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La ruta de la supernova
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La ruta de la supernova

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Opinión
19 09 18

Al envejecer y perder combustible nuclear, las estrellas paulatinamente se comprimen y condensan toda su masa en un espacio cada vez más pequeño.

Nuestro Sol eventualmente terminará como enana blanca, un tipo de estrellas decadentes cuya masa se concentra tanto que una cucharadita de material pesaría miles de libras. Su fin puede ser aparatoso. Al absorber a una estrella vecina, la enana blanca se torna inestable y estalla como supernova. Este evento de luminosidad espectacular opaca galaxias completas durante su breve existencia.

Lo extraordinario es que el violento fin de una supernova es fundamental para el universo que habitamos. Las estrellas son sobre todo hidrógeno y helio, los elementos más ligeros de la naturaleza. Pero las supernovas producen elementos pesados —carbono y hierro, por ejemplo— de los que están hechos los planetas y, por ello, nosotros mismos. No existiría nuestro mundo maravilloso sin la destrucción que sufren las supernovas.

Sin embargo, no escribo aquí sobre ciencia. Para eso lea a Enrique Pazos, que lo hace mejor. Pero el símil entre política nacional y muerte estelar ayuda a la reflexión. Porque lo visto en la última semana es un súbito compactar del Estado. Ya sabemos que Guatemala tiene dificultad para controlar su territorio completo. Hace rato que cedió soberanía en las fronteras y las aguas territoriales, donde narcotraficantes y migrantes fluyen como por arena porosa. Ni el Ejército ni las instituciones civiles lo controlan todo allí. Menos aún sirven bien a los ciudadanos.

Aun así, lo de estos días es inédito porque muestra la condensación de una enana política precipitada por Jimmy Morales. Los límites del Estado criollo —fundado en 1821 y declarado liberal a partir de 1871— se colapsaron y compactaron tanto que no alcanzaron más allá de algunas cuadras del Palacio Nacional y unas pocas calles del desfile militar y de sus remedos escolares.

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Lo llamativo no es que bastara con un millar de manifestantes alrededor de la plaza central para agriar el discurso anodino del presidente o con que la Corte de Constitucionalidad le enmendara la plana otra vez respecto a la Cicig. Lo novedoso es que Morales tuvo que empacar toda la maquinaria militar y policial en el espacio demarcado por unas cuantas barreras metálicas para dar impresión de normalidad allí dentro. En Quetzaltenango, por ejemplo, Morales abdicó por completo de convencer a la ciudadanía de su legitimidad. Igual en mucho del país: perdió toda capacidad para persuadir mentes, comprometer corazones y alinear conductas ciudadanas en torno al recuerdo de los 197 años de deslustrada independencia.

Tuvo razón Morales en su discurso al afirmar que «ningún Estado ni organismo internacional puede socavar [la] soberanía». Pero solo cuando ese Estado termina apenas donde les alcanza la vista a él y a sus deplorables satélites, como Degenhart y Jovel. Se puede tener control total si se meten suficientes soldados y policías en un pequeñísimo espacio rodeado de vallas metálicas y a eso se le llama Guatemala. Cuando se acepta gobernar entre sillas vacías. Pero nada más. Los «malos guatemaltecos» de Morales somos todos los que no estamos allí adentro, los que no obtuvimos el pasaporte de una vergonzosa revisión de seguridad contra niños. Hay ahora una República de Guatemala, una ciudad de Guatemala de la Asunción y, dentro de esta, una atrincherada Guatemala de la corrupción. Morales es presidente indiscutible y soberano de esta república canija. Pero solo de ella.

Lo importante es qué pasará ahora. Por increíble que parezca, el régimen de Morales puede ser como las enanas rojas, estrellas apagadas que encuentran suficiente estabilidad para persistir hasta el fin de los tiempos. Aún hay quien apuesta a este resultado mientras cruza los dedos por una «Cicig reformada», con todo y MP quietista y cortes ambiguas. A pesar de la insolencia del lunes.

Pero puede ser como una enana blanca, abrumada por la masa de su entorno, aquí por la acción de una ciudadanía harta. Puede estallar en una supernova democrática. En vez de la ligereza del discurso fraudulento y la alianza corrupta de los pocos, Morales puede ser la ocasión para transformarnos como sociedad, para que produzcamos los elementos pesados de un frente amplio y diverso, el compromiso con una Guatemala en la que quepamos todos. Sigamos tejiendo vínculos con tal de inaugurar el tercer centenario de vida independiente de esa forma. Hasta vale amanecer con Morales un día más con tal de no tener nunca otro como él.

Se puede tener control total si se meten suficientes soldados y policías en un pequeñísimo espacio rodeado de vallas metálicas y a eso se le llama Guatemala.
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