas, Poncho, en uno de los momentos en que urgen miles como vos. Ahora podés andar tranquilo y feliz, hiciste lo tuyo como pocos. Siempre habrá una luz con tu nombre que desde el horizonte de la historia alumbrará las batallas por venir en este nuevo siglo.
Alfonso Bauer murió el domingo 10 de julio de 2011 a los 93 años de edad. Ese día es cuando la historia dirá que el siglo XX concluye. Con él se despide una época para siempre.









