Sin embargo, la forma en que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) ha estado resolviendo últimamente parece lo contrario: parece que nos está vedado ese derecho. Y lo digo por los candidatos que intentan dejar fuera de la contienda electoral.
Yo soy de la idea de que todos y todas pueden y deberían participar. ¿Cuál es el miedo a que sea el pueblo el que vote y decida? Para mí, muchos son mejor que pocos, sobre todo en una sociedad tan dividida, polarizada e ideologizada como la nuestra.
A mí me mueve el voto contra el odio, a mí me mueve votar contra la ignorancia de algunos que se creen superiores a otros seres humanos, por su condición de etnia, género o clase social.
Sé del respaldo que muchos sectores han dado al TSE, sé que la comunidad internacional también lo respalda, pero también sé que debería ser el ente con el cual nuestros derechos electorales van a ser respaldados, vigilados y respetados. Sin embargo, no estoy de acuerdo con sus resoluciones, pues me parece que está favoreciendo a un solo partido. Sobre todo, cuando en algunos magistrados recaen sospechas de ser afines a ciertos partidos.
Y me parece también que de pronto hay muchos actores dentro de nuestro sistema social se han acoplado y en una perversa coordinación están haciendo lo posible por imponernos a un presidente.
He leído y escuchado los comentarios y opiniones de jóvenes urbanos con acceso a educación respecto de las elecciones y los posibles participantes. Me sorprende cómo el odio ha hecho mella en su conciencia, en su opinión y, seguro, en sus corazones. Tienden a dirigirse hacia los políticos y hacia la institucionalidad —que sin duda tampoco son completamente inocentes de que piensen de ellos lo peor— de una forma tal que avergüenza, porque sus críticas van plagadas de ofensas sin propuestas.
Algunos partidos han optado por incluir jóvenes en sus candidaturas. Lamentablemente, de pocos he escuchado propuestas; muchos son electos como por herencia y eso simplemente no me basta para votar por ellos.
Sin duda, necesitamos jóvenes dentro de los partidos políticos, pero jóvenes que con sus ansias por construir un gran país van a proponer soluciones a nuestros grandes problemas en lo social, lo económico, lo laboral, lo ambiental, en la justicia y la seguridad. Jóvenes con quienes podamos construir un país donde quepamos todos.
Basta ya de estar desvirtuando y manchando lo que debe ser una fiesta cívica en la que podamos decidir quién va a ser nuestro o nuestra presidenta.
Lo mejor, en todo caso, será una votación dividida. No votemos por un solo partido, votemos por diferente presidente, diferente diputado, diferente alcalde. Votar por uno solo vendrá a homogenizar ese poder. Es necesario que haya contrapesos que fiscalicen el actuar de unos y otros.
Visto está que el poder absoluto, corrompe absolutamente.









