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Opinión
2 05 18

En los últimos días ha habido un tráfico inusual en las redes sociales motivado por la muerte de Álvaro Arzú. Hay de todo, por supuesto: los que están a favor y los que están en contra, los apasionados y los que tratan de enfriar la cabeza para tomar perspectiva, las miradas jóvenes (aunque no siempre frescas) y las sentencias de ciudadanos que sienten ya haberlo visto todo de todo.

Es normal que así sea cuando desaparece de manera inesperada un actor tan pesado y activo en la vida política nacional. Lo que no es normal, o al menos no debería serlo, es que a más de 30 años de vivir en democracia sigamos viviendo en un país sin una base de conocimiento de su historia reciente. Simplemente no hay, o hay muy poco, material reposado, decantado, reflexionado, que ayude a dar referentes y argumentos a la población.

Ese sí que es un vacío fundamental que mantenemos y que en buena medida explica el tan pobre diálogo y las tan pobres discusiones sobre tantos temas esenciales. Por lo mismo, en ausencia de referencias más estructuradas, entonces apelamos a emociones y frases inflamadas. Peor aún, estos días algunos paisanos cibernautas están incluso dispuestos a agarrarse poco menos que a trompadas o a mentarle la madre al primero que los contradiga.

Así pues, no contar con referencias más estructuradas nos genera dos problemas. En primer lugar, la anécdota pasa a ser el vehículo principal para transmitir nuestra historia reciente. Y no hay que olvidar que la anécdota es el salvoconducto, la válvula de escape, que los pueblos usamos cuando nos imponen el silencio. Pero la anécdota produce una visión por lo general borrosa de los hechos y de los sujetos. Y en segundo lugar, al no contar con referencias más estructuradas de nuestro pasado, somos incapaces de separar a la persona del funcionario. Somos inútiles para aislar al funcionario del proceso y contexto político en el que este opera.

Llenar este vacío, que en buena parte se explica por tanto años de echarnos bala y machete unos a otros, debería volverse una cruzada nacional. Hay que invertir en documentar nuestro pasado reciente no para honrar memorias, sino para heredar evidencia de procesos y de decisiones a las generaciones más jóvenes. Para que entiendan la complejidad del país que habitan y puedan pensar en mejores soluciones. O cuando menos para que dejemos de repetir en las escuelas mitos simplones como que el pecho rojo del quetzal es por la sangre de Tecún Umán o que a monseñor Gerardi lo mató un perro llamado Balú.

Como bien nos recuerda el historiador John Lukacs en su ensayo El futuro de la historia, «hay, por desgracia, muchas evidencias de cómo, en esta era de explosión de las comunicaciones, la ignorancia de la historia ha afectado las decisiones de los gobiernos nacionales y de sus representantes elegidos. Multa stultitia regnat mundus (cuánta estupidez se cierne sobre el mundo)». Eso es verdad. Pero también es verdad que está en nuestras manos y es nuestra obligación ciudadana tratar de contener toda esa estupidez.

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