Quique Lee

El álbum Lee

Me encontraba parado detrás de dos adolescentes mucho más altos que yo. De esos de pelo colocho, tenis y pants. Uno discutía acaloradamente con un hombre de cuarentaitantos años que tomaba una Coca-Cola de tres litros sin etiqueta. El otro contaba billetes y monedas con paciencia, y daba instrucciones a la cajera mientras barajaba unos sobres color plateado. La pelea terminó cuando la esposa del señor regresó con cara de ya-vas-a-terminar. Luego volteó para exigir las calcomanías por su compra —que servirían para llenar la libreta y reclamar un tupper— que la cajera no le había dado.

Cuando la pareja se fue, el adolescente regresó con una sonrisa en la boca y enseñó al otro un papelito tornasol con un muñequito en shorts pateando una pelota. Luego los dos sonrieron. Luego la cajera me sonrió. Luego yo sonreí.

El lunes, en la oficina, a la hora del almuerzo, cuando subí al comedor, presencié algo que solo había visto en mis almuerzos familiares: los hombres, todos juntos, gritaban y se carcajeaban en un grupo separado, parados alrededor de una mesa.

Me acerqué.

Alguien somató la mesa. Me asusté. De nuevo los sobres color plata. Abiertos cuidadosamente por un extremo y un montón de tarjetitas con fotos de hombres.

—¿Cuánto cuestan esas cosas?— pregunté.

Carcajadas.

Esa noche quise poder gritar también y golpear la mesa. Pero, haciendo cuentas, prefería comprarme una Lakymen de pollo y dos Tortrix que uno de esos sobres plateados. Así que decidí dibujar mis propios hombres en papelitos. 

Para empezar me dibujé a mí mismo. Le puse un 00. Luego vi TikTok un rato. Luego dibujé al jefe. Le hice más bigotes. Luego a los compañeros. Para que me cupieran todos, puse dos en cada papel. Los numeré. Como no tenía más hombres, empecé con las mujeres. La señora del café. La recepcionista. A ellas les puse más colores, una sabe que me gusta sin azúcar y la otra siempre contesta mis buenos días. Como tenía más cuadritos, empecé con lo de afuera. El perro que está siempre en la puerta, el señor que pide dinero, la familia de migrantes con un cartel, la tienda Manantial.

Las ordené, las envolví en una servilleta y luego en papel aluminio para que no se doblaran.

Al otro día, el señor del Uber que me llevó al trabajo tenía puesta buena música. Se hizo merecedor del número 97. Me distraje después siguiendo personas con el dedo contra el vidrio de la ventana y, al imaginarlas planas y organizables, todas me cabían en la lonchera.

A la hora del almuerzo, tiré mi estampita 63 entre el montón sobre la mesa.

—¿Quién echó esto aquí?

El bodeguero volteó a ver al guardia del portón. El guardia del portón le sonrió. El bodeguero sonrió de regreso. Sonreí.

Somaté la mesa.


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