La narrativa colonial, convertida en historia oficial, basa sus contenidos y relatos sobre la invasión castellana de 1524 en las cartas de Pedro de Alvarado dirigidas a Hernán Cortés, para probar sus «méritos» y reclamar recompensas por matar gente y expropiar territorios, falseando hechos, convirtiéndolos en heroicos y disminuyendo la importancia de los pueblos y las luchas de resistencia, además de ignorar la gran cantidad de testimonios escritos que legaron para construir su propia narrativa histórica. Es decir, la memoria contrahegemónica.
La memoria depende de quién la construya históricamente; es útil para la dominación alienante o para la lucha reivindicativa de liberación del pasado colonial.
Las cartas originales de Pedro de Alvarado no se conocen; una copia impresa, poco extensa, es la que se refiere a la invasión a Xelajuj. Es la única versión escrita por un testigo castellano ocular y directo. De ahí que las narraciones sobre ese hecho, realizadas por Bernal Díaz del Castillo, Francisco Fuentes y Guzmán 1y otros cronistas, sean interpretaciones separadas del hecho mismo y del tiempo, lo cual les resta objetividad. Díaz del Castillo no estuvo en las batallas de Xelajuj y el segundo escribe su narración 175 años después de la invasión, basándose en la obra del primero.
Esa precaria y sesgada narrativa desde el invasor ha creado una historia incompleta, manipulada y justificatoria de la dominación europea, con el objetivo de imponer una visión que excluye la historia de los pueblos. Oficialmente se «celebra» con júbilo los 502 años de invasión, de la inexistente fundación de Quetzaltenango, de la derrota absoluta del pueblo k’iche’ y de la falsa imposición del proceso civilizatorio occidental.
Pedro de Alvarado no fundó ninguna ciudad en su sendero de sangre. Destruyó y quemó centros poblados, con sus dirigentes dentro, como en el caso de Gumarcaaj. Fueron los indígenas mexicanos que lo acompañaban quienes le dijeron que el lugar donde estaba el territorio de Xelajuj, en náhuatl, se llamaba «Quezaltenango»; es decir, tampoco le puso nombre al lugar, que ya era conocido desde siglos anteriores por los pueblos del centro de México, debido a las rutas comerciales existentes y al flujo de mercancías que se intercambiaban.
El mismo Alvarado demuestra la existencia previa de Quetzaltenango en su carta a Cortés:
«(…) aquí estuve dos días corriendo la tierra, y á cabo (sic) de ellos me partí para otro pueblo, llamado Quezaltenango… que estaba una legua, y con el castigo de antes le hallé despoblado y no persona ninguna en él, y allí me aposenté y estuve reformándome y corriendo la tierra, que es tan grande población como Tacalteque (Tlaxcala, México) y en las labranzas ni mas ni menos y friisimia en demasía».
Agrega: «Que sus tropas llevaron a cabo una destrucción que era la mayor del mundo, capturando a todos aquéllos que trataron de escapar, muchos de los cuales eran capitanes y señores y personas señaladas2». (sic)
Quetzaltenango ya existía, lo dijo Alvarado. Aun así, se insiste en su pretendida fundación para negar la historia preinvasión, imponer y aceptar la dominación cultural, económica y política. Aferrarse a esa falsa narrativa tiene su razón en la angustia identitaria de muchos sectores ante la ausencia de una identidad que les satisfaga, ya que lo indígena les causa rechazo alienante.
«Porque muchas personas crecieron aprendiendo que sus raíces indígenas debían ocultarse, disminuirse o incluso avergonzarse. Durante buena parte del siglo XIX y XX, múltiples proyectos políticos en América Latina promovieron abiertamente la “modernización” a través de procesos de castellanización y homogeneización cultural3».
La memoria de los pueblos late en el presente, reclamando su legitimidad y su finalidad emancipatoria frente a la colonialidad. Los testimonios escritos desde los pueblos invadidos son varios y ofrecen otra interpretación de los hechos violentos, marcando territorios, cosmovisiones y sentimientos ante el trauma de la invasión.
Carlos Fredy Ochoa ha logrado estudiar los cuatro títulos de Xelajuj, entre otros: Tz´unun, Nija´ib´, K´oyoi y Lopes Escot (Ixkot). Analizando y comparando los textos, y recorriendo los lugares ahí mencionados, logra identificar los contornos del territorio de Xelajuj al momento de la invasión, los pueblos que lo conformaban, los lugares sagrados y la visión sobre la invasión. Lo plasma en el libro de su autoría: «Títulos de los Señores Ajpop Colibrí Witzitzil Tz´unum y Lopes Ixkot: Xelajuj en la historia antigua», que será publicado oportunamente.
Del cual escribiré en la próxima entrega, dada su importancia para la memoria objetiva e integral.









