Juan Carlos Llorca

El sol cae pronto en Miami

Por fin estoy dentro. Después de meses de estar dudando los gringos de mi pedigrí, de si me iban a aceptar o no para trabajar en este país, me dejaron entrar sin problemas. Cero bolas.

Y, tal como era mi amenaza, me fui a meter a un mall, a buscar el Old Navy, casi como un adicto a ese olor de ropa nueva en cantidades incomprensibles. Me sentí un poco como ese primo mío que se iba corriendo a por un octavo cada vez que lo dejaban salir (o se escapaba, las mas de las veces) del “centro de desintoxicación alcohólica” que dirigía un tipo que se hacía llamar Mala Suerte (acá no tengo ni que decir que cada vez que mi primo caía donde mala suerte por culpa del maldito guaro, como decían mis otros parientes, a mi me entraba un pavor a los toneles de agua fría, a Mala Suerte y al maldito guaro).

Pues iba en el busito al mall y en una de las paradas se sube una pareja. No eran pareja, pero de la forma en que el inglés (sí de Londres, lo escuché decir) apuntaba sus caderas hacia la chica parecía como si anduvieran de luna de miel. Ella, una chica de Nueva Inglaterra entrada en carnes que soportaba los avances verbales del inglés con una paciencia de santa. El, todo deseo y torpeza. En los 25 minutos que duró el trayecto al mall, el chico intentó impresionar a la chica con una andanada de temas que parecían sacados de una enciclopedia de lugares comunes y un guión de Borat. Desde apuntar que el atardecer en el trópico es más repentino que en su tierra hasta amagar con “darle una cátedra” a la chica de por qué las papas fritas de McDonald’s son cada día más abundantes (“tengo un libro, lo he leído”, decía orgulloso) y apuntar que el tamaño de las porciones y el sabor de la comida rápida como una de las mejores cosas de América si se compara con las de su país. Pensé que era sarcasmo, pero nadie puede fingir un entusiasmo tan genuino.

El mall no tiene nada de especial, un mall más. Grande eso sí. Al final, como se ha vuelto costumbre de un tiempo para acá, no compré nada en Old Navy. Nos visitamos, pero ya no queda nada de aquella pasión por la ropa de US$5 o menos.

Dos camisas, dos libros (uno de Sedaris, el otro de cocina —predecible, ya sé—) y un hot dog más tarde era hora de irme. Se hacía de noche y no fuera a resultar cierta la predicción del inglés y caerme la noche de repente.

Al volver a las bancas donde yo esperaba el bus de vuelta al aeropuerto, se sentaron a mis costados. Él a mi diestra. Cuatro horas más tarde, ella seguía escuchándole hastiada. Esta noche o se acuestan o lo asesina. No estaba tan equivocado el inglés. Plazas más fortificadas han caído ante un bien planificado y paciente acoso. Habrá que ver las noticias mañana para saber si tuvo suerte.

Yo, mientras, voy a Dallas.

Miami, 16 de febrero 2011

J.

“And the stench was overbearing, but they were past the point of caring”


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