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La derecha, la izquierda y los comunes
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La derecha, la izquierda y los comunes

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Tipo de Nota: 
Opinión
8 03 18

No necesitamos políticos para transformar la realidad. Necesitamos comunidad.

Nuestra cultura de corrupción se ha extendido desde el ámbito económico hasta todo el espacio político tradicional e incluso ha alcanzado a la mayoría de los actores emergentes. En un instante de distracción, quienes fueron llamados a cumplir un hermoso rol social —ser agentes de cambio y portadores de buenas nuevas— fueron consumidos por intereses opacos. Aquellos jóvenes idealistas que fundaron organizaciones como Somos, Semilla y Justicia Ya —me consta— empezaron con una mente y un corazón abiertos a esas utopías que —como dice Galeano— nos hacen seguir caminando y creyendo que todo es posible. Pero, ahora que tienen patrocinios y salen en las fotos, han dejado encomendada la conciencia en las manos del mejor postor. Las mismas personas que despotrican en contra de un personaje tan problemático como Rodrigo Polo fueron las que lo crearon. La doble moral y el tufo a santidad de aquellos le proveyeron las herramientas a este programador para «meterse con todos». Ahora surgen nuevas organizaciones alineadas a esta gran convergencia impoluta, que en realidad replica los vicios de exclusión de sus adversarios politiqueros. Léase, principalmente, La Cantina y la AEU reloaded.

Entonces, procurar cambios reales desde allí resulta estéril hoy, pues no solo se ha desnaturalizado el espacio en sí mismo, sino que se encuentra desbordado de hipócritas que se autoproclaman héroes de la anticorrupción estando ellos mismos torcidos desde el alma. Critican a los netcenters desde sus netcenters. Hablan de nueva política sin desafiar las actitudes tradicionales. Se dicen humanistas sin ideologías ni agendas, pero sirven a la maquinaria hegemónica. Abanderan la democracia pidiendo permisos en Estados Unidos. Y hablan de igualdad de género, pero nutren una confrontación entre géneros.

Lo que olvidaron casi todos ellos —hay excepciones notables— es que los espacios de influencia no son la meta, sino que están puestos allí para procurar representar los intereses de todos los ciudadanos y grupos sociales del país, así como de la madre naturaleza.

Se esperaría que dignificaran su rol.

Ideología y acción política

No me considero de derechas. Hasta ahora no me han persuadido. Pero la única izquierda que se ha organizado en Guatemala con un mínimo de honradez y de representatividad popular viene del campo. Y, por supuesto, hombres y mujeres autónomas y no alineados, aunque mayoritariamente desarticulados.

Si bien es cierto que las izquierdas están mejor equipadas para analizar la realidad concreta que las derechas —sobresaturadas de mitología—, ni unas ni otras se han demostrado capaces de promover salidas culturales, económicas y sociales viables a las urgencias de los grupos más desprovistos de insumos. Hablo de esa notoria incapacidad práctica de avanzar sin sacrificar los mínimos democráticos. Por eso cualquier opción neoliberal es irracional, pues de allí vienen casi todos nuestros problemas ecológicos y sociales actuales. Adherirnos al Frente Ciudadano contra la Corrupción nos llevaría por allí, a más neoliberalismo a la Pollo Campero.

No se trata de ganar los debates. No se puede. O ganamos todos, o perdemos todos.

Los comunes

Dado que nosotros los ciudadanos hemos demostrado no ser capaces de discernir entre profetas y falsos profetas, entre bien común e intereses especiales, creo que debemos fortalecer nuestras capacidades críticas de sentir y pensar para cumplir nuestro papel cívico con excelencia. Los iluminados pretenden imponer soluciones desde arriba, debatiéndose entre la supremacía de la mano invisible del mercado o la mano visible del Estado. ¿Y quién por edificar comunidad ladrillo a ladrillo, desde abajo?

Lo cierto es que los mercados y los bienes sociales no son enemigos. Son como el yin y el yang: se complementan. Pero ambos resultan vacíos si no han sido articulados en torno a los comunes (the commons): la familia y los espacios públicos vitales como el vecindario, las plazas, los huertos, los parques y las bibliotecas. Por eso no tiene sentido alguno esperar a que las soluciones a nuestros problemas nos caigan de un cielo atormentado.

Debemos estar preparados para crearlas nosotros mismos.

Yo tengo una idea: he decidido donar mi colección de libros, cómics y novelas gráficas con el fin de establecer una nueva biblioteca pública, moderna y actualizada. Un espacio común para la gente común.

Todos los detalles, el lunes 19 de marzo en esta misma casa.

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