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Tipo de Nota: 
Opinión
20 06 18

Read time: 4 mins

¿Cómo se gana en futbol? Ganar un partido es simple: en 90 minutos hay que meter más goles. Bastan un delantero eficaz y un poco de suerte.

Ganar la copa es más complicado. Pasar a la siguiente ronda, llegar hasta arriba, exige tener equipo. Y siempre meter más goles en más partidos.

Finalmente está el juego en su dimensión más amplia: ganar por décadas, liderar en cada torneo. Esto es otra cosa. Alemania y Brasil no lo son por ganar un partido o sobrevivir una ronda. Siempre reclutan y forman mejores jugadores. Siempre organizan y financian sus ligas. Ponen las reglas. Incluso mandan en la FIFA. Y siempre meten más goles en más partidos.

Pero dejemos el símil. Pasemos a otra cosa. Cuando guarde su camisola en julio, apenas empezará un tiempo más en el gran juego de hacer democracia. Y lo que importa es ganarles a los cafres incompetentes y cobardes que nos mandan.

¿Cómo se gana en democracia? Ganar una elección es simple: se meten más votos. Bastó un Jimmy Morales y un poco de suerte. Ganar fue el mejor error de su vida.

Pero la cosa se complica al ir más lejos. Porque el asunto no es controlar el Ejecutivo como quien se lleva la copa. El juego es hacerse con el poder, voltear un sistema que ha sido una FIFA corrupta: controlado siempre por los mismos para sus propios fines mañosos. Es conquistar el bienestar negado en las laderas del volcán. Reclamar la dignidad que esos ingratos no piden para los niños en la frontera de los Estados Unidos.

Reconozcamos al equipo. Jóvenes y viejos, que la plaza enseñó que los abuelos y las nietas pueden juntos querer justicia. Mientras, Felipão y Alvarito, tan parcos de imaginación como de años, demuestran que juventud no garantiza novedad ni querer bien.

Necesitamos botar barreras. De derecha e izquierda, de católico y evangélico, de creyente y ateo, de conservador y progre. Porque las contradicciones son la democracia misma, pero ese no es el juego hoy. Y no, no es pedir pospolítica, pues igual hay que entender que el juego hoy es contemporizar, esa mayor de las virtudes políticas. Hoy nuestro equipo es de buena voluntad versus malicia. Es de trabajo técnico versus chambonada. Es de solidaridad versus depredación. Es de empatía versus desprecio.

Así que componga con el Codeca, joven urbano. Y exija que el Codeca componga con los timoratos pero esenciales empresarios del disenso. Y usted, empresario, que entendió que el Cacif no quiere bien, reconozca que el mundo nunca volverá a ser igual y construya uno mejor. Compongan el gay con el cura, el libertario con el socialista, y muérdanse todos la lengua. No tienen que quererse. Basta que apunten a la misma portería de justicia justa.

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El gol buscado es claro: es oportunidad, es futuro para todos y todas. Primero hay que limpiar la política, abrir la puerta. Luego, sí, agarrarnos a gritos y oratoria en el Congreso, en la prensa y en la calle, pero sin temer a cada momento por lo que trama el pacto de corruptos, gente que no debió estar en la política, que debe salir de la política, que nunca debe volver a ella.

Pero ese mínimo consenso no es solo necesidad táctica. Él mismo es medida de compromiso. Porque encaramarse en la tarima del Frente Ciudadano contra la Corrupción fue fácil hasta para quien no ve presidentes corruptos, da millones a uno de estos y se retracta cuando al fin le toca su día frente al juez. Aquí hace falta valorar quién es maíz y quién tusa, ya que el nuestro tendrá que ser el equipo del maíz.

Lo peor, lo mejor: ¡el equipo es apenas con lo que se entra a la cancha! Luego habrá que jugar y bien. Siempre hay que meter más goles. No basta poner los ojos en 2019 porque también hay que ganar democracia en 2023 y después. Y hay que ganar en el Organismo Judicial, en el Legislativo. Y en el Cacif y en el sindicato, como ya se ganó en la AEU.

Esto lo sabían —lamentablemente bien— gente como Ríos Montt y Arzú padre, que construyeron para 25 años. Mire lo que nos legaron. Pero, a diferencia de sus hijos y de su pacto de corruptos, lo nuestro no es un eterno sostener lo malo que hicieron. Porque la historia no se sostiene: se construye.

Compongan el «gay» con el cura, el libertario con el socialista, y muérdanse todos la lengua. No tienen que quererse. Basta que apunten a la misma portería de justicia justa.
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