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6D: Venezuela puede reconstruirse
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6D: Venezuela puede reconstruirse

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Opinión
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Parece que Nicolás Maduro empieza a quedarse solo y sin pajaritos que le hablen al oído. No solo se ha quedo sin los Kirchner en Argentina, sino próximamente podría quedarse sin una Dilma en Brasil y sin una Asamblea Nacional dominada por el chavismo.

La alianza de la ALBA ha empezado a tambalearse. Y era de esperarse luego de ver cómo estos líderes terminaron convirtiéndose en eso que una vez tanto rechazaron.

Basta con regresar un poco en la historia y ver cómo a finales de la década de los años 1980 eran los partidos de izquierda en Chile los que les daban una nueva esperanza a sus ciudadanos. Y es que fueron estos los que, con el eslogan «Chile, la alegría ya viene», lograron que Pinochet abandonara el poder y empezara la transición de la dictadura a la democracia.

La diferencia es que hoy, varios años después, son Mauricio Macri y la Unidad Venezuela quienes se asemejan más a los de la campaña del no (del plebiscito del 88) que los de la ALBA.

Hoy es la izquierda a la que se la acusa de autoritarismo y violencia. Hoy es Maduro quien sin cesar trata de infligir miedo a los venezolanos y a quien quiera oponerse a su gobierno y a su revolución. Hoy son los conservadores (Argentina) y los del centro (Venezuela) quienes buscan vender una esperanza y un cambio.

Pero hoy tampoco debería ser ese nuestro tema de debate. No deberíamos enroscarnos en si fue la izquierda o la derecha la que hizo esto o aquello, sino en las lecciones que esas batallas nos han dejado. Esas lecciones que pareciese que a la historia le gusta repetirnos hasta que en verdad las aprendamos. Y que, en este caso, será Venezuela quien nos las enseñe.

Porque el domingo 6 de diciembre (6D), si las encuestas son ciertas al igual que el temor de Maduro, la oposición podría ser la gran ganadora de las elecciones parlamentarias. Lo que significaría que Venezuela tendría la oportunidad de reconstruirse de nuevo. Reconstruirse no en el sentido de que la oposición sería la que tomaría el control del Estado ahora, sino más bien en el sentido de que podría dialogar. Porque, con la mayoría simple en la Asamblea Nacional —que es lo que se espera alcanzar—, a Maduro no le quedaría más que negociar. Lo que no solo le daría un aire a esa polarización que viven los venezolanos, sino que también sería el inicio para marcar de nuevo esa división de poderes (entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial) que se perdió con el chavismo.

Pero acá la enseñanza no es cómo ganar elecciones ni cómo es que la esperanza vende más que el miedo. Eso ya lo sabemos. Y que ni se lo cuenten a Daniel Scioli, que ahora lo tiene clarísimo. Acá el gran reto y la gran lección es cómo dialogar, cómo debatir y cómo construir en lugar de destruir.

La oposición no la tendrá fácil. Deberá encontrar la forma de responder ante las demandas de una sociedad que exige cambios inmediatos, trabajar con un sistema y con un oficialismo que no se lo permitirá y enfrentarse a la alta posibilidad de que Maduro desconozca su victoria y trate de gobernar en una «unión cívico-militar», como ha amenazado en las últimas semanas.

El mismo reto lo tendrán Mauricio Macri y Jimmy Morales, quienes tendrán la labor de encontrar esos espacios de convergencia y evitar caer en polarizaciones. Esperemos que la historia no nos repita de nuevo lo que ya deberíamos tener claro: que el desarrollo no tiene que ver exclusivamente con una u otra ideología, sino con la coordinación de ambas.

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