Max Roberto Sierra W.

Y de repente…   la pelota gira a diferente frecuencia

«Recuperar la infancia a voluntad por medio del juego o el arte permite que el adulto tome vacaciones de sí mismo» Juan Villoro.


Cada cuatro años ocurre un fenómeno que trasciende lo deportivo: el mundo empieza a girar distinto. No es una exageración ni una metáfora vacía; se trata de una transformación colectiva donde millones de personas, sin importar idioma, cultura o condición social, encuentran un punto en común alrededor de un balón. El Mundial de fútbol es un ritual moderno que logra impregnar la cotidianidad con una energía difícil de replicar.

Todo comienza con pequeños gestos: la compra de un álbum de estampas, la búsqueda insistente de esa figurita compleja, los intercambios en centros comerciales y las discusiones entre amigos, colegas o desconocidos que comparten un mismo objetivo, aventajándose de la fortuna para elevar el precio de los cromos menos comunes o más famosos. Lo que en apariencia es un simple pasatiempo infantil se convierte, en realidad, en una poderosa herramienta de conexión social.

El bombardeo mediático tampoco pasa desapercibido. Las mejores jugadas de ediciones anteriores se repiten en anuncios y se convierten en insumos publicitarios y recuerdos que se reactivan con cada transmisión. Se trata de una industria que mueve millones de personas y, por ende, millones de quetzales, dólares y cualquier moneda del planeta. El futbol, en su máxima expresión, no solo se juega en la cancha; también se negocia, se proyecta y se consume.

Para los más nostálgicos, el paso del tiempo adquiere una medida distinta. No se cuenta en años, sino en mundiales. El televisor del hogar no se reemplaza porque esté obsoleto, sino porque «ya pasó varios mundiales». Testigo de alegrías desbordadas, derrotas imposibles y momentos que permanecen tatuados en la memoria emocional, se convierte en un espacio de encuentro para generaciones enteras.

En paralelo, la imaginación hace su propio juego. Muchos crecimos soñando con ser esos jugadores cuyas imágenes pegábamos cuidadosamente en un álbum. En ese proceso, incluso detalles aparentemente menores dejan huella: la caligrafía con la que anotábamos resultados y los esquemas de cruces que dibujábamos con rigurosidad casi profesional quedan marcados dentro de las primeras páginas de tan oneroso pasatiempo.

Para los más nostálgicos, el paso del tiempo adquiere una medida distinta. No se cuenta en años, sino en mundiales.

Y es que los mundiales están hechos, en gran medida, de historias íntimas y colectivas que se entrelazan. Como la escena de don Edgard vitoreando apasionadamente a su selección brasileña junto a su nieto, encapsulando un momento de felicidad pura que, curiosamente, sería contrastado días después por una de las derrotas más dolorosas en la historia de ese equipo. O aquellas madrugadas en las que, teniendo como sede países asiáticos, los partidos obligaban a modificar rutinas, reducir excesos y adaptarse con disciplina para no perderse ningún encuentro.

Sin embargo, en medio de ese vendaval de emociones también sucede algo digno de analizar: el entorno parece suspender ciertas tensiones. La convulsión político-social, tan presente en el día a día, se diluye u oculta temporalmente del ojo crítico. Mientras millones de personas están atentas a un marcador, otros movimientos —más estratégicos y menos visibles— continúan su curso. Apretones de mano bajo la mesa, decisiones empresariales oportunistas y ajustes que pasan desapercibidos se esconden entre quinielas improvisadas en pasillos y oficinas.

Este fenómeno no es exclusivo de un país o de una región. A lo largo del continente se replican patrones similares: condiciones burocráticas que se flexibilizan o endurecen según la conveniencia, dinámicas empresariales que aprovechan el momento y comportamientos sociales que evidencian tanto lo mejor como lo más cuestionable del entorno. El consumo se incrementa, las celebraciones se intensifican y, en algunos casos, la informalidad encuentra terreno fértil a través de la piratería y los negocios oportunistas.

Con todo y estas sombras inevitables, el Mundial también ofrece la oportunidad de hacer una pausa consciente y, como acto de madurez colectiva, alejarse de disputas estériles, excesos injustificados y gastos impulsivos. No se trata de renunciar a la emoción, sino de encauzarla con criterio. El fútbol, en su esencia más pura, sigue siendo un lenguaje universal capaz de unir, inspirar y recordar lo que significa, en algunos casos, competir con pasión y respeto.

En ese sentido, vale la pena recuperar una de las frases más emblemáticas asociadas a este deporte, pronunciada por uno de sus máximos y más controvertidos exponentes, el astro de Villa Fiorito: «la pelota no se mancha».

Tal vez allí radica el verdadero espíritu del Mundial. En medio del ruido, los intereses y las distracciones, el balón sigue rodando limpio, recordándonos que, al final del día, lo esencial permanece intacto bajo una rotación simple y perfecta donde el mundo encuentra, cada cuatro años, una forma distinta de respirar.


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