Juan Carlos Llorca

Tengo estrategias para no borrarme

Poco a poco las cosas van cayendo en su lugar. Ya tengo Seguro Social, carro, licencia, apartamento, contrato de apartamento, cuenta de banco y muebles. Me falta un llavero y una tarjeta de crédito y estaré asentado por completo. Ambas cosas están en camino.

En el trabajo, las cosas no van mal. De hecho, me han ido bastante bien en las últimas semanas. Les gusta como escribo, al menos no se han quejado. Y el curso de fotografía rindió sus frutos. Ya me publicaron una foto en el New York Times.

Lo bueno de la distancia es que uno toma otra perspectiva. Por ejemplo, el otro día, una persona que conozco de oídas -juraría que nunca nos hemos visto, aunque puede que sí- me soltó así, a bocajarro una confesión que me dejó pasmado.

Es una confesión de una infidelidad. No de ella, ni de mí. Pero si de personas a quienes ambos conocemos bien y que, yo al menos, nunca me hubiera imaginado como compañeros de cama. Esta persona, en cambio, jura que así fue. Puede que sea el tiempo, puede que sea la enorme distancia. Pero más allá del morbo natural que provoca saber de las infidelidades ajenas, cuando me lo contó a mí me parecía como si se refiriera a personajes de un libro y no a personas a quienes conozco.

La distancia hace maravillas, a veces.

Poco a poco las cosas van cayendo en su lugar. Al mismo tiempo, se van haciendo más evidentes los costos implícitos de esta nueva etapa en mi vida.

Conforme van pasando los días y las llamadas a los niños se hacen más intermitentes, se van notando los efectos que tiene la distancia. Cada día me cuesta más tiempo conectar con ellos y no ayuda en nada el hecho que Rafael está hecho un adolescente con todas las de la ley y que a Juan Carlos, desde que tenemos el privilegio de conocernos, detesta el teléfono. Le gusta más abrazar que hablar.

Entre la lentitud de su internet y la mala calidad del mío estamos en un estado de incomunicación.

Los recuerdo perfectamente, su olor, de cómo se siente su pelo entre mis dedos (cuando tenían pelo, antes de la tragedia), del color de sus ojos y de la exacta forma de la sonrisa de cada uno de ellos. Recuerdo cosas que se graban en la memoria de tanto verlas, como la forma en que se tuercen los dedos de uno o las paletas que se le hacen en las uñas de los pies al otro. Hay otras que son recuerdos puntuales como los granos de sal sobre la piel después de un día de playa o un enojo que sirvió de chiste privado durante meses.

Para ellos, no sé. Me remito a mis recuerdos de infancia. Cuando uno es niño, los recuerdos son más fugaces, es precisa la repetición constante para lograr que se queden grabados.

Y de momento, lo que va quedando grabado es una voz entrecortada, con un enorme delay y una imagen que se congela cada dos por tres en la pantalla de la computadora. De momento hay fallas técnicas en nuestra relación. Quizá la próxima semana, cuando haya mejor internet en casa, quizá Pilar se ponga las pilas y les ponga un mejor internet en casa a ellos, quizá si algún día podemos jugar algún juego FPS online.

Tengo estrategias, planes, proyectos para no borrarme.

Hay días buenos, hay días malos. Hay momentos que estoy seguro que en la distancia se puede tener una relación con significado y contenido con los hijos. Hay días que es todo un abismo negro, lleno de dudas. Hay días que el precio a pagar parece demasiado alto. Y otros días que se puede ver la esperanza asomarse a la vuelta de la esquina.

Hay días que me gustaría un poco de ayuda. Hay días que solo quiero abrazarlos.

 J.

23 de marzo de 2011 

Take me out tonight
where there’s music and there’s people
who are young and alive
driving in your car 
I never never want to go home
because I haven’t got one anymore.


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