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Escepticismo

"Mire, dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Tanto uno como otro lo tienen muy difícil para implementar sus programas electorales, si es que realmente quisieran cumplirlos".
"No tenemos a quien votar pero hay que cumplir con la democracia".
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En Los Arcos de la zona 14, en la Plaza de la Constitución, y en el barrio El Gallito, tan diferentes en casi todo, prevalece un sentimiento entre los votantes: el escepticismo ante el futuro, ante el próximo gobierno.

Amanece domingo de fiesta, soleado y electoral en el Centro de Votación de Los Arcos, una de las zonas más exclusivas de la capital de Guatemala. Un conjunto de músicos acompañan con marimba a media voz, como si de un hilo musical se tratase, a las familias que se encuentran y se saludan antes de ejercer su derecho al voto.En este lugar, empleadas domésticas de uniforme y guardaespaldas forman parte de la normalidad del ambiente, tan distendido y acogedor como escasamente representativo de la realidad guatemalteca.

Alejandro Cid, estudiante de agronomía de 25 años, es voluntario del Tribunal Supremo Electoral y charla distendidamente con los guardaespaldas de alguien que vota.

–Mire –le digo –le estoy haciendo la misma pregunta a todo el mundo. Las respuestas no serán representativas, pero me puede la curiosidad. ¿Cree usted que, independientemente de que gane uno u otro, Guatemala vivirá un cambio a partir de enero de 2012?

–No.

–¿Por qué?

–La normativa electoral de este país se viola sistemáticamente. Hay un límite de gasto en campaña electoral que no se cumple. Aquí se gasta muchísimo dinero durante una campaña larguísima. Eso obliga a que los partidos se comprometan con demasiada gente. Con personas que no están necesariamente cargadas de buenas intenciones. La financiación de campañas es una inversión. Toda inversión necesita de un retorno, de una devolución con intereses. 

–¿Eso impide el cambio político?

–Gane quien gane e incluso con las mejores elecciones, los candidatos están atados por sus deudas y compromisos. Mientras eso no cambie, Guatemala seguirá igual con uno u otro Presidente.

Juan Antonio es un abogado retirado de edad avanzada que se suma a la conversación:

–Mire, dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Tanto uno como otro lo tienen muy difícil para implementar sus programas electorales, si es que realmente quisieran cumplirlos. El país está hundido, las arcas vacías y las propuestas que presentan carecen de fundamento e instrumentos para hacerse cumplir. El mundo de las promesas incumplidas. Esa es la mejor definición de lo que nos espera para el año que viene.

No todos los votantes salen imbuidos de esa lógica de limitarse a votar por el menos malo de los candidatos. Alguna ha encontrado una solución más allá de lo humano. La mujer, hipermaquillada y enjoyada que se niega ostensiblemente a dar su nombre pero que quiere, con vehemencia, que su opinión sea escuchada, introduce un factor más determinista que los anteriores entrevistados.

–El único en quien yo confío es en Dios, que sabrá darle sabiduría a quien gane. Él es el único que puede juzgar las acciones de nuestros gobernantes, que son responsables ante el Altísimo.

–Y ante el pueblo, ¿verdad?

–Yo no confío en el pueblo. Quizás no deberían ni siquiera preguntarnos.

Matizando, siempre con racionalidad, llega el optimismo. Mario y María, que no conocen aquella película de Ettore Scola que se llama como ellos y hablaba de sueños de transformación social rotos en la convulsa Italia de los setenta, creen que el cambio será, definitivamente, a mejor.

–A mejor. El cambio será positivo –dice él.

–¿Independientemente de que desean que su candidato gane y, por supuesto, confían en él?

–Sí, porque es imposible seguir igual. La situación es insostenible. No puedo imaginarme (no quiero) que el país continúe así –matiza ella que, anclada en el optimismo continúa: –la ciudadanía cada vez es más consciente de su poder, de su capacidad de incidir, de controlar y obligar a la política a actuar de manera correcta.

Paulina López, administradora de empresa, es una votante joven que se acerca a las urnas por segunda vez en su vida. Su opinión refuerza el escepticismo generalizado.

–No puede darse un cambio significativo en el país, sólo cambios marginales, puro maquillaje. El país debe cambiar desde dentro y desde cada uno de nosotros. Los políticos sólo pueden aliviar los síntomas, si lo intentan, pero nunca la profundidad de los problemas que nos afectan. Corrupción, pobreza y narcotráfico. Uno, definitivamente porque no tendrá ningún interés en hacerlo y el otro porque aunque quisiera, no puede. Guatemala no puede cambiar desde arriba.

Alejandro Rivera, de 41 años, que se define a sí mismo como "investigador" se acerca y me dice:

–Mire mi gorra –mientras se la quita para mostrármela, aunque no sea necesario. "Oficial de narcóticos" es lo que pone.– Ese es mi mensaje para el día de las elecciones. El problema es el narcotráfico. Yo comencé a realizar una investigación sobre el corporativismo en el país, la relación entre poder económico y poder político y terminé comprendiendo que mientras los financiadores del poder no cambien, éste no cambiará. Ningún presidente podrá salirse del raíl marcado por el poder económico. Mi mensaje es claro. Nadie podrá salirse de lo que dicte el poder real, el del narcotráfico, que a través de su lavado de dinero y su financiación de la política, es quien manda realmente en este país, como en otros de la región.

Lejos de Los Arcos y el bienestar de la zona 10 capitalina, el Parque Central luce tan bullicioso como cualquier domingo sin lluvia. Allí, Calixto, un joven de 19 años que ha votado por primera vez hace un par de horas también tiene una opinión, coincidente con la de la dama maquillada de Los Arcos.

–Ningún presidente puede cambiar nada si no está postrado ante Dios y si nosotros los guatemaltecos, no seguimos las enseñanzas de la Biblia.

–Y desde un punto de vista más terrenal, ¿no cree entonces que nada pueda cambiar tras unas elecciones?

–Sólo Dios, y Dios primero regirá nuestra vida.

Un viandante escucha la conversación, cada vez más cerca, con prisas por intervenir. Se llama Manuel Paniagua y es logista.

–Nunca en mi vida he recibido nada que merezca la pena de ningún gobierno de este país –explica con acritud. Para mí las propuestas tangibles siempre han estado ausentes. Ahora alguien ha hecho una propuesta concreta que me afecta como trabajador y quizás me de algo más dé dinero a fin de año. No me lo creo. Pero al menos es algo, es tangible. Lo puedo comprender. Después de años ofreciendo palabras y conceptos, me la juego a que alguien me dé algo concreto pero con unas dudas importantes respecto a que cumpla su palabra.

Quizá la misma pregunta, recurrente, respecto a la posibilidad de cambio que puedan arrojar estas elecciones, muestre respuestas diferentes al otro extremo de la ciudad, al otro extremo de la sociedad.

La Colonia El Gallito, de la zona 3 es una de las zonas más marginadas de la capital. Con un cuartel del ejército a la puertas, allí grupos de hombres apaciblemente sentados en las esquinas controlan que nadie ajeno al barrio perturbe el orden impuesto. La discusión con el taxista ha sido compleja. El Gallito es ese lugar en el que nadie quiere entrar. En el que en cada calle hay adoquines y bloques de cemento perfectamente ordenados y listos para bloquear cualquier sorpresa que escape a su control. Representa la antítesis de Los Arcos y le sirve a Mario Díaz, el conductor, de 50 años, que sólo ha aceptado traerme hasta aquí doblando el precio de la carrera, el espejo de los males del país. Tiene sus propias respuestas.

"El único gobernante que ha bajado la delincuencia ha sido el General Ríos Montt. Este país es salvaje, con disparos, asaltos, muertos, cuerpos descuartizados por todas partes. Soy taxista y lo veo, ya nada me sorprende. Eso es salvaje. No debería ser así. Pues sólo con mano dura podrá resolverse. Sólo un General puede resolverlo. Si se resuelve el problema de seguridad que vivimos –Guatemala es más peligroso que muchos países en guerra– quizás el resto de problemas mejoren también".

Su confianza en el sistema es nula.

"Cada elección uno piensa que se ha equivocado, pero después de varias uno entiende que la equivocación es la clase política, son las elecciones en sí mismas. Un General es mucho más capaz de resolver el problema que cualquier civil.

–¿Y la seguridad es el único problema del país?

–Sé que hay otros problemas. Pobreza, hambre, etc... pero no me afectan, no interfieren en mi realidad, no son prioritarios para mí. Yo votaré y creeré en aquello que me afecte, como tiene que hacer cada uno. Preocuparse por lo suyo.

En el Centro de Votación que recibe la expresión electoral de las clases menos favorecidas, la música ya no es marimba. Toca cumbia. Y el volumen es bastante más estridente, aunque el ambiente es igual de tranquilo que en Los Arcos. Lo que coincide es la argumentación de quienes regresan de depositar su voto en las urnas. Uno de ellos, Carlos Cabrera, es estudiante de la Universidad de San Carlos y su confianza es mínima.

"Los dos candidatos”, dice, “están tirados a la perdición, uno ofrece sólo payasadas y el otro lleva ocho años ofreciendo la misma monserga. Promesas e hipótesis sin fundamento. No tienen ningún interés en nosotros. Sólo en los beneficios que ellos y los de su clase puedan obtener de ocupar el poder político. El país es lo último que les importa".

Velvet Coló coincide con él en lo fundamental: "Los dos son dos grandes corruptos. Ofrecen con tal de llegar al poder y no cumplen ni cumplirán con nada de lo que les dicen. El día que sean elegidos sólo hablarán con narcos y ricos. El resto estamos abandonados a la mano de Dios, el único que nos puede defender y en el que confiamos".

–¿Por qué ha votado entonces?

–Porque en la iglesia nos lo han pedido.

–¿Sólo por eso?

–Porque es una obligación cívica. No tenemos a quien votar pero hay que cumplir con la democracia.  

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