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Lilian Pineda aprieta la mano de Maximón, el martes 28 de octubre, en la sede de la Asociación de Sacerdotes Mayas de Guatemala, en la zona 6 capitalina. Simone Dalmasso

Seguidores de Maximón ya tenían problemas aun más graves que el COVID19

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Seguidores de Maximón ya tenían problemas aun más graves que el COVID19

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Frente a esta misericordiosa figura de devoción, las preocupaciones que animan las oraciones de los fieles a Maximón van mucho más allá de los problemas producto de la pandemia. Abren un espacio de reflexión sobre la precariedad crónica de la sociedad capitalina.

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Por ser el 28 de octubre, este año la sede de la Asociación de Sacerdotes Mayas de Guatemala no parece estar de aniversario. Las restricciones anti COVID19 llegaron hasta este establecimiento ubicado, casi oculto, sobre la carretera que une la zona 6 capitalina con el limítrofe municipio de Chinautla.

Sin el habitual ir y venir de los devotos, ahora resulta más complicado ubicar este espacio urbano donde está una parte importante del patrimonio cultural indígena maya de la población originaria del altiplano que, hace 30, 40, 50 años, migró a la ciudad para conformar lo que ahora es un complejo mestizaje étnico propio de las áreas populares de la capital.

Pese a la pandemia, el cumpleaños de «el abuelo», así lo llaman cariñosamente sus creyentes, no es fecha para el olvido. A pesar de las restricciones no faltan adornos en el patio de esta casa/museo, equipada con varias chimeneas para realizar múltiples ceremonias a la vez.

Son 15 oficinas para la atención espiritual de los feligreses y, por supuesto, regada por un sinfín de figuras de Maximón de las más variadas dimensiones. A diferencia de los años pasados, sin visitantes ahora es más evidente la presencia de los guías espirituales que a media mañana lideran la ceremonia alrededor del fuego, alimentado dentro de la chimenea más grande.

Después de la invocación tradicional al Corazón del Cielo y al Corazón de la Tierra y la oración dirigida a los cuatro puntos cardinales, el cortejo de fieles pasa por el proceso de limpia realizado individualmente frente a las llamas sagradas, con la quema de las velas y la entrega de ofrendas.

En este momento prevalece la luz del sol del día, hace brillar los collares variopintos de los guías espirituales, los bordados típicos de sus trajes ceremoniales y destaca las experiencias de devoción más auténticas, como la de la familia de José Luís Sánchez Escobar, 74 años, originario de San Antonio Chiquimulilla, su esposa, Marta Pacheco, de 82, originaria de Santa Cruz del Quiché, y su hija Mercedes, de 42. En agosto, los tres resultaron positivos al COVID19, José Luís tuvo que ser internado por un mes en el hospital del IGSS. Lograron superar la enfermedad y aquí están para darle gracias a Maximón.

Terminada la ceremonia colectiva, los devotos caminan hacia el salón del fondo, donde la luz brillante de los neón pelea con la obscuridad del cuarto, el olor a tabaco se mezcla al olor del guaro y la atmósfera es más densa y ambigua, muy parecida a la esencia de su anfitrión que recibe, inmóvil en su silla, a las almas de sus fieles.

Bigote, saco, sombrero y corbata, todos negros como la noche, Maximón observa el cortejo acercarse con la mirada firme y la mano tendida. Último de los profetas en conformarse con la conquista cristiana, primero entre los símbolos autóctonos del controversial orgullo pagano, el «santo de los pecadores» tiende una mano a sus creyentes, que lo visitan conscientes de poder abrir sus corazones al más misericordioso de los seres divinos.

De la mano con el cambio de iluminación y acorde con las peticiones terrenales escritas encima de los vidrios colorados, el COVID19 pasa al último lugar de las preocupaciones de la mayoría de los fieles. Marta Gonzales, por ejemplo, madre soltera de 3 hijos, lleva más de dos años desempleada. Vino desde Villanueva, recordándole a Maximón que su condición de pobre no es cosa de la pandemia, que su precariedad económica es crónica.

Lilian Pineda, en cambio, robusta mujer de 49 años, sigue manteniendo el brillo de la esperanza en sus ojos, mientras aprieta la mano tiesa del santo. «Estoy segura, gracias a él, ¡hoy me lo van a entregar de vuelta!» Se refiere a su hijo, de 24 años, quien está preso en la cárcel. Se despide, va camino al centro de detención convencida de que hoy regresará a la casa en compañía de su chico.

Eduardo Ordóñez, de 23 años, reza en compañía de su esposa, Alejandra, cargando a su bebé, Gabriela, de un año. «Maximón nos bendijo con esta nena, a pesar de que mi esposa fuera estéril, luchó contra cuatro intentos de abortos espontáneos durante el embarazo y logró evitar los ataques de su familia que la quería matar». Las razones para rezar compiten en un abanico de casos humanos que, como siempre, superan la imaginación de alguien concentrado solo en la última problemática: una simple pandemia que parece simple al lado de los problemas diarios.

Frente a una sociedad tan disfuncional como la guatemalteca, el reparo de la fe se convierte en un bálsamo para aliviar las heridas de la vida, sin importar el color de la creencia, religión o espiritualidad que se quiera definir.

De la necesidad sale la virtud de los más bendecidos.Es el caso de Hamilton Morales, quien desfila frente a Maximón llevando una reproducción del santo que encargó hace 5 años. Devoto a la figura del abuelo desde que tenía cuatro años, cuando corría para comprarle puros, recibió el don de la videncia y ahora es la guía espiritual de una red de 90 fieles que recibe en su casa. Confirma que en época de COVID19 la salud mental de las personas está compitiendo con las necesidades económicas entre las principales preocupaciones, mientras aprieta a su Maximón, orgulloso de celebrarle un cumpleaños mas.

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