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Lo sacro y el candado de la imaginación
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Lo sacro y el candado de la imaginación

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Tipo de Nota: 
Opinión
21 03 18

A veces da penita admitirse chapín, viéndonos tan infantiles.

Como ante la mojigatería religiosa y el oportunismo corrupto que reaccionaron a la marcha de la Poderosa Vulva. Nos deja tan mal parados esa absurda indignación, aun si no hubiera quien celebre un pene metálico en plena festividad religiosa.

No es que la marcha fuera de mal gusto. Apenas sería una más entre tanta cosa fea. Como el mobiliario de Manuel Baldizón o un Mickey Mouse gigante. O el aspecto del fiambre: delicioso, pero que igual parece un nido de lombrices.

Algo delata ya el oportunismo de los diputados que aprovecharon para atacar al procurador de los derechos humanos. Aunque el pelo engominado de alguno también calificaría para la lista de cosas de mal gusto, esos chambones harán mal con cualquier excusa.

Más bien reflexionemos sobre el problema de lo sacro. Lo he comentado antes: la fortaleza de los humanos, dicen académicos desde Goffman hasta Harari, es que contamos historias que luego creemos entre todos. A diferencia de los mudos y escépticos animales, al contar y creer cuentos podemos ponernos de acuerdo desde cien gentes hasta millones.

Tenemos historias de todo tipo: de vírgenes y ángeles, como en el cristianismo. De derechos humanos y deberes ciudadanos, como en el Occidente moderno. Sobre la utilidad en la economía clásica y la eficiencia en la administración de empresas. Porque dioses y derechos, autoridad gerencial y valor del dinero, todos, son quimeras que, al creer en ellas juntos, hacemos más eficaces que si existieran concretamente ante nuestros ojos.

Pero no todo cuento es igual ni tampoco todo cuentista. La mayoría de las historias enumeran razones y dan consecuencias: «había una vez una patria y por eso morirás por ella», «había una vez un derecho y por eso dejarás al otro decir lo que piensa». La mayoría se creen mientras las contamos y se cuentan mientras creamos en ellas. Así, hasta el cuento de Otto Pérez el presidente, en el cual comenzamos a creer en 2012, igual dejó de creerse abruptamente en 2015. Algo así como la Caperucita Roja, pero sin lobo.

Sin embargo, algunas historias son más arteras. Abren la mente e introducen una explicación, pero luego ponen candado y entregan la llave a alguien más. «Había una vez una virgen que tuvo un hijo, y arderás para siempre si dudas de mi ocurrencia». «Había una vez un libro que tenía toda la verdad, y ni preguntes cómo lo escribieron». Son como la historia de Santa Claus: «había una vez un gordo, y si no te vas a dormir te quedarás sin regalo». Pero, mientras a este cuento los papás le quitan llave alrededor de los siete años de edad de sus hijos, aquellos pueden tener candado toda la vida.

Toda cultura tiene tales historias con llave. Cubren aquello que llamamos lo sacro. Lo interesante es que, aunque todo cuento exige nuestra complicidad en creerlo (para esto sirve la educación), con esas peculiares historias de lo sacro debemos esforzarnos, además, en entregar la llave. Solo el místico alucinante experimenta los milagros en su percepción. Para el resto, la fe es un esfuerzo. Tanto que primero hay que decir «a Dios rogando y con el mazo dando». Así no importa si falla el ruego, que igual se sigue creyendo. No se hace esfuerzo tanto por aceptar la historia recibida como por rechazar de la propia mente el escepticismo al respecto. Por eso el creyente se recrimina cuando reconoce que el milagro es improbable o francamente falso: «Tengo malos pensamientos». Por eso rechaza también con vehemencia el cuestionamiento ajeno. Tildar de hereje al que duda evita que la mente ponga a funcionar la razón crítica.

Lo peor es que, una vez entregada la llave de la mente a otro, queda regalada también la potestad de decidir cuándo aceptar o rechazar. Y el nuevo propietario hará lo necesario por conservar este poder. Por eso la Alianza Evangélica se apura a execrar alegando que «dicha manifestación [...] abre la posibilidad de ataques a cualquier tipo de confesión de fe…».

Hacen tan obvio que el riesgo no es la ofensa a la fe, sino la pérdida de control sobre los fieles. Aquí está el problema para los líderes religiosos de toda pinta: que alguien quite la llave al carcelero de la imaginación de sus fieles, esos que acudirán gozosos, creyéndose guerreros en cruzada, pero que no son sino ánimas ingenuas que entregarán su firma al primer vivo que use la llave de su mente para consolidar aún más la corrupción que nos ahoga.

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