Byron Ponce Segura

Ley de etiquetado de alimentos: luces y sombras -iv y final-

Para elaborar este resumen se consultaron documentos públicos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Organización Mundial de la Salud (OMS) Organización Panamericana de la Salud (OPS), repositorio de iniciativas y actas del Congreso, y notas de prensa. Se buscaron las objeciones del sector empresarial al EFAN que resultan comunes en América Latina.

Comentarios a cada una:

Se provocará aumento en los costos de producción y empaque, afectando la competitividad. Esto hay que documentarlo con cifras. En otros países se comprobó que esos costos resultan marginales (y siempre se transfieren al consumidor). Ni una sola quiebra empresarial por aumento de costos de etiquetado. Además, si se vuelve norma, ningún fabricante de productos chatarra lleva ventaja sobre otros, porque el costo sube para todos. Además, se encuentra publicidad sobre nuevas presentaciones, cambios de imagen y otros, con el fin de promocionar su producto, pero al EFAN no lo ven como caballito en la carrera de la competitividad. Vaya contradicción.  

A lo que se teme en realidad es a los costos de reformulación de los productos más dañinos a la salud. Ofrecer productos que no enferman ni matan no se ve como competitividad ni responsabilidad social empresarial. Es mejor que el consumidor no se entere de lo que realmente está comprando.

La medida debe aprobarse hasta que haya una norma técnica centroamericana armonizada. O sea, oponerse en cada país representa costos. Con que se asegure la oposición en uno, se detiene a todos. Solo falta que pidan que la norma la apruebe el PARLACEN. La protección de la salud es de rango constitucional, y cualquier país puede avanzar en sus políticas públicas según lo vea necesario. Las normas del EFAN son flexibles, y aunque los países las apliquen de forma distinta, siempre será una variación de las recomendaciones técnicas internacionales. Ejemplo: en un país se puede colocar el nivel crítico (bajo, medio, alto) de contenido de cada nutriente. Eso puede implicar hasta cinco etiquetas. En Guatemala se pide etiquetar solo los elementos altos, así que puede haber productos con una sola etiqueta, y eso no los hace incompatibles con la modalidad adoptada en otros países. Con una sola etiqueta, incluso se omite informar sobre contenidos medios, que también puede ser información valiosa para los consumidores.

Ofrecer productos que no enferman ni matan no se ve como competitividad ni responsabilidad social empresarial. Es mejor que el consumidor no se entere de lo que realmente está comprando.

Dicho de otra forma, la propuesta de Guatemala está en el mínimo posible, pero ni eso parece ser apreciado por la industria. Chile y Argentina (países altamente competitivos) no esperaron al Mercosur. México avanzó sin esperar a EE. UU. y Canadá, y Perú no esperó a la Comunidad Andina. Los productos más saludables ganaron competitividad y confianza entre los consumidores.

El etiquetado puede confundir al consumidor o estigmatizar productos. Dicho de otra manera: el etiquetado puede facilitar que el consumidor, de un solo vistazo en anaquel, decida qué producto pondrá en su canasta. Mientras menos etiquetas, más recomendable. Ahí residirá la competitividad, no en esconder información crítica. ¿Estigmatización? No veo de qué manera. Los productos más sanos darán nocaut en cinco segundos a los menos competitivos en calidad nutricional. Se podrán reducir los costos de publicidad. 

El consumidor continuará con su libertad para decidir lo que le guste o convenga, pero la información estará disponible de forma visual e inmediata, sin tener que leer etiquetas completas, que muchas veces resultan en jerigonza o en klingon para la mayoría. Podrán comprender que el producto A es un poco más caro que el B porque es más saludable, y tomará su decisión. 

En este tema, no es el momento de olvidar el discurso sobre convertir los problemas en oportunidades. Sí es el momento de abandonar posiciones que privilegian el lucro sobre los costos multimillonarios para la salud pública y el consumidor o ciudadano. 

Solo nos falta que digan que las cosas, así como están, tienen efectos económicos positivos en los consultorios médicos, los hospitales privados, los fabricantes y distribuidores de medicamentos y las funerarias, y que el agregado de todo contribuye a mantener cifras macroeconómicas saludables.


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