Marvin S. García Citalán

Julio Serrano Echeverría: una ceiba que conecta el cielo con la tierra

He sido amigo de Julio desde hace más de veinte años. Nos conocimos en el colegio Liceo Guatemala de Quetzaltenango y estudiar en un colegio para hombres, religioso y ultraconservador, trae consigo sus propias complejidades que supimos, de alguna forma, superar. No nos hicimos amigos a la primera; un disco de U2 fue el detonante para años de complicidad, amor y aprendizaje.


Julio y su familia han vivido siempre al final de la calle Rodolfo Robles, apenas a unos metros de la casa de Otto René Castillo y del Mario Camposeco, lugar que en tiempos ancestrales fue uno de los altares más importantes para el pueblo k’iche’. Es decir, Julio siempre ha estado cerca del fuego y de la poesía.

Su casa, sus hermanos y sus padres fueron también los míos durante la adolescencia. A ellos les debo que mi vida esté dedicada por completo a estos asuntos de la búsqueda poética.

Si algo puedo decir de Julio es que ha sido un ser sensible, lleno de esa curiosidad que traen aquellos  que han sabido encontrar la belleza y traducirla, aquellos que han descubierto el asombro, el sueño, la tierra y la raíz. Todo esto ha quedado registrado en una buena cantidad de libros de poesía y literatura infantil que se han publicado y ganado varios premios en diferentes países. Esa curiosidad de la que hablo lo ha llevado a explorar otras áreas como las artes visuales, la fotografía  o el cine, en su obra se encuentra registrado el interés por volver a su origen: un origen mestizo en el que converge el volcán, el fuego, el mar y la piedra. Su multidisciplinariedad es una característica que pocos artistas de su generación (que también es la mía) poseen.

Quiero hablar de Julio, el poeta, pero principalmente de mi hermano y mi maestro que, sin egoísmos, nos ha regalado su palabra, sus sueños y sus búsquedas. Hablo del chico que empezó a usar las camisetas del Xelajú en aquel lejano 1996 y un día partió a El Salvador y regresó para presentarnos a Roque Dalton y Ernesto Cardenal. Quiero hablar de Julio, con el que nos hemos sentado a hablar en cualquier banca del parque central de Xela cada vez que podemos. Hablo del artista que grabó el rostro de mi abuela en la corteza de un árbol que seguramente sigue esperándonos. Hablo de Julio, el tata que dejó su mirada en el reflejo de un fuego intenso que sigue ardiendo y seguirá ardiendo por mucho tiempo más.  

En estos días se celebró la novena edición de la Feria Internacional del Libro de Xela —FilXela— y en un acto de justicia y absoluta coherencia se le ha dedicado a Julio Serrano Echeverría. Qué importante es para una comunidad reconocer públicamente a sus pensadoras y pensadores, agradecer su trabajo y su obra, que quedará como registro de esta época, pero también como una señal luminosa a la que podemos aferrarnos las veces que sean necesarias. Algo así como la presencia de las montañas, que están ahí siempre; como lo que cuentan las piedras o lo que hablan los jaguares que atraviesan la noche sigilosamente. Qué sea larga tu vida, Julio, que tus palabras sigan creciendo como hojas de una ceiba frondosa que conecta el cielo con la tierra.  


Recomendados