Juan José Guerrero

La paradoja del agua en Guatemala

Cuando estudié en la escuela primaria (1961-1966) cursé una asignatura llamada Salud y seguridad. En sus contenidos aprendí a respetar los ríos (solemnidad), trabajar en la limpieza de las fuentes (higiene) y entender que el agua era un bien común (derecho humano).


Desde entonces hasta que me gradué de maestro de educación primaria urbana (1972), en mi familia bebíamos agua tomada directamente de un pozo que aún existe en el patio principal de la casa y, aunque teníamos en la población agua entubada (que no potable), preferíamos la primera (del pozo), previo tratamiento por medio de un filtro artesanal.

Vuelto ya como médico a mi pueblo (1983), me percaté de que la población urbana tomaba agua obtenida de las tuberías de distribución de agua supuestamente potable, pero, para mayor seguridad, procedía a hervirla durante quince minutos, como aconsejaba el personal de salud de la época. Dicho sea —y doy fe de ello—, el agua que llegaba a los chorros era cristalina y fresca. No obstante (y bien por ello) se hervía.

Pasados cinco años (1988), comenzamos a darnos cuenta de que, cada vez con más frecuencia, el agua llegaba turbia, cuando no lodosa. Fue entonces cuando, acompañado de mis dos hijas mayores, decidí recorrer los sitios donde nadé y pesqué en el río Cahabón. 

Este río circunda toda la ciudad de Cobán, porque el poblado original fue construido en medio de sus serpenteos como punto estratégico de defensa. Antes de salir de la casa, les hablé de las bellezas que encontraríamos. El encontronazo, o mejor dicho el desencuentro, fue terrible. El río lucía contaminado, sucio: había muchos desagües desfogando en sus orillas y, como corolario, vimos pasar un pez flotando panza arriba. Comprendí entonces que la solemnidad por los ríos se había perdido.

Meses más tarde, me di a la tarea de buscar nacimientos (fuentes) a donde llegábamos —también a pescar— en nuestra infancia. Sobreabundaba un pequeño pez que llamábamos pepesca (no sé si era el legítimo pez conocido actualmente con ese nombre), y nada de aquello encontré. Si mucho, bocatomas lodosas y fuentes secas, aunque el tipo de vegetación que circundaba los sitios indicaba que sí había agua bajo tierra. Pero comprendí que la higiene también se había perdido.

En la correcta gestión del agua en nuestros territorios estriba la recuperación de nuestro empoderamiento como sociedades libres.

Y en los años 90 del siglo XX estallaron no pocos conflictos por la propiedad de las fuentes de agua en Alta Verapaz. Estos conflictos estaban vinculados, o se vinculaban a conveniencia, con la guerra interna que estaba por terminar. Pero, de 1996/1997 en adelante, aparte de los desplazamientos forzados previos y de la instauración de algunos megaproyectos, la privatización de los recursos y la creación de enormes vertederos de desechos redujeron no solo la cantidad de agua disponible, sino también su calidad. Comprendí a la sazón que, para muchas personas, el agua ya no era un bien común. 

Y hoy, henos aquí, esperando una o dos veces a la semana al camión que nos trae el agua engarrafada, como esperamos exactamente igual al camión que se lleva la basura porque, en el descuido hasta de nuestros pequeños ecosistemas, las aboneras en las casas desaparecieron («compost» las llaman ahora, aunque no sea exactamente una producción de abono orgánico). 

En pocas palabras, el curso Salud y Seguridad, tan útil, práctico y, diríase, tan espiritual con relación a las cosmovisiones y al mismo cristianismo (hermana agua, la llamaba san Francisco de Asís), había desaparecido, en muchas mentes —y a conveniencia—, para siempre. 

No por casualidad explicó José Frías en su ensayo El agua es un derecho y un bien común inapropiable: «Hoy en día no existe una priorización del uso de las aguas, lo que va de la mano de su privatización, por lo que está principalmente concentrado en su uso económico, industrial o agroindustrial enfocado en producir ganancias para sus dueños (agroindustria, minería, forestales, pisciculturas, etc.)»1.

Paradójicamente, a finales de mayo y en estos primeros días de junio, han comenzado en nuestros pueblos las inundaciones a causa de los aguaceros. Absurdo, contradictorio, inentendible.

¿Podemos solucionarlo? Yo creo que sí. En la correcta gestión del agua en nuestros territorios estriba la recuperación de nuestro empoderamiento como sociedades libres.

Hasta la próxima semana, si Dios nos lo permite.

  1. Agenda Latinoamericana Mundial (2026). San Salvador, El Salvador. P. 95. ↩︎

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