Juan Carlos Llorca

Se puso alegre en Villa Nueva

Estoy esperando ver si me van a devolver algo de los impuestos que me han quitado durante todo el año. Desde que vine a este país, el gobierno me ha estado metiendo la mano en la bolsa y cada mes me quita a razón de una cuarta parte de mi sueldo.

Puta como duele. Y me dijeron en la oficina de impuestos que mejor me vaya haciendo a la idea. Sin mujer, sin dependientes (mis hijos no cuentan para el gobierno de Estados Unidos), sin deducciones que hacer, lo más seguro es que me manden una foto de Obama en calzoneta.

Y veo que todos los días salen anuncios en la tele, promociones de compañías de contadores que aseguran que si uno hace la declaración con ellos le tocan miles de dólares de devolución. Fui y me dijeron que mejor me la trague y que no proteste porque,  pisto, lo que se dice pisto, no me va a tocar.

Me dan una tarjeta de débito donde me van a depositar los ocho dólares y un vale para un paquete de chicles que me va a dar el gobierno y salgo de la oficina. En ese momento recibo un mail que me cuenta que hubo una masacre en Villa Nueva.

Es un cable de una agencia internacional que dice que el fin de semana se puso alegre la cosa. Seis hombres vaciaron los cargadores de sus fusiles de asalto y mataron a nueve personas e hirieron a casi veinte más.

No me habría enterado de no ser porque, morboso que soy, no he desactivado las alertas noticiosas automáticas que me manda Google.  Guatemala es como esos viejos amores que uno que las conoce bien, sabe que son mezquinas, tienen el corazón podrido y el alma bien chiquitita, pero que uno no puede desperdiciar la oportunidad de ver en qué andan.

No me habría enterado porque la gente que conozco en ese vecindario virtual que es Facebook, ni lo mencionó. A diferencia de cuando mataron a Rosenberg o Cabral o, más parecido el caso, de la balacera en Taco Inn en octubre de 2010, cuando armaron un tremendo escándalo, hoy se quedaron callados.

Quizá es que Rosenberg se prestaba a un motivo político, Cabral era famoso y Jennifer Anne Prentice era la personificación de las aspiraciones de la clase media alta guatemalteca, los que arman el escándalo pues. Las otras dos víctimas de la balacera donde murió Prentice habrán de permanecer anónimas para eterna memoria. Una de ellas era una chica de 15 que al morir en el hospital le calcularon 23.

Total, que hoy silencio total. Nada, ni un comentario ni un post en Facebook. Y está bien, si al final de cuentas no es un hecho aislado, fue uno de dos asesinatos en discotecas el fin de semana y, junto a otro hecho horrible en Chiquimula y un buen pusho de asesinatos regados entre el sábado y domingo,  no sería raro que la masacre en Villa Nueva se les haya perdido a mis conocidos.

Quizá porque sus noticias las reciben de los medios de comunicación. Quizá porque, como casi todo el mundo, confían en que los medios sean quienes determinen la importancia de las noticias. Tal vez por eso es más importante que Mario Taracena haga berrinche y le lance lapiceros a la junta directiva que el hecho que el Congreso es un foco terrible de corrupción, donde se venden los votos a cambio de obra pública para las compañías constructoras de los  diputados.

Y a este asunto, los medios tampoco le pusieron mucho. Una nota cortita el día siguiente que pasó y el lunes otra diciendo que Otto Pérez mandó cerrar la discoteca y les ofreció vergazos a los delincuentes.  Algo así como que “ya oímos el mensaje y quiero decirles a los del crimen organizado (el simpático Berger les hubiera llamado malosos) que este presidente no se ahueva como el aguambado de Colom”.

Y no los puedo culpar, después de todo, pasó en Villa Nueva. ¡Dios sabe qué clase de gente vive por allí! Saber en qué andaban metidos, dirían muchos de mis parientes, más de los que me gusta aceptar.

Y, sí, muy bien podría ser que “en algo andaban metidos”. Ya en una radio gubernamental anunciaron que en la discoteca vendían droga.

Hace como cinco años a mí me tocó hablar con los dueños de una discoteca, cuando se los llevaron presos porque andaban con dos mareros secuestrados en el carro y los iban a ir a matar allí por el puente de la Tubac. Juraría que eran los de El Ranchón, pero no estoy cien por ciento seguro.

Aún así, me cuesta creer que las 29 personas andaban metidas en algo.

No los estoy defendiendo, no los conozco, no me interesa si eran buenas personas extorsionadas por los malosos o peligrosos traficantes de la maldita cocaína. Lo que me intriga es por qué una masacre tan espantosa  no genera ni un murmullo en mi Facebook y apenas la mención obligatoria en los medios de comunicación.

Nadie se indignó, ni salieron a la calle con camisas blancas, ni exigieron la cabeza del ministro de gobernación ni nada por el estilo.  Y la respuesta fácil, sería acusar a todos los que ignoraron el tema y decirles que son unos racistas, unos clasistas cerotes y sacar a relucir que en Guatemala sólo cuando muere un rico importa.

Y podría decirles que, como los heridos y muertos son “choleros”, “shumos” o, como diría una mi cuata, “chatíos”, pues es normal que se vean envueltos en balaceras en bares, discotecas, prostíbulos y autobuses.

Pero creo que no es eso. Bueno, no sólo eso.  Es más que los que tienen control en los medios y por extensión, los que me bombardean en Facebook no se ven reflejados en ninguno de los 29 baleados de la discoteca de Villa Nueva.

Es parte del problema de Guatemala. En Guatemala son todos guatemaltecos pero la idea de qué significa ser guatemalteco varía tanto, dependiendo de a quién se le pregunte. Los guatemaltecos de la clase media y media-alta (los que podrían influir para que estas cosas cambien) se definen más por una identidad de clase, de origen racial y nacional y de relaciones sociales que por una identidad nacional.

Y de alguna forma, que una sociedad funcione depende de que miremos a los demás como nuestros iguales. Iguales de a deveras,  no iguales solo porque todos se hartan Tor-Trix o piensan que Arjona y Viñals son lo más de ahuevo que dios puso en la faz de la tierra.

Si los chapines no logran ver  igual a la niña que vendía dulces que a la  doctora en economía, si no valen lo mismo en términos de indignación  las 29 víctimas de la discoteca en Villa Nueva que cuando le pasa algo al cuate, al cuñado, al primo o al otro guatemalteco que también tiene un pasaporte del primer mundo, no se podrá buscar una sociedad que sea segura más allá de los condominios, que provea salud más allá de los seguros médicos privados para el que pueda pagarlos y la educación para quien tenga acceso a un colegio privado.

Sí, como dijo Juan Luis Font, los niños trabajadores en las fincas de caña de azúcar son parte del paisaje. Y las masacres en las discotecas no dejan de ser una anécdota en un país como Guatemala.

Una anécdota, una figura en el paisaje de este país donde las personas que tienen capacidad, el poder y la educación para cambiar las cosas, se dan cuenta que el cambio no es buen negocio.

Es cierto que con esto de la violencia, la inseguridad, el narcotráfico, la impunidad y todas esas cosas cada día sale más caro (no sólo en términos de dinero) vivir en Guatemala. Pero aún así, es más barato que pagar una cuarta parte del salario.


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