Un fotógrafo, una fotógrafa es una especie de filtro sobre la realidad. Esa que hemos visto a diario, hasta que llegan sus ojos y nos regalan una segunda oportunidad, una generosa, porque nos explica, en silencio, cómo se ve.
Porque llama nuestra atención hacia los detalles, los movimientos, las líneas, las formas, los ángulos, los símbolos, hacia una narrativa. Todo un lenguaje que no sabíamos que entendíamos, que podíamos concatenar, hasta ese momento en que creemos que entendemos, pero no sabemos explicar. Son otros ojos hablando con nuestros ojos, invitándolos a retener el asombro.
Uno ve una fotografía y siente… o no. Solo en ese momento sabe si esa imagen es para su mirada. En ese ejercicio de refracción, la realidad entra en el espectador y quizá encaje con un recuerdo, con un temor, con un rechazo, con un paisaje, con una intensidad silenciosa pero ineludible. Con una sensación que baja hasta el vacío del estómago, que se queda en la superficie de la piel, que dilata las pupilas.
No es casualidad que, frente a una fotografía enmarcada, en la que nos detenemos con atención, siempre encontremos en su fondo nuestro reflejo. Es la luz, es la blancura de las paredes en las galerías, sí, pero también es un símbolo. Una inmersión en el espacio que nos maravilla, allí en donde terminaremos viéndonos a los ojos, esculcando nuestro interior, después de todo.
Las fotografías de Iturbide no solo conversan con quien las ve, también lo hacen con su entorno y con otras visiones.
Me gustan las fotografías en blanco y negro. Hay en ellas un efecto de extrañamiento. De separación temporal y espacial. Llevan un contraste en sí mismas. No hay salidas ni distracciones. Hay realce en las formas, el movimiento, las líneas, los rasgos. Invitan al enfoque.
A la fotógrafa mexicana, Graciela Iturbide, también la enseñó a mirar un fotógrafo: su padre: el día en que le regaló su primera cámara, cuando cumplió once años. De ese ejercicio, que le ha durado una vida, surge la fuerza y la humanidad de su obra. Espontánea, contrastante, rural, fronteriza más allá de la geografía, perturbadora.
Quizá por la ausencia de color, por la cercanía de la muerte, por esa relación casual del ser humano ante su presencia, ante su inminencia. Ambos siempre indiferentes en el mismo espacio compartido. Quizá porque devela el espíritu onírico de un territorio, de una mirada hacia afuera, pero también hacia sí misma, en la que se deja tocar por la irrupción de lo extraño, por lo que causa estupor.
Las fotografías de Iturbide no solo conversan con quien las ve, también lo hacen con su entorno y con otras visiones. Es inevitable pensar en Juan Rulfo, en el espíritu de su literatura, pero también de su fotografía. Así como lo es encontrar, fuera de la serie de la Casa Azul, dedicada a Frida Kahlo, otros guiños directos a su obra, más allá de los elementos que la nombran: «La muerte novia» en un guiño hacia «La niña con máscara de muerte» de Frida, o a las dos Fridas, como si hubieran sido fotografiadas en el desdoblamiento, previo a posar para el lienzo.
La exposición de su obra, que se puede ver en la galería del Centro Cultural de España en Guatemala, presenta cinco series, curadas por Elena Navarro. Todavía es tiempo para ir a maravillarse con la poética visual de Iturbide. Todavía los está esperando.









