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Soñar es la mejor forma de estar despierta
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Soñar es la mejor forma de estar despierta

Si me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, con seguridad respondía que monja.
Las empresas han reconocido la importancia de tener en su organización un departamento de Comunicación.
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Tiempo aproximado de lectura - 14 mins

En 1929, la escritora inglesa Virginia Woolf, escribió “Una habitación propia”, un ensayo en el que plantea la necesidad de que las mujeres tengan un espacio propio para hablar, para decir, para hacer que se escuche su voz. ¿Cómo construyen su habitación propia las mujeres guatemaltecas? En esta serie, Plaza Pública abre un espacio para conocer, para saber, para escuchar. Patricia Montepeque, periodista y comunicadora, gerente de Comunicación y Relaciones Públicas de Avon, lo hace en este ensayo.

Nací en la Ciudad de Guatemala en la década de los 70. A veces pienso que no fue hace mucho, pero cuando reflexiono sobre este punto (sonrío), creo que ha pasado mucho tiempo con rapidez. Crecí en un hogar con tres hermanos y con la suerte de tener a mi madre en casa; una mujer muy fuerte, cariñosa, consentidora, divertida y con mucha paciencia. Siempre estaba en casa ayudándonos en lo que necesitábamos. Mi papá (QEPD), un buen hombre, con buen sentido del humor, gran trabajador y muy especial. Debido a su trabajo, a mis tres años nos trasladamos a vivir a un pueblo muy singular, que yo siempre recuerdo con nostalgia. El Estor, en el departamento de Izabal, un lugar a la orilla del lago, con paisajes espectaculares y donde convivir con la naturaleza pura forma parte del día a día de sus habitantes.

Vienen a mi mente muchos recuerdos: el calor intenso y los días que compartíamos en familia en los balnearios naturales de agua cristalina y fría, y los de estar metidos todo el día en el lago. Junto a mis hermanos lo disfrutamos tanto, una y otra vez sin aburrirnos.

Hace muchos años que no visito El Estor, pero al mencionarlo vuelve la brisa que sentía en mi rostro cuando era niña mientras jugábamos con mi hermana Chichi bajo la sombra de una ceiba que estaba ubicada frente al malecón y muelle municipal del lago. Esperábamos con ansias el barco que traía pasajeros desde Mariscos, un pueblo del otro lado del lago. El barco llegaba todos los días a las tres de la tarde y en algunas ocasiones venían de paseo amigos o familia que nos visitaban.

Creo que mi familia y yo estamos conectados de alguna forma a este paraíso (El Estor) en el que pasamos los mejores años como familia. A mi papá le gustaba que conociéramos todo lo que él sabía sobre las plantas, animales y naturaleza, y siempre nos explicaba sobre las especies; si íbamos en un viaje corto en carro, paraba varias veces durante el recorrido para darnos una sencilla plática sobre todo lo que sabía. Mis hermanos, Nandi (QEPD), Charlie, Chichi, siempre inventábamos juegos para pasar el tiempo. Había tanto que explorar que siempre teníamos algo nuevo en qué jugar; a veces los cuatro hermanos, y otras nos dividíamos: mis hermanos más grandes armaban sus expediciones, y mi hermana y yo explorábamos las diferentes plantas tropicales que mamá tenía en el jardín.

Mi papá trabajaba en la empresa Exmibal. Con Chichi, con quien siempre hemos sido muy unidas, lo esperábamos con emoción todas las tardes para que jugara con nosotras. Era nuestro “bebé”; lo vestíamos como bebé, lo alimentábamos como bebé. Con las flores que habíamos cortado en nuestro jardín y en los de los vecinos, preparábamos un brebaje que entonces estábamos seguras era algo delicioso (ahora no lo creo), y se lo dábamos en una pacha.

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Así hay muchas anécdotas del tiempo tan dorado que vivimos en Izabal durante casi ocho años. Mis primeros años de estudio marcaron mi vida; contrario a Chichi, yo era una niña muy tímida. Cuando inicié la primaria no me gustaba ir a estudiar. A pesar de que era una buena alumna, prefería quedarme en la casa con mi mamá, quien tuvo la paciencia de escuchar todas las excusas que se me ocurrían; me abrazaba, pero luego me llevaba a la escuela. Al ingresar me ponía muy nerviosa y siempre vomitaba en la entrada, pero luego, al estar en clase, me adaptaba muy bien y regresaba feliz a casa.

Entre los seis y ocho años, si me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, con seguridad respondía que monja. Entonces me imaginaba vestida con el hábito. Luego de superar mi timidez, y tras regresar a vivir a la Ciudad de Guatemala en 1982, me gustaba jugar de que era entrevistadora. Me imaginaba como periodista cubriendo acontecimientos importantes políticos o entrevistando a personas que opinaban sobre temas relevantes. Siempre me encantó construir historias y escribir…  por esa razón al momento de elegir mi carrera profesional no dude en estudiar periodismo.

“Juventud por siempre”

Durante mi adolescencia, fui una joven extrovertida; jugué basquetbol y volibol, a pesar de que no era tan buena jugadora, mi altura me ayudaba. Soñaba con ser un día una excelente periodista. En los años 80, con mis hermanos Charlie y Chichi, disfrutábamos esa época de juventud junto a muchos amigos, éramos un grupo grande que hasta se nos ocurrió fundar un grupo que se llamó “Juventud por Siempre”. Recuerdo que yo era la secretaria del grupo y que cada martes o jueves nos reuníamos, teníamos que pasar lista, y pagar cada uno 25 centavos (todavía conservo ese cuaderno de asistencia), el objetivo de esas alegres reuniones era organizar nuestros próximos repasos de los fines de semana o alguna celebración; lo importante era tener pretexto para armar fiestas, que eran muy sanas y que empezaban en las tardes y finalizaban a las nueve de la noche.

En 1985, nació la última de mis hermanas; fue una sorpresa para todos, inclusive para mis papás… Yo tenía 13 años, y mis papás volvieron a vivir esa etapa de una forma muy especial. Recuerdo que mi hermana Paolita tenía una amiga imaginaria —que por cierto se llamaba Patty—, era común ver a mi mamá y a mi papá gateando o debajo de la mesa con Paolita, junto a su amiga imaginaria, y si alguien llegaba de visita simplemente tenían que hacer lo que Patty decía y seguir la corriente para no oír los llantos de Paolita... (me da mucha risa al recordar).

Estudié desde los básicos en el Colegio Comercial Guatemalteco (sólo para mujeres), compartí con muchas compañeras y buenas amistades, amigas que aún conservo y con las que comparto frecuentemente. Me gradué de Secretaría Bilingüe, aunque me gustaba visualizarme en una oficina como una buena secretaría, en aquella época, me preocupaba y no me gustaba eso de que en algunas empresas las secretarias tenían que servir el café a sus jefes.

Sabía que era un reto poder trabajar como secretaria pues para mis padres el estudio era la prioridad, lo que significaba que, aunque éramos una familia modesta, mi papá decía que quien trabajaba y estudiaba en la universidad al mismo tiempo tenía grandes posibilidades de dejar de estudiar por darle prioridad al trabajo. Por esa razón él prefería que sólo estudiáramos y nos repetía una y otra vez: “tienen que estudiar y estudiar, ustedes no saben que hombres serán sus esposos y si son preparadas universitarias, pueden salir adelante solas en caso no sean buenos esposos”.

Apertura en el campo laboral

En 1989, a mis 17 años, mi práctica de secretaria la hice en el desaparecido Banco Metropolitano. Ahí me di cuenta de que no en todas las instituciones tenía que servir el café. Me tocó ser parte del departamento de Proveeduría, encargada de entregar los materiales de oficina. El primer día me pidieron que confirmara si los paquetes de 500 hojas, efectivamente tenían 500 hojas. Me sentí responsable así que todo el día pasé contando las hojas; cuando llegué a casa y conté con emoción lo que tuve que hacer, la mirada de mi mamá me hizo pensar que no era tan secretarial lo que me había tocado hacer. Los siguientes días, le dije al que era mi jefe que prefería hacer algo más útil, así que me trasladaron a otro departamento. En ese momento mi trabajo era responder con una carta a todas las invitaciones que recibía el gerente del banco. Casi siempre se excusaba.  No me imaginaba que alguien pudiera ser invitado a tantas actividades, leía con mucha atención las cartas y tarjetas de invitación y me parecía extraño que a la mayoría no asistía.

Sin duda me gustó trabajar, tanto que antes de graduarme me pidieron hacer un interinato en el banco. Lo acepté feliz. Fue la primera vez que recibí pago por el trabajo realizado.

Pensé en cómo decirle a mi papá que quería trabajar y estudiar a la vez. Me habían llamado porque había una posición de secretaria de la Gerencia de Producción en Cementos Progreso; no sabía de donde tenían mis datos o información, pero al final me enteré de que el colegio me había recomendado. Todavía con 17 años, fui a las entrevistas y después del proceso, logré mi primer trabajo formal… Tenía tantos sueños: viajar, comprar mi propio carro, ser una buena periodista en algún medio o tener mi propio programa de noticias o reportajes. Ofreciendo resultados y con el compromiso de estudiar mucho, convencí a mi papá de que me dejara trabajar y estudiar. Así terminé la carrera de Periodista Profesional y luego la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en el tiempo establecido.

Trabajé como secretaría durante tres años. Después me inicié en el campo de la Comunicación. Mi primera experiencia fue en Cementos Progreso, donde hacía una revista interna. Me encantaba porque hacía entrevistas y reportajes, tomaba fotografías y compartía con los colaboradores.

En ese tiempo mi hermano Nandi vivía en Estados Unidos, mis hermanos Charlie y Chichi se dedicaban únicamente a estudiar en la universidad. Charlie es Ingeniero Industrial y Chichi es Licenciada en Nutrición, los tres egresamos de la tricentenaria Universidad de San Carlos de Guatemala.

El nacimiento de mi hija Yuliana

Una de las experiencias más importantes de mi vida, fue convertirme en madre. Yuliana, mi hija, llegó para cambiar mi vida de una forma excepcional. Aunque fue una época difícil que asumí como madre soltera, fue un motivo más que me impulsaría a crecer, madurar y cumplir mis sueños.

Aunque ser madre soltera en estos tiempos es común, no deja de ser un gran reto, que se asume con mucho amor y grandes sacrificios.  Estoy convencida que la figura de un papá no es reemplazable. En mi caso con esfuerzo, con el apoyo de la familia y asumiendo muchas de las funciones que tienen los padres, logré de alguna manera hacer más fácil, divertido y natural el mundo de mi hija Yuliana. 

Me concentré en graduarme de la universidad y buscar nuevos horizontes que me permitieran desarrollarme, y tener mayor estabilidad económica. Fue así como desde hace más de 20 años ingresé a Productos Avon. Elaborar la revista interna en Cementos Progreso me mantenía cerca del periodismo, algo que siempre me ha gustado, pero empezar en otra empresa me dio la oportunidad de ampliar mi experiencia en el campo de la comunicación.

Recuerdo que vi el anuncio del puesto en la prensa y pensé: “Avon, ¿quién no conoce Avon?”. Pensé que era una empresa pequeña, no sabía que era una multinacional que está en más de cien países alrededor del mundo. La oportunidad parecía interesante, y tendría que dejar el casco que usaba eventualmente al visitar la planta en Cementos Progreso para ponerme tacones y entrar al mundo de los productos de belleza. Me gustó el cambio porque Avon es una empresa que empodera a la mujer y la apoya integralmente.

Después de sortear el proceso ingresé a Productos Avon con el reto de iniciar el área de Relaciones Públicas y Comunicación para Centroamérica. En esa época no eran muchas las empresas que invertían en contar con personal que les ayudara a desarrollar el área de Comunicación interna y externa, relaciones públicas o Responsabilidad Social Empresarial (RSE).

En mi trabajo una de las áreas que más me apasionan es la de RSE, que me ha permitido desarrollar programas que benefician a la mujer como “Promesa Avon de poner fin a la violencia contra las mujeres”, la “Cruzada Avon Contra el Cáncer de mama”, o, desde hace 18 años, la “Carrera Avon Contra el cáncer de mama”, entre otros.

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Cuando iniciamos con la “Carrera Avon” no había muchas actividades similares en el país, y menos eventos que tuvieran la participación de miles de mujeres. Fue difícil abrir puertas para que algunas marcas nos apoyaran, pero nunca faltó el entusiasmo de los participantes. La primera carrera se organizó para 500 mujeres, pero las inscripciones se agotaron con rapidez y tuvimos que duplicar el número de corredoras, logrando en esa edición mil mujeres. Actualmente participan más de siete mil. Este evento deportivo ha contribuido a que las personas tengan una vida más saludable y puedan autoexplorarse para prevenir el cáncer de mama. Ha sido muy satisfactorio ver que cada año otras empresas se han unido para hacer sus carreras con causa.

En los últimos años todo ha evolucionado y las empresas han reconocido la importancia de tener en su organización un departamento de Comunicación, con expertos que les permitan manejar un mensaje estandarizado, atender las crisis, posicionar la marca y mantener buenas relaciones con sus clientes.

He tratado de mantenerme actualizada y me siento afortunada de la oportunidad que la vida me ha dado para seguir aprendiendo. Estudié un postgrado y maestría en Comunicación, y recientemente finalicé un diplomado de casi dos años en el Tecnológico de Monterrey (México), como parte de un programa que Avon impulsa para sus asociados.

Agradezco la oportunidad que tuve en mis inicios en Cementos Progreso, una empresa linda, donde aún laboran muchos de amigos, incluyendo a mi hermano Charlie. En esa empresa trabajé en dos oportunidades: la primera vez un año, y la segunda por seis años. Asimismo, a Productos Avon, en donde he laborado en los últimos 20 años, en distintas posiciones enfocadas en Comunicación, aportando para la región de Centroamérica y República Dominicana.

Momentos inolvidables en la familia, que nos han unido más

Sin duda la muerte trágica de mi hermano Nandi en 2002, y la muerte por enfermedad de mi papá en 2011, fueron de los momentos más duros que he vivido.

Esas situaciones difíciles nos han unido como familia. Toda mi familia ha sido un pilar fundamental en la vida de mi hija y en la mía.  A todos ellos tengo mucho que agradecer: Mi mamá de 71 años, quien sigue siendo una mujer valiente, llena de vida, abuela ejemplar y peculiarmente activa en las redes sociales. Charlie con su esposa Lili y sus dos hijas Sammy de 20 y Laura 22 años; Chichi con su esposo Sandro y dos hijos, Marcelo de 13 y Mauricio 11 años (hace un año y medio viven en Brasil), y Paola con su esposo Ramiro y su hijo Camilo de 1 año, el más pequeño de mis sobrinos.

Mi hija Yuliana tiene 23 años es una persona con grandes cualidades, aunque no lo digo porque sea mi hija; tiene un gran corazón, amante de la vida, la naturaleza y con muchos sueños por cumplir. Es mi orgullo, considero que se ha convertido en una buena mujer, con deseos de desarrollarse y hacer algo positivo para nuestro país. Recientemente se graduó de Politóloga de la Universidad Francisco Marroquín y hace unas semanas inició en su primer trabajo.

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