El año pasado, digamos, tuvo un alegrón cuando se dieron las manifestaciones públicas para protestar en contra de la corrupción. Pero, como suele suceder en estos casos, fue solo eso: un alegrón que anuncia una mortandad casi inmediata.
Tal vez, como vivimos dentro, no nos hemos percatado de la influencia nefasta de esa situación. Quizá, como estamos embebidos en nuestra propia cotidianidad, miramos de soslayo ese estado comatoso que de un momento a otro se convertirá en una muerte letal y contundente.
Tenemos varios ejemplos. Los hospitales y el servicio de salud en general, colapsados. Decir que están abastecidos en un 75 % equivale a declarar la muerte diaria de miles de ciudadanos, ya sea dentro o fuera de las instalaciones. Da lo mismo. En los últimos 15 días, dos intelectuales a quienes conocí son algunas de las víctimas.
Eso, por no hablar de las otras cuestiones que no solo no nos dan esperanza, sino que además nos sumen en una especie de vergüenza colectiva.
Por ello, si solo mencionamos a los diputados que insultan y se aferran al puesto, a las bancadas que se burlan de quienes los eligieron mostrándose abusivos e irrespetuosos y al presidente, que porque llegó al puesto cree que ya el país es su gran finca y anda ofreciendo mano de obra barata guatemalteca, la cosa no se ve por dónde pueda rescatarse.
Aquí lo único que tal vez funcione será cuestión de borrar todo y empezar de nuevo. Refundar el Estado. Nos toca oír y participar. Superar esta inercia acomodaticia y hacer caso a quienes nos dicen que salir a las calles no es como cumplir 15 años —que solo se da una vez en la vida—, sino que es cuestión de tener una postura consecuente con el tamaño de nuestros problemas y de nuestro descontento. Es decir, empezar a tomarnos la acción ciudadana en serio y actuar de acuerdo a lo que dicho vocablo representa: exigir que se cumplan nuestros derechos. Sin temor, sin pereza, sin esperar que sean los otros quienes sigan tomando las decisiones, quienes sigan aprovechándose del poder que les cedimos a través del voto para continuar con sus fechorías.
Ser ciudadano o ciudadana implica ser y estar conscientes en el mundo. Es hacer valer lo que es bueno para la mayoría y asumir con responsabilidad y continuidad la tarea que nos corresponde con nosotros mismos y con los demás.
Ojalá, cuando nos demos cuenta del trabajo que implica construir una nación distinta a la que vivimos, todavía podamos hacerlo.
Mientras tanto, regodeémonos en nuestro permanente estado de coma.









