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Sin piel para más manchas

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Opinión
8 07 18

La reciente acusación de que el señor presidente Jimmy Morales ha abusado de varias mujeres aprovechándose de su alta investidura para hacerlas llegar a él y presionarlas personalmente o por interpósita persona para que satisfagan sus instintos sin oponer resistencia pondría a cualquier gobernante al borde de la cárcel y del repudio popular.

Pareciera que el gobernante, como mal lector de la Biblia, ha decidido imitar al rey David. Pero, en lugar de asesinar a cien fieros filisteos para conquistar a su amada, ha optado por imitarlo en el pasaje de Betsabé al enviar a sus subordinados a que le traigan a las mujeres que le parezcan atractivas, a quienes condiciona bajo amenazas a satisfacerlo sexualmente.

El asunto, a pesar de ser más que nauseabundo e insoportable, ha sido tratado por el presidente Morales con total displicencia e irresponsabilidad, tanto así que parece que confía extremadamente en que las amenazas y las presiones ejercidas en contra de las víctimas lo librarán de cualquier enjuiciamiento.

Sin embargo, ante una acusación como esta, su comportamiento resulta autoincriminatorio, pues, en lugar de denunciar ante un tribunal competente al columnista que abierta y reiteradamente ha hecho la acusación, ha optado por no darle importancia y ha afirmado que, si no hay denuncia de parte de las víctimas, la situación no merece su atención.

La impunidad parece ser su norma. Enceguecido por el poder, parece haberse propuesto disfrutarlo de todas las maneras posibles, sin importarle que con comportamientos como ese esté destruyendo a su propia familia. Claro, eso si suponemos que, como él ha reiterado, es miembro de una familia normal, en la cual a la pareja se la respeta y se le evita ser considerada una simple comparsa en los juegos del poder. Ejemplos de ello tenemos bastantes, siendo el último el de la complicidad de la esposa de Pérez Molina, quien para disfrutar del poder aceptó y hasta apañó las relaciones extramaritales de su militar esposo.

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Morales parece no ser diferente. Ve a las mujeres como simples objetos sexuales y está usando el poder para agredir y violentar a todas las que se le pongan enfrente. Goza, por lo que parece, de la complicidad de sus subalternos, pero lo más deleznable es que parece que también sus familiares forman parte de ese cuadro perverso en el que él y los suyos han convertido no solo al Estado, sino también a la institución presidencial.

Resulta lamentable que, en condiciones como las suyas, tenga que hacer uso de la coacción y la amenaza para satisfacerse, de modo que a la vez se convierte en rehén de sus cómplices y subalternos, quienes podrán chantajearlo de una y mil maneras para guardarle un secreto que ya no lo es tanto.

Lo más escabroso del asunto, sin embargo, es la manera como desde el Ministerio Público se trató el asunto. Hay ya afirmaciones de ex altos miembros de esa entidad respecto a que al menos una denuncia hubo, a la cual no se le dio seguimiento en la nueva administración.

El caso no solo debe horrorizarnos y quedarse en los medios. Es indispensable que, de existir efectivamente las víctimas, se les dé todo el apoyo público y social para que presenten las denuncias y se trate en todo momento de no hacerlas padecer más vejámenes que los hasta ahora sufridos. Como ciudadanos que somos, no podemos aceptar que las autoridades usen el cargo para obligar a otras personas a satisfacerlas contra su voluntad. Las puertas de la casa presidencial deben abrirse ya no para el abuso y la violación, sino para ofrecer a la ciudadanía información clara y convincente sobre tan escabroso asunto.

Uno bien quisiera pensar que todo lo que se dice es falso, pero, lamentablemente, el comportamiento del presidente no ayuda a tener esa confianza.

Como ciudadanos que somos, no podemos aceptar que las autoridades usen el cargo para obligar a otras personas a satisfacerlas contra su voluntad.
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