En pocos años, el espacio digital se transformó de un lugar para estar al corriente, a una fuente inmediata de dopamina y, finalmente, al agotamiento crónico.
Vivimos con los ojos resecos y el cerebro sintiéndose apagado y a mil por hora, todo a la vez. En el camino, hemos perdido capacidades que creíamos innatas, como la curiosidad, el conectar profundamente con los seres queridos o sostener una conversación con un desconocido. Esta conversación inicia en un panorama de sobreexposición al contenido generado por inteligencia artificial. Así, sostengo que solo el arte nos mantendrá humanos. Pero no cualquier arte, sino aquel que es un espacio y experiencia compartido.
Frente al cansancio, ha surgido un movimiento de resistencia que propone volver a ver la vida fuera de las pantallas, pues el desgaste ya afecta esferas fundamentales, como lo emocional, lo social y lo cultural. Aunque mucho de este entorno se sale de nuestro control, todavía tenemos poder sobre aquello a lo que exponemos nuestra mente. Durante años se creyó que el cerebro tenía fecha de caducidad; hoy, la ciencia confirma que este puede fortalecerse gracias a la neuroplasticidad. Pero para remodelar el cerebro, como señala la neurocientífica Nazareth Castellanos, se requiere una base sólida en la intención de seguir aprendiendo y de salir del modo automático a través de lo más vital que tenemos: la respiración.
Así pues, asistir hoy a un concierto o al teatro, además del apoyo cultural, es la decisión de salir un momento del algoritmo, vivir en sociedad y recuperar el control sobre nuestras mentes.
El arte —tanto para quien lo ejecuta como para quien lo contempla— es una actividad que se cultiva con esa misma intención. Requiere de una atención sostenida y una repetición donde, finalmente, se refuerzan las conexiones neuronales. Sin embargo, en este mundo frenético, perdimos la lentitud, lo simbólico y, por consiguiente, la capacidad de interpretar. El arte académico nos desafía justamente a eso: a retar al cerebro y de nuevo predisponerlo a la curiosidad, y reducir, a la vez, la velocidad de la inmediatez.
Hace unos meses, una celebridad declaró que no se dedicaría a disciplinas «que a la gente no le importan», refiriéndose al ballet y a la ópera. Aunque sus palabras resultaron ofensivas para quienes sostienen estas artes vivas, reflejan una realidad incómoda sobre cómo se maneja el mundo. Para un sistema que nos prefiere ocupados hasta el cansancio, controlar el entretenimiento pasivo es sustancial: es mejor el consumo frente a la pantalla que habitar el espacio público.
Durante la pandemia se habló mucho del «consumo local», una práctica que culturalmente todavía nos cuesta adoptar. Las artes vivas son parte del comercio local, y no está de más agregar que todo arte necesita fondos para existir. Durante mucho tiempo se han sostenido, en gran medida, por los artistas, sus familias y sus comunidades. Así pues, asistir hoy a un concierto o al teatro, además del apoyo cultural, es la decisión de salir un momento del algoritmo, vivir en sociedad y recuperar el control sobre nuestras mentes.









