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El último feudo y la muerte de Arzú
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El último feudo y la muerte de Arzú

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Tipo de Nota: 
Opinión
1 05 18

El último feudo no existió en la Edad Media ni en Europa. Se trasladó, en una suerte de subjetividad del espacio-tiempo, como diría Kant, a un país surrealista en el centro de las Américas, al territorio que fue una capitanía general hace 200 años, hoy conocido como Guatemala.

En ese último feudo, una suerte de castillo amurallado que está empezando a derrumbarse, todavía viven y conviven quienes, en pleno auge del más tremendo neoliberalismo global, llevan dentro de sí las contradicciones de sentir, pensar y actuar como se hacía hace más de 500 años y a la vez están imbuidos de una incuestionable avalancha tecnológica de vanguardia del siglo XXI (aun cuando sea importada, por supuesto).

Esta imagen es la que me figuro cuando observo la Guatemala que le dio el último adiós al alcalde Arzú. Por un lado (y hay que observar que son una incuestionable mayoría), están quienes lamentan y se conduelen por la muerte sorpresiva de quien fuera el político con mayor presencia y popularidad en los últimos 25 años al menos en la capital. Por otro lado, están quienes (aún son una minoría —eso sí, con cierta influencia académica o intelectual si se quiere—), de manera exacerbada, crítica y radical, cuestionan, denuncian, reclaman y gritan los verdaderos actos que llevó a cabo el alcalde Arzú (o que dejó de llevar a cabo) en torno a sus gestiones en la comuna y en la presidencia. Hay otro grupo, el menos numeroso, que reconoce los actos negativos del alcalde fallecido, pero que no considera oportuno, en momentos de duelo familiar, ser insensible ante la muerte.

Entonces, a mi parecer, la cuestión fundamental que urge plantearnos es cuáles son las causas por las cuales se da esta polaridad pese a todos los esfuerzos por cambiar las condiciones políticas, sociales y económicas que se han dado al menos en las últimas décadas en nuestro país.

¿Por qué las grandes mayorías siguen manteniendo, pese al conflicto armado interno, pese a los estudios y avances en el campo de los derechos humanos, pese a la lucha contra la corrupción, una especie de ceguera ante las actuaciones de ciertos personajes como Arzú, por ejemplo? ¿Qué ideas de racismo, clasismo, machismo y demás ismos seguimos teniendo introyectadas hasta los tuétanos, que nos impulsan a aceptar como bueno o al menos indiferente lo que hacen algunos solo porque son rubios, blancos, ricos y poderosos? ¿Qué procesos de formación cívica, educativa y en valores nos falta aplicar para que aprendamos, sintamos y en consecuencia actuemos cuando se trate de evaluar las acciones de una figura pública?

Por lo visto estos días, nos falta un largo y extenso camino por recorrer.

Sin embargo, el hecho de que ya haya voces disidentes, voces que claman, voces que cuestionan y que lanzan diatribas, bien desde su exacerbada radicalidad, bien desde su más comedido pronunciamiento, nos dice que no todo está perdido, que al menos poco a poco se están socavando esos férreos muros medievales y coloniales donde el patrón, el señor, tenía su territorio para actuar, hasta hace poco, en la más rotunda impunidad.

Es cierto: no somos aún Fuenteovejuna. Pero tengo fe en que un día no tan lejano podamos ser ese pueblo, una sola voz, que lucha y clama por su libertad y sus derechos.

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