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En la foto hay una señora y la señora trapea los pasillos de un hospital –no cualquier hospital: es el Roosevelt– y parece trapear a medio camino entre distraída –como si fuera un día cualquiera– y resignada –como si fuera siempre lo mismo–.

En el suelo hay sangre: no sangre de pacientes operados, no algo de sangre, no salpicaduras; sangre –¿un litro?, ¿dos litros? ¿cinco?– arrastrada por todos lados. Una serie de pandilleros ha masacrado a siete personas y herido a doce más en un asalto para liberar a uno de los suyos, que había sido trasladado desde la prisión en que se encontraba al hospital, para un pequeño análisis. Y en el suelo hay sangre pero cada vez menos porque la señora la va limpiando con un hieratismo que no sabemos si es shock o parsimonia.

La foto la ha visto una editora de Plaza Pública y nos la ha descrito con un tono impresionado.

–Es que esa foto es Guatemala.

Luego ha añadido más o menos:

–Dejamos todo muy limpio y listo para esperar más sangre. Este es un país donde la sangre se riega, todo se ensucia y el drama florece. Pero en poco tiempo alguien saca el trapeador, limpia el piso y aquí no ha pasado nada. Estamos listos para esperar la próxima, volver a ver la sangre derramada y sacar el trapeador.

Es cierto: “todo muy limpio y listo para esperar más sangre”.

Y entonces Jimmy Morales y su trapeador: la intención de declararlo no grato y la declaración de no grato días después. A Iván Velásquez. O sea, de borrar la sangre con ese gesto tan suyo que consiste en fruncir el ceño trascendentalmente, quitar de en medio al que la vio, con ademán presidencial. A Iván Velásquez, y un poco también a la cruzada contra la corrupción –cruzada, porque a todos se nos va poniendo un poco un rictus de cruzados: “O ellos o nuestra causa”–.

Es decir: o ellos, o la limpieza.

Es simpático que Jimmy Morales intentando trapear los restos de sangre sea el antónimo de la limpieza. Jimmy: cuando decimos Jimmy no pensemos solo en Morales, sino en todo un sistema mafioso, legal e ilegal y paralegal, henchido de institucionalismo y orgullo patrio, armado con cientos de trapeadores, miles de trapeadores, millones de trapeadores, y también curules, amicus curiae, videos en facebook. En el Taquero diciendo que #IvánSeLarga, en Otto Pérez declarando que Velásquez debe irse, en la vieja oligarquía y sus embajadores, y en todos los demás que no dan la cara porque aún no han sido iluminados sus delitos.

No es fácil borrar el rastro que deja en las manos el delito, la sangre real o figurada.
Blood will have blood.
La sangre delatará a la sangre.

No podemos dudar de que de eso se trata. De sacar a Velásquez del país para que se olvide la sangre; a Velásquez y también un poco la lucha contra la corrupción. La sucesión de hechos lo ratifica. No solo querían expulsarlo: querían cambiar el modelo. El de la Cicig. No era la persona: era también la institución. Que se distrajera de lo que hace, que se ocupara del crimen organizado, del narcotráfico, de las pandillas, es decir, de la brutal sangre del Roosevelt. Otros que querían pena de muerte. Sumaria, muchos. Esa forma de limpieza que llaman “ejecución extrajudicial”, ese sucio asesinato. Memes que rogaban el retorno de Sperisen no porque lo consideren inocente de haber ejecutado presos, sino precisamente porque lo consideran responsable, y por lo tanto una forma de solución. Les impresionó, se supone, la sangre del Roosevelt, su efecto en las fotografías, la idea de que siempre brotará de nuevo una vez que se haya ido la señora que limpia. Pero sin preguntarse por qué la sangre brota siempre de nuevo o nunca se borra aquí, como un remordimiento o como el recuerdo de un crimen, mientras no se hace justicia.

Y es porque es el recuerdo de un crimen, o de muchos: pero uno de ellos es el de la corrupción. Hay tanta sangre, entre otras causas, porque hay tanta corrupción.

No esa corrupción que no abandona nunca la boca del embajador Robinson, no esa visión instrumental y muy limitada del fenómeno, esa corrupción básica de los administradores que se limita a describir generalmente transacciones ilegales entre un servidor civil o un funcionario y un particular. No esa relacionada estrictamente con la violación de los deberes de la función pública. No esa, ni tampoco la incorruptible idea religiosa de la corrupción.

Una noción distinta, moral y sociológica.

Velásquez dijo una vez que la corrupción es el motor del sistema, o su lubricante. Algo sin lo que el sistema no funciona.

Va aun más lejos: es su fundamento, su origen y su forma. Parece una paradoja: no lo es. La corrupción constituye el sistema. Por eso una buena parte de ella, quién sabe si la mayoritaria, es la legal: la blanqueada, la que está incardinada en la ley: los puestos destinados al sector privado en instituciones públicas que deben regularlos, el diseño de las leyes y de las políticas públicas en función de intereses minoritarios, los vetos tributarios, la ininteligible maraña normativa que es lo contrario de la certeza jurídica: tiene mayores facilidades el abogado más astuto, quizá el más caro; la información privilegiada; las puertas giratorias; la secretividad del pago de impuestos ante la administración misma, salvo la SAT; o que el Ejército lograra cifrar en la Constitución como no vinculantes las resoluciones del Procurador de los Derechos Humanos (aquí, un aplauso inaugural a Jordán Rodas, por su valiente firmeza de estos días).

Esa forma de corrupción legal o alegal que vemos como parte del paisaje, como un árbol, como una casa en ruinas, como un cuerpo que obstaculiza el tráfico, como sangre antigua y reseca que parece pintura en el suelo y es así y es natural: el producto del crimen fundacional: “así somos”.

Nos asusta la sangre líquida, fresca. La que fluye, no la que nos funda.

Ya ven: todo es polisémico, y juegan con la confusión. Quieren convertir en un acto de justicia lo que no es más que una arbitrariedad monárquica del presidente para salvar su pellejo y el de otros. Quieren convertir en una defensa de las instituciones lo que días antes era un viaje a Nueva York para desvirtuar una institución y su modelo. Quieren convertir en una defensa de la soberanía lo que es una defensa de la delincuencia de cuello blanco. Hablan de estado de Derecho para defender su derecho a la imposición, el imperio de sus propias leyes, reglas e instituciones: las que han excluido al ¿60?, ¿70?, ¿80? por ciento de la población.

No es gratuito que en su video el jefe de bancada de FCN-Nación mezcle cómo la CC ha prohibido al presidente expulsar a Velásquez y cómo ha fallado a veces en contra de proyectos mineros e hidroeléctricos: el mismo Morales lo utilizó de ejemplo de cómo en este país no se puede hacer nada en una de las reuniones en las que sugirió que el principal obstáculo era el jefe de la Comisión. ¿Lo vamos viendo? Por eso mismo no le dio el beneplácito a Anders Kompass, uno de los diplomáticos más honestos que han pasado por Guatemala, capaz de delatar la hipocresía ante la violación sexual de menores en el propio lugar en el que trabajaba: la Organización de Naciones Unidas. Era una decisión contra Kompass, pero sobre todo contra la embajada de Suecia y su apoyo a las comunidades indígenas. Mensajes contra personas que son mensajes contra instituciones y proyectos. Así leen los espacios diplomáticos el gobierno y las élites. ¿Lo vemos ya? Cuando las comunidades indígenas pedían que se aplicara la consulta como ordenaba el convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo tuvieron que pasar décadas para ver un fallo de las cortes en esa dirección. Ahora que las élites propietarias piden un reglamento, el Gobierno se cuadra. ¿Aún no lo vemos? No, no, esa mezcla discursiva no es gratuita como no lo fue el llamado de Zury Ríos y sus corifeos a los empresarios durante el juicio a Efraín Ríos Montt en 2013: “Lo están dejando solo. Sepan que después van ustedes”.

El presidente Morales giró el pomo de la puerta sin calcular que al otro lado acechaba la crisis de sistema; la Corte de Constitucionalidad (CC) nos devolvió (¿momentáneamente?) a la dimensión de crisis de Gobierno. Pero de fondo se oye el rumor de otra conversación aún más importante. Miembros de las élites capitalinas hablan de un pacto de élites mientras organizaciones sociales del resto del país acarician la idea de una asamblea plurinacional constituyente. La comunicación entre ambos mundos parece radicalmente rota. Pero esto es cada vez más obvio: el papel de la Cicig y el MP, con toda su profundidad, preludia pero es accesorio a lo que necesitamos como mínimo: una reconstrucción, nuevos cimientos, una nueva Transición en la que la sangre del Roosevelt no sea sangre de una masacre, la señora que trapea el piso deje de ser un símbolo o una metáfora, y “limpieza” signifique “pulcritud” y “justicia” en lugar de “ocultación”.

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