Virginia Laparra, la única prisionera de Mariscal Zavala | Plaza Pública

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Virginia Laparra, la única prisionera de Mariscal Zavala

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Podcast

Virginia Laparra, la única prisionera de Mariscal Zavala

Desde su celda reflexiona sobre su vida y lo que la llevó, o más bien la empujó, a atreverse a desafiar el poder. Aunque encerrada, sigue en pie defendiendo su inocencia y la urgente necesidad de cambiar el país.

[Transcripción]

De todos los nombres que fueron parte de la lucha contra la impunidad, quizás el menos conocido era el de Virginia Laparra. Prefería no salir en las noticias pero una venganza la puso en los titulares y en la prisión. Desde su celda, en Mariscal Zavala, reflexiona sobre su vida y lo que la llevó, o más bien la empujó, a atreverse a desafiar el poder. Aunque en, sigue en pie defendiendo su inocencia y la urgente necesidad de cambiar el país.

Entre 2017 y 2020 ingresé varias veces a Mariscal Zavala para entrevistar a sus reclusos. Marlon Monroy, el narcotraficante que decía haber sido contactado para asesinar a Thelma Aldana, me atendió en medio de una fiesta familiar previo a ser deportado a Estados Unidos.

En otra ocasión, cuando pregunté por Gustavo Alejos, empresario acusado de comprar la elección de Cortes, un guardia me dijo que lo encontraría en “su oficina”, una carpa alejada de su celda, en la que tenía lo necesario para trabajar y recibir visitas.

Fiestas familiares y oficinas privadas en una prisión de alta seguridad. Ningún gobierno quiso quitar los privilegios en aquella cárcel que recibió a casi todos los políticos, empresarios, militares y narcotraficantes que CICIG y FECI denunciaron durante más de una década.

Alejada de los otros reclusos y de sus privilegios, está Virginia Laparra. Está ahí después del ocaso de CICIG, donde ella dirigía la única oficina regional de la FECI.

Al inicio, cuando incluso empresas como McDonald’s en Guatemala se sumaba a los paros nacionales en contra de la corrupción, aquello pintaba como el comienzo de una gran carrera como fiscal.  Pero, al momento de grabar este podcast, su futuro está detenido dentro de una celda de no más de 4 metros cuadrados. Los martes y sábados, días de visita, su horizonte se extiende un poco porque puede tener la puerta abierta. Para el resto de la semana toda la luz y ventilación de la celda depende de una minúscula ventana.

Ella no recibe gente “en su oficina” y organiza fiestas familiares en prisión.  Tampoco puede salir o caminar. Para ella hay muchos más controles, específicamente para ella y nadie más. Es como si la persona más peligrosa de la prisión no fueran los narcotraficantes, los militares o los políticos influyentes, sino una exfiscal que puso bajo la luz sobre las entrañas del poder. Vaya metáfora de la Guatemala postCICIG.

Coincidí con el padre de Virginia Laparra en la garita de registro. Estaba nervioso. Como siempre, rompimos el hielo hablando sobre el clima. ¿Usted ya ha venido antes?, me preguntó antes de contarme que era la primera vez que vería a su hija en prisión. La primera vez después de xxx días detenida.

No son suficientes las palabras para describir ese largo abrazo entre padre e hija. Los sollozos, la luz de la puerta abierta que ilumina la espalda del padre mientras su hija sigue envuelta en las sombras de la celda. Espero afuera. Necesitan tiempo.

El destino que no buscó

Unos 20 minutos después Virginia Laparra se acerca a la puerta y me saluda. Esboza una sonrisa y me ofrece asiento en un banquito plástico que está al lado de la cama. Detrás de ella queda una pared forrada con dibujos de sus hijas. Un “te amo mamá”, escrito con marcador amarillo, queda justo sobre su hombro.

Virgina Laparra es abogada al igual que su madre y sus hermanos.

[Yo creo que una buena parte de esa motivación que nosotros tuvimos para dedicarnos a la rama del Derecho viene de mi mamá. Vimos sus sacrificios, lo que ha estudiado, escuchamos lo que ella leía porque a veces lo hacía en voz alta. Al principio no era Derecho lo que yo tenía planificado estudiar].

[Recuerdo que para el día de mi cumpleaños mi mamá me regaló un traje. ¿Mira, tienes que buscar trabajo, no? Y eso fue lo que hice. Fui a buscar trabajo y pues a la semana tenía la alegre noticia de que ya tenía trabajo, pero tenía que tomar una decisión también. Yo quería seguir estudiando y solo Derecho me permitía trabajar].

La vida está compuesta de esos pequeños giros. Esos momentos en que las circunstancias nos cambian el camino planeado. Cuando Virginia Laparra revisita su pasado y recuerda esos momentos, ve al techo antes de responder, cómo si viera a todos esos puntos conectarse hasta llegar a este momento, dentro de la celda.

Así es como me cuenta el día en que conoció al excomisionado Iván Velásquez. Recuerda que estaba en su oficina, en Quetzaltenango, cuando le avisaron que tenía una visita. Ella se encontraba revisando expedientes y no prestó mucha atención.

[Ya cuando levanté la vista, pues el que estaba en mi puerta era el comisionado, el comisionado Iván Velázquez. Yo nunca en la vida había hablado antes con él y bueno, pues: ¿Comisionado, bienvenido? ¿Qué hace aquí, en qué le puedo servir?]

Según su relato, Velásquez le pidió que le explicara su trabajo y el funcionamiento de aquella oficina. Me lo dice sonriendo, como pocas veces sucederá a lo largo de la charla.

[Lo noté como pensativo, como quien ya no te está prestando atención porque lo que quiere es pasar al siguiente tema. Entonces le dije: “yo creo que mi discurso es aquí donde termina. La pregunta realmente es qué hace usted aquí”. Entonces él se empezó a reír. Me dijo que ellos habían llegado porque habían estado revisando expedientes e investigando sobre personas y que le había interesado el trabajo que yo había hecho en la carrera de fiscal, cómo me había desempeñado y que a él le gustaría que yo me fuera a trabajar a CICIG].

De nuevo esos momentos decisivos.

Laparra cuenta que desde que vió una convocatoria para trabajar en CICIG preparó su papelería pero aunque tenía todo listo, decidió no aplicar a la plaza. Ese día en que conoció a Iván Velásquez tampoco quiso entregarle su papelería. Prefería quedarse trabajando como fiscal que unirse a la comisión.

Aunque no aplicó. Volvieron a tocar a su puerta. Habían comenzando un proceso de selección y contaban con ella.

Finalmente y tras insistencia, aceptó que la aceptara en CICIG y FECI, . Recuerda que comenzaron a llegar las felicitaciones pero que algo dentro de ella seguía sin entender cómo, a pesar de todo, había terminado ahí. ¿Por qué, si nunca lo buscó? ¿Por qué si nunca estuvo segura de hacerlo?

Me recuerda al Jonás bíblico que se negaba a atender su misión pero que inevitablemente terminó atrapado en las entrañas de una ballena. Las referencias religiosas no le son ajenas a Laparra.

[Yo dije: Dios si es tu voluntad porque yo no lo busqué. Lo que yo sí hice durante todo el tiempo que trabajaba en el Ministerio Público es dar lo mejor de mí, porque es un trabajo que siempre me ha gustado, es un trabajo que de verdad me enamoró. Cuando yo me gradué tampoco pensaba ser penalista. Creo que terminé en el área penal porque ese era mi destino y lo amé].

Es difícil creer que una fiscal no quisiera unirse a la CICIG, la relevancia que el trabajo tenía y a las condiciones que ofrecía eran atractivas. Le pregunto ¿por qué no? y se abre un silencio. Laparra va a hablar y se detiene. Mira el techo de la celda otra vez. Retiene las lágrimas y se acomoda los lentes. Como quien sabe que hoy su vida podría ser otra, me dice despacio:

[Bueno, es que lo que pasa es que no va a durar para siempre, o sea, nosotros vamos a permanecer aquí. Trato de estudiar y de indagar un poco más para saber no lo que va a suceder, pero por lo menos tener un panorama de lo que podría pasar. Entonces el panorama era que las cosas se iban a poner difíciles, porque a muchas personas de poder no les iba a gustar nuestro trabajo. Ahora estoy viviendo en la cárcel].

Rasgarle las entrañas al poder

En octubre de 2016, Juan Francisco Sandoval inauguró la sede de CICIG-FECI en Quetzaltenango. La misma debía atender también los departamentos de Huehuetenango, San Marcos y Totonicapán.

[El Ministerio Público. Que no les quede la menor duda que la misma energía que hemos demostrado será la norma en esta agencia que con mucho orgullo pero con más compromiso, se abre hoy en esta bella ciudad de Quetzaltenango].

Todavía había optimismo en la lucha contra la impunidad. Apenas unos meses antes la FECI había dado un gran golpe al presentar el caso Cooptación del Estado que involucraba a políticos y grandes empresarios en el pago de más de Q500 millones en sobornos a cambio de contratos de obra pública.

Estaban tocando no solo los intereses del poder político sino también del poder económico. Por eso Laparra intuía que habría una respuesta y que esos poderes tarde o temprano reaccionaría. Y pese a todo, asumió el mando de aquella sede regional.

Se habla mucho de estos casos. De la forma en que se investigaron, el impacto que tuvieron o cómo el Ministerio Público de Consuelo Porras está intentando desacreditar esas mismas investigaciones. En cambio se habla poco de lo que pasa más allá de los tribunales, de la vida de las y los investigadores.

No podés salir todos los días a la hora en punto, llegar a casa y platicar tranquilamente con la familia o los amigos sobre el trabajo. Sobre este o el otro problema, sobre los pendientes en su agenda.

[Con mi familia grande, digamos papá, hermanos, yo nunca hablaba de ningún caso y era difícil porque son tantas cosas complejas pero eso se hablaba únicamente en la oficina y con nadie más nunca fuera de la oficina. Es difícil porque los expedientes son demasiado grandes, hay mucho que ver, hay mucho que estudiar porque se relaciona con muchas cosas. Es una cantidad increíble de documentos los que tienes que analizar. En algún momento dado me hizo sentirme sola. En alguna ocasión no llegué a mi propio cumpleaños].

Hace mucho tiempo un exfiscal me explicaba lo difícil que  era encontrar a alguien que quiera asumir los riesgos, que no quiera abusar de su poder, que logre mantenerse firme frente a las presiones y los intentos de soborno, que esté dispuesto a renunciar a una vida normal por una causa que puede parecer imposible.

Con las cartas de sus hijas pegadas a la pared de la celda, Laparra hace memoria para contarme cómo explicaba a sus hijas aquellas largas ausencias debido al trabajo:

[Les explicaba que yo trabajaba para una institución. Trataba de explicarles cómo se va viendo todo el gobierno, los organismos y todo eso. Entonces yo le decía: pues me toca buscar ahí y ver qué personas no hacen bien su trabajo y llevarlas a la justicia].

[Yo necesitaba que comprendieran porque te apareces a la 1 de la mañana y te levantas a las 3 para irte otra vez porque ya te toca irte de viaje, porque te toquen una audiencia, porque son allanamientos, porque cualquier cosa].

Y de casa, al trabajo. Laparra nunca fue una persona mediática. Por decisión propia, me cuenta, prefería remitir las solicitudes de entrevistas con Juan Francisco Sandoval y continuar trabajando en sus casos.

Esa decisión de no figurar, de no aparecer, la hacía sentir un poco más resguardada pero los tiempos cambiaron. No hay que adivinar mucho para saber cuál fue el momento del quiebre.

Un año después de la inauguración de la sede en Quetzaltenango, el entonces presidente Jimmy Morales declaraba non grato a Iván Velásquez.  Los cálculos políticos que hizo Laparra antes de unirse a FECI se estaban cumpliendo. Habían tocado tantos intereses y a tantas personas que los grupos de poder estaban respondiendo y pese a todo decidió no renunciar. Mantenerse. Seguir trabajando 5 años más.

[La primera vez que pensé que iba a enderezarse la venganza hacia mi persona fue cuando yo lo veo salir a él (Juan Francisco Sandoval). Y dije: bueno, puede ser que ahora se volteen hacia mí, pero habemos muchos más fiscales. Seguimos aquí. Entonces, pues habemos muchas más personas que hemos hecho nuestro trabajo. Tampoco es que solamente estuviera yo. Entonces tuve una esperanza, digamos en que su blanco no fuera yo. Me equivoqué. Eso fue como la cúspide de lo que yo le he llamado a mi vida, «lo intenté»].

La venganza

Los tiempos son otros. Del Ministerio Público que trabajaba por recuperar su credibilidad queda muy poco. La FECI que antes se enfocó en desarticular estructuras criminales, ahora es utilizada para vengarse de las y los fiscales que se atrevieron a intentar cambiar las bases de un Estado corrupto.

Muchos de los operadores de justicia que encabezaron aquellos esfuerzos están en el exilio. Otros y otras están en el país con casos abiertos pero, hasta el momento en que escribo y narro esta conversación, Virginia Laparra es la única exfiscal de FECI que guarda prisión.

¿De qué se le acusa? Intentaré explicarlo de forma rápida.

En 2017 Virginia Laparra acusó al juez de Quetzaltenango, Lesther Castellanos de filtrar información al abogado Omar Barrios; y de cometer otras malas prácticas judiciales.

Tanto el juez como el abogado respondieron asegurando que fue ella, Laparra, quien filtró documentos. En contra de la fiscal se abrieron dos causas por el mismo caso, una en Quetzaltenango y otra en Guatemala. El caso estuvo sin avances durante más de cuatro años.

En cuatro años los tiempos cambiaron tanto que Laparra pasó de explicar a sus hijas cómo investigaba estructuras criminales en el gobierno, a prepararlas ante el riesgo de que vieran a su mamá siendo capturada.

[Llega un punto donde pues, les expliqué a mis hijas que era un allanamiento, cómo debían comportarse, que deberían estar tranquilas, por si en el peor de los casos me llevaban delante de ellas].

Y llegó el día. Por una acusación menor, el Ministerio Público en vez de citarla a declarar, organizó un operativo para detenerla.

[Ese día yo nunca, nunca, nunca, salía temprano de la oficina pero ese día salí temprano porque iba a mi casa a traer mi equipaje para venirme a la capital para la audiencia del siguiente día. Cuando salgo, me subo al vehículo y cuando abren las puertas del portón, estaba ese montón de carros ya ahí acomodados, opuestos o cruzados en la calle].

[Entonces pues, el shock, un silencio total. Solamente era tratar de llamar a mi abogado y decirle: sucedió. Me van a detener. Es impresionante ver tu orden de aprehensión. Pasa por tu mente todo lo que hiciste durante todos esos años por el trabajo que te gustaba hacer].

Desde ese momento hasta ahora que cuento su historia, han pasado 3 meses y Virginia Laparra aún no ha sido siquiera escuchada por un juez para decidir si debe seguir en prisión preventiva o, al no existir riesgo de fuga, puede volver a casa con su familia.

Laparra, por estar en prisión, no pudo presentarse a la audiencia en la que debía ratificar su denuncia contra el juez Lesther Castellanos. Por ello el caso contra el juez fue cerrado y el camino le quedó libre para que el Congreso lo premiera al elegirlo como Relator Contra la Tortura.

El 2015 ya está muy lejos. De los esfuerzos por depurar y transformar el Estado queda muy poco. De las protestas multitudinarias para acuerpar la lucha contra la corrupción, tan solo quedan algunos ecos y esfuerzos por no claudicar.

Si para cualquier persona parece difícil tener esperanza en un futuro mejor, desde prisión el golpe emocional es aún peor.

[Ver atrás y todo el esfuerzo que has puesto en todo lo que has hecho. Estudiar, esforzarte, hacer las cosas bien, dedicarte a tu trabajo y porque es fabuloso tener un trabajo que te gustará, por muy difícil que fuera. Es gratificante saber que en tu vida estás en algo que te gusta, que amas hacer, y luego que por el odio de un par de personas, porque es eso. Esto no es una cuestión del trabajo en sí que yo realizaba, sino es un odio de dos personas que vienen a arruinar esto].

Ningún fiscal debería tener miedo a ascender o a tomar casos de alto impacto porque el Estado debería garantizarles su protección. Al igual que muchos operadores de justicia, la llegada de Laparra a FECI pudo haber sido solo una parte importante en el comienzo de una larga carrera.

Hoy no está segura de qué será de ella si logra salir de prisión. Le pregunto y no tiene palabras para saber si volverá a ejercer el derecho, no tiene ningúna garantía de que Guatemala será un lugar seguro para ella y para sus hijas. ¿Qué le da fuerzas para persistir?

[La convicción de que no he hecho nada mal. La convicción de que he hecho bien mi trabajo. La convicción de que esto es un absurdo. Y sobre todo el amor a mis hijas, a mi familia, el apoyo que me han dado porque es como que que tu mundo se acaba. Es que tu mundo se acaba].

Y pese a todo, pese a que sabe que su caso está siendo utilizado para enviar un mensaje de advertencia a todos los que se atrevan a volver a investigar la corrupción, no deja de creer en la importancia de no claudicar y de seguir denunciando, así como ella lo hace a través de cartas:

[Este tema es como aprobar matemáticas. Qué pasaba si tú no apruebas. El tema de la corrupción es la matemática para avanzar. Este país no irá a ninguna parte, si no eliminamos a la corrupción y si seguimos cayendo o haciendo trampa].

Nos despedimos. Se hará tarde y se acabará el día de visitas. La puerta de su celda volverá a permanecer cerrada. La prisión de Mariscal Zavala está en una de las laderas de una gran colina. Mientras yo salgo siguen entrando las visitas para el resto de reclusos. Llevan grandes maletas que ningún guardia revisa. Un joven jala una carretilla llena de gaseosas para surtir la tienda de alguno de los internos. Dos reclusos descienden de una patrulla del Sistema Penitenciario y como quien paga el Uber, sacan billetes para los guardias que les quitan las esposas.

Virginia es la única prisionera de Mariscal Zavala.

***

  • Investigación y locución: Gabriel Woltke
  • Idea original y edición: Enrique Naveda
  • Producción: Diana Cóbar
  • Dirección: Francisco Rodríguez
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