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Opinión
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A veces, muy pocas veces, hay que callar. Hay que callar y oír. Porque la historia ya fue contada antes. Fue contada mejor y no aprenderla trae grandes males.

«A las ovejas les encantó y, cuando se la aprendieron de memoria, la balaban una y otra vez, hasta cuando descansaban tendidas sobre el campo. Y su “¡Cuatro patas sí! ¡Dos pies no!” se oía por horas enteras, repetido incansablemente».

«Ni corrupto ni ladrón», repetían incansablemente.

«Si había algo de lo que estaban completamente seguros los animales era de no querer la vuelta de Jones».

A Baldizón no le tocaba. A Sandra Torres no le tocaba. No los queríamos de vuelta.

«Se decidió, sin discusión alguna, que la leche y las manzanas caídas de los árboles [...] debían reservarse para los cerdos en exclusiva».

«Gracias, Ejército», escribían obsequiosos en 2016. «Gracias, Ejército de Guatemala», seguían coreando lisonjeros en 2018.

«Las ovejas adquirieron la costumbre de balar “¡Cuatro patas sí! ¡Dos pies no!” en cualquier momento, interrumpiendo con ello la Reunión».

Miles de ciudadanos marcharon por la avenida de la Reforma para celebrar a Israel, interrumpiendo más que el tránsito. Creyentes y crédulos por igual terminaron su cita en el campo Marte.

«Al principio nadie pudo imaginarse de dónde procedían aquellas bestias, pero eran los cachorros que Napoleón había quitado a sus madres y criado en secuestro. Eran unos perros inmensos y fieros como lobos. Y se observó que meneaban la cola como los otros perros acostumbraban hacerlo con el señor Jones».

Durante la guerra, con el infame cupo, reclutaban a la fuerza. Jóvenes indígenas desaparecieron de las comunidades rurales para ser devueltos como soldados insensibles. Hoy bastan la pobreza y la falta de empleo para derivarlos hacia la soldadesca, hacia alguna de las oscuras empresas de seguridad privada.

«Parecía como si la granja se hubiera enriquecido sin enriquecer a los animales mismos, exceptuando, naturalmente, los cerdos y los perros. Tal vez eso se debía en parte al hecho de haber tantos cerdos y tantos perros».

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Crece, crece, ¡crece! el presupuesto militar mientras los deudos escarban la tierra con las uñas para encontrar a sus muertos soterrados por el volcán, mientras las escuelas son montañas de pupitres rotos y los hospitales poco más que lazaretos abandonados.

«Era un cerdo caminando sobre sus patas traseras. Un poco torpemente, como si no estuviera totalmente acostumbrado a sostener su gran volumen en aquella posición, pero con perfecto equilibrio. [...] Finalmente se oyó un tremendo ladrido de los perros y un agudo cacareo del gallo negro y apareció Napoleón en persona, erguido majestuosamente, lanzando miradas arrogantes hacia uno y otro lado y con los perros brincando alrededor. Llevaba un látigo en la mano».

A veces deberían sobrar las palabras, pero el asunto es demasiado importante como para callar y podríamos terminar como las bestias mudas en la granja de Orwell. Terminar mudos, perplejos sin saber cuál es el hombre y cuál el cerdo. Perplejos tratando de distinguir al que saluda profesional del que se disfraza. Sin distinguir al idiota del sagaz. Idiotas sin notar que hay quien no usa el verde. Sin usar nuestra voz civil, nuestra voz ciudadana.

A veces deberían sobrar las palabras, pero el asunto es demasiado importante como para callar.
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