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Tipo de Nota: 
Opinión
18 07 18

El Movimiento Semilla está a menos de 2,500 adhesiones de solicitar su inscripción como partido político al Registro de Ciudadanos.

El 9 de julio, Semilla anunció tener la aprobación de 20,204 de las 22,700 adhesiones requeridas. No es poca cosa en un sistema construido para evitar que entren nuevos jugadores. Un sistema donde los únicos partidos políticos nuevos son refritos de marca para comerciantes de votos y donde los tránsfugas beneficiarios de la corrupción se resisten a soltar la teta fiscal que los ha mantenido por tanto tiempo. Así que lo celebro.

Sin embargo, desde el fondo del descreimiento chapín es fácil cuestionar. ¿Quién en su sano juicio se entusiasma con una iniciativa de organización política en Guatemala? Vea nomás la decepción tras la alegría de la plaza en 2015: caer en las manos de Jimmy Morales y su camarilla, que lograron que ni corrupto ni ladrón signifique exactamente lo opuesto a lo que dicen las palabras.

Apartando los rumores netcenteros, obvios plumazos de la mano de especialistas en desinformar, sí debemos preguntar qué garantiza que Semilla sea distinto.

Si quiere respuestas fáciles, lamento decepcionar. Nada garantiza que la cosa camine bien si usted no se involucra. Lo hemos visto antes: algunos comités políticos se incuban como hongos a oscuras. Eclosionan completos, con decenas de miles de miembros, junta directiva electa (encabezada —oh, casualidad— por algún caudillo de siempre) y millones de dólares en la mano. Mientras tanto, la gente que lidera la formación de Semilla se ha esmerado en contar golpe a golpe la batalla, pujido a pujido el parto que es hacer las cosas como Dios manda en un país de triquiñuelas. Esto se valora.

Ahora Semilla se apresta a convocar públicamente a realizar asambleas municipales y departamentales para organizar su liderazgo. En un sistema y con una cultura predicados en la trampa, esto es riesgoso. Siempre habrá algún mañoso con más dinero que patriotismo que quiera comprar votos de las bases para apropiarse del partido entero. No sería la primera vez en la vida partidaria nacional.

Para evitar desengaños, ayuda mucho la transparencia profesada por Semilla. Pero, para exigir esa transparencia, garantizar la democracia de las asambleas y evitar la desagradable sorpresa de que la junta directiva del eventual partido sea —una vez más— un grupo de caciques de siempre, ¡habrá que estar dentro!

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El contraste ayuda a apreciar lo que significa un partido abierto y accesible, ya que en este país no los conocemos. Entre 2004 y 2008 se organizó un grupo de militares descontentos: cada vez más la justicia coartaba sus desmanes corruptos a través del Ministerio Público y la Cicig. En ese momento usted y yo no lo sabíamos. En 2011 corrieron en las elecciones legislativas y no obtuvieron ni el 0.5 % del voto. Usted y yo seguíamos sin enterarnos. Luego vino el descaro de Pérez Molina, pero también la algarabía del 2015. Aquellos corruptos señores, con mucho que ganar si se hacían con el poder y poco que perder con evidenciarse, se lanzaron a las elecciones con Jimmy Morales como candidato. Encontraron el fantoche perfecto. Incluso recibieron dinero de empresarios, eternos enamorados de su propio interés y opinión. Y los votantes, que no sabían ni querían saber de dónde había salido el engendro político, lo hicieron presidente.

Lo demás son titulares. Esos mafiosos con nombre de partido consolidaron el pacto de corruptos en el Congreso. Ahora se apuran a desarmar la débil institucionalidad de Policía y Gobernación, que con tanto esfuerzo bajaron desde el 2008 la tasa de homicidios de la estratósfera en la que andaba. Y roban. Roban en ministerios y dependencias. Roban hasta en medio del rescate de las víctimas del volcán de Fuego. Aunque el Tribunal Supremo Electoral alcance al fin a suprimir esa pústula política, no se irán sin hacer daño. Este es el fruto y el precio de mantenernos al margen del ejercicio político.

Así que hoy usted y yo podemos y debemos seguir señalando, denunciando la corrupción. Pero hace falta más. El Movimiento Semilla es una invitación a involucrarnos en política con su liderazgo joven, su institucionalidad abierta, su ideario desarrollista y, sí, la gente que conozco por decente de toda la vida. ¿Es una apuesta segura? Lo dudo. Dependerá de lo que hagan —hagamos— quienes nos sumemos al esfuerzo. Si usted encuentra otra opción que no apueste a la oscuridad, enhorabuena. Pero, si lo que le digo lo entusiasma, no espere. Esos 2,500 ciudadanos cuentan hoy.

Hoy usted y yo podemos y debemos seguir señalando, denunciando la corrupción. Pero hace falta más.
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