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La tragedia que conmovió a Guatemala
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La tragedia que conmovió a Guatemala

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Tipo de Nota: 
Opinión
12 06 18

«El buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes» (Cicerón).

La mañana del domingo 3 de junio parecía como cualquier otro día normal, excepto quizá por la fina arena volcánica que empezó a caer alrededor de las 2 de la tarde. Muchos de los medios de comunicación ni siquiera se dieron por enterados de que algo estaba ocurriendo, y las autoridades apenas convocaron a una conferencia de prensa para informar del asunto ya empezando la noche.

Las primeras noticias hablaban de siete muertos. Y aunque ya se intuía una tragedia, nadie estaba preparado para comprender la magnitud de lo que había ocurrido. Conforme pasaron las horas, el cuadro empezó a formarse: las dantescas escenas de la tragedia y los testimonios de los sobrevivientes empezaron a divulgarse por las redes sociales y los medios de comunicación, por lo que poco a poco la sociedad guatemalteca despertó del letargo. La que podría llamarse la peor tragedia de los últimos 40 años empezaba a tomar forma.

Con conciencia de lo ocurrido, la solidaridad y la entrega de la sociedad empezaron a emerger con fuerza: los héroes se multiplicaron, las donaciones empezaron a fluir y los voluntarios no dejaron de alistarse para ayudar en lo que fuera necesario. La tragedia había hecho emerger lo mejor de una sociedad que hace muchos años no experimentaba la fuerza de la unión. El dolor no disminuyó, pero la esperanza empezó a tener el rostro de los muchos guatemaltecos dispuestos a poner un granito de arena para enfrentar la tragedia.

Mientras los ciudadanos se organizaban para acompañar y consolar a los damnificados, las autoridades se retrataban de cuerpo entero. La imagen de funcionarios públicos insensibles, incompetentes y oportunistas empezó a delinearse con fuerza. La primera pregunta que hasta la fecha nadie ha respondido satisfactoriamente es qué pasó con el sistema de alerta temprana, cómo fue posible que la tragedia sorprendiera de tal forma a un número aún indeterminado de guatemaltecos indefensos. A la incapacidad institucional para proteger a los ciudadanos se unieron la total desconexión entre los múltiples intentos de enviar ayuda desde el extranjero y la incapacidad gubernamental de recibir y canalizar la ayuda ofrecida. Pero lo peor vendría del Congreso de la República: luego de una breve pausa para aprobar el estado de emergencia, los diputados se aprestaron a seguir discutiendo la aprobación de leyes de dudosa legitimidad, con lo cual mostraron una absoluta insensibilidad a los damnificados. Este cúmulo de hechos desafortunados desde quienes supuestamente representan los intereses de la ciudadanía ha sido suficiente para despertar una conciencia ciudadana de que necesitamos un cambio profundo. Es tiempo de desterrar, de una vez y para siempre, las viejas prácticas políticas revestidas de cinismo, incapacidad y corrupción.

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Al final, parece que estamos muy cerca de los pronósticos que desde hace muchos años he escuchado de numerosos analistas y colegas que se dedican al tema político: la idea de que, una vez que ocurriera una catástrofe social, política o económica de gran magnitud —lo que muchos llamaban tocar fondo—, la reacción natural de la ciudadanía sería la de generar un cambio profundo en el sistema político.

Solo hace falta conectar la creciente conciencia ciudadana que ha emergido a una vigorosa opción ciudadana que pueda encaminar a nuestro país a un futuro cualitativamente diferente, ahora que estamos a las puertas de un nuevo proceso electoral. Tengo la confianza de que esa opción empieza a delinearse desde el Movimiento Semilla, un proyecto que, de forma imperceptible pero constante, ha ido sorteando los obstáculos que ha encontrado para empezar a delinearse como una opción ciudadana que supere la grave crisis que aqueja a Guatemala.

Guatemala realmente necesita una esperanza en estos momentos difíciles.

«A menudo, en los más oscuros cielos es donde vemos las estrellas más brillantes» (Richard Evans).

La primera pregunta que hasta la fecha nadie ha respondido satisfactoriamente es qué pasó con el sistema de alerta temprana.
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