Quique Lee

Celulascope

Que dice Meta que ya no cabemos. Su nueva actualización del grid de Instagram poco a poco nos empuja a la verticalidad absoluta, como una desinvitación selectiva del prójimo en la selfie. Atrás quedaron esos retratos de rituales familiares que colgaban en las casas de las abuelas, en donde grupos generacionales completos posaban sin sonrisas ni expresión alguna. Sostenían coronas de flores delante de un ataúd, inmóviles por horas para que no saliera borrosa la impresión del negativo de una escenografía dispuesta y decorada viendo todo para un mismo lado. Las fotos de los velorios contemporáneos no están diseñadas para permanecer en un archivo de pared descascarada, sino para circular y ser juzgadas a punta de likes. Tanto así que, para que quepa, el sarcófago tiene que salir «parado».

Y ahí la consecuencia es clara: si aceptamos sin fricción los formatos que nos piden circular sin permanecer, estamos entrenando la mirada para un mundo donde todo puede verse, pero casi nada puede quedarse.

Otra anécdota de muertos: La Tía E era la tía de una amiga que hace unos años vivía dos apartamentos debajo de la casa de otra amiga en donde solíamos reunirnos. Mandaba cartas quejándose de los invitados –o sea yo, con mi carcajada escandalosa–,  pero cuando la conocimos resultó ser una señora encantadora que bien que bailaba y se echaba los tequilas. Cuando la Tía E murió, literalmente no llegó nadie. N-A-D-I-E. Su familia y amigos ya habían muerto o estaban demasiado viejos para ir a eventos sociales, y la Tía nunca tuvo descendencia. Así que incluso después de la muerte tuvo que aguantar a su sobrina y a sus tres amigos ruidosos. Antes de que el velorio «cerrara» a las 10 de la noche –cosa que nunca antes había visto– ya nos habíamos atipujado de sanguchitos y café y fresco de esencia de jamaica. Aun así quedaba suficiente para donarle al velorio de la capilla de al lado. No nos tomamos una foto. Pero de haberlo hecho, ahí sí habríamos cabido todos, con el sarcófago «parado» en disposición de circular.

No cabemos. En los cumpleaños solo cabe el cumpleañero, en las reuniones de oficina solo cabe el log-in del home office y en las despedidas de soltera solo cabe el stripper. No está previsto en el diseño acostar al muerto.

Si el diseño horizontal nos permitía la presencia de más cuerpos, el diseño vertical nos obliga a mirar «lo de arriba» y «lo de abajo» que antes permanecía oculto. Las botellas de licor en la mesa de la fiesta, los cables en el piso del concierto, los huevos de palomilla colgando del techo. Si ahora vemos más cosas, pero menos relación, ¿qué tipo de mundo estamos aprendiendo a habitar?

Cuando se inventó el cinemascope la idea era que la experiencia del cine no fuera recreable en casa –para regresar a las personas a las salas–. Los hogares terminaron respondiendo cambiando a una pantalla rectangular. ¿Cuál será la respuesta doméstica al formato vertical? ¿Qué queda afuera cuando se diseña para una célula?

La verticalidad funciona cuando nadie reclama duración. Vemos más cosas –lo de arriba, lo de abajo, los cables, la mesa, los restos– pero nos relacionamos menos. El grupo cabe únicamente si no requiere archivarse. El ritual funciona si no hay herencia. El velorio es eficiente si puede cerrarse temprano. Forzar hoy lo horizontal se siente violento porque va en contra del diseño del mundo, no porque esté equivocado. Y ahí la consecuencia es clara: si aceptamos sin fricción los formatos que nos piden circular sin permanecer, estamos entrenando la mirada para un mundo donde todo puede verse, pero casi nada puede quedarse.


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