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Rosaida Camposeco (izquierda), 29, y su hermano Victalino, 31, esperan transporte en la entrada de La Trinidad mientras el volcán de Fuego hace erupción en la distancia. 28 de agosto, 2020. James Rodríguez

A la deriva entre el volcán y la pandemia

No aceptamos la casa en La Dignidad porque no queremos que nuestros hijos crezcan aquí, quiero que aprendan a sembrar y vivir de la tierra.
James Rodríguez
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A la deriva entre el volcán y la pandemia

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«No estamos aquí por querer, el COVID nos ha empujado a regresar», cuenta Estuardo Lorenzo sentado en la mesa de su patio en la colonia 15 de octubre La Trinidad. Fija la mirada en sus hijos que juegan en el piso. Llueve ligero pero continuamente, el Volcán de Fuego ruge, recordando su presencia.

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«Imagínese, nosotros cinco en uno de esos cuartos de madera, y los vecinos también otros cinco igual, compartiendo baño.» Su esposa Ada Camposeco, de 34 años y quien nació en México en un campo de refugiados del conflicto armado interno, se levanta para cargar a su hija Keren, nacida en un campo de refugiados en Escuintla para los sobrevivientes de la erupción del Volcán de Fuego en junio 2018. La historia se repite, y no solo en esta familia.

«No sabemos si vamos a salir de aquí vivos por el volcán, pero estamos aquí para comer y tratar de evitar esa enfermedad. Sí, es inhabitable aquí según la CONRED, pero allá es aún más complicado. No hay trabajo en Escuintla, no tenemos con qué comprar comida, la escuela cancelada ¡¿que hacemos allá?!»

Ya pasaron más de dos años desde aquel mortal 3 de junio, y los comunitarios de La Trinidad siguen esperando una resolución a su situación. Mientras los residentes de otras comunidades declaradas inhabitables por su cercanía al Volcán de Fuego aceptaron la oferta del gobierno para recibir una vivienda en la colonia urbana llamada «La Dignidad» en Escuintla, 163 familias de La Trinidad, que equivale a aproximadamente 800 personas, siguen a la deriva.

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Las familias continuaban en los Albergues Unifamiliares de Transición (ATUs), pero llegó la pandemia y la mayoría regresó a vivir bajo el volcán debido al miedo y al hambre. Las restricciones gubernamentales impuestas por el COVID19 terminaron con el poco empleo del que sobrevivían las familias en Escuintla para comprar víveres.

«Si me voy a morir de la pandemia y del hambre, mejor regreso a trabajar nuestros huertos y asumir el riesgo del volcán. Aquí por lo menos tenemos chipilín, granos básicos como el maíz y el frijol, a veces un huevito» exclama Yosmari Hernández, de 29 años, también nacida en Chiapas, México.

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La búsqueda de una nueva finca para las familias de La Trinidad, originarios de Huehuetenango, sobrevivientes de una masacre en 1982 y quienes regresaron del exilio en México en 1998 para ser ubicados bajo el Volcán de Fuego, había avanzado durante el 2019. Identificaron un conjunto de terrenos en el departamento de Santa Rosa con el apoyo del Fondo de Tierras (FONTIERRAS), institución creada a raíz de los Acuerdos de Paz con la función de proveer acceso integral y sostenible a la tierra, no obstante, la muerte repentina del dueño de los terrenos estancó permanentemente el proceso a finales de ese año.

Una segunda demora se dio por el cambio de gobierno en enero 2020, y el nuevo personal de FONTIERRAS citó a miembros de la Autoridad Indígena de La Trinidad a una primera cita el 10 de marzo de 2020, para empezar un nuevo proceso de búsqueda de terreno para su reubicación. Tres días después, las restricciones de la pandemia terminaron abruptamente con este proceso.

«Teníamos una segunda reunión programada el 15 de marzo con FONTIERRAS, pero todo cerró el 13 de marzo. Desde entonces nadie nos ha contestado las llamadas», comenta Urbano Pérez, de 53 años, presidente y representante legal de la Autoridad Indígena de La Trinidad.

«No ha habido atención alguna por parte del gobierno. No se ha planteado nada para nosotros desde que comenzó la pandemia. No ha llegado nadie del Ministerio de Salud a los ATUs, mucho menos aquí a La Trindad, ya que en teoría no estamos aquí. No se ha coordinado nada, ni salud ni seguridad por otra erupción» continúa Yosmari Hernández.

En los ATUs no hay para comer

Mientras tanto, en el centro de Escuintla, ciudad comercial entre la costa y la capital, el distanciamiento social parece no existir. Una cola interminable se crea afuera de la estación de policía. «Estoy aquí desde las 4 de la mañana y me imagino que me iré como a las 10 o 11» comenta un hombre que prefiere no dar su nombre mientras hace cola para recibir sus antecedentes policíacos, un requisito para poder aplicar a un empleo.

A la par, vendedores ambulantes arman sus puestos con tubos y nylon. Cargadores pasan con carretas llenas de frutas, verduras, ropa. Un ratón cruza la calle y se escabulle entre los pies de la gente haciendo la cola. Son las 6:30 horas y el sol de la costa ya comienza a quemar.

A tan solo un par de kilómetros, en los ATUs, Berli Pérez, de 28 años y padre de dos niños pequeños, cuenta: «Si yo fuera soltero, me regresaría a La Trinidad. Pero Mari mi esposa y mi hijo Héctor están muy traumados por la erupción. He logrado conseguir uno que otro trabajito en Escuintla para poder comprar algo que comer, porque aquí no podemos sembrar nada, no hay espacio. No aceptamos la casa en La Dignidad porque no queremos que nuestros hijos crezcan aquí. Quiero que aprendan a sembrar y vivir de la tierra. Aquí el ambiente es malo, hay que pagar por todo, y seguro ellos se volverían mareros cuando sean grandes. Estamos esperanzados a que la comunidad consiga una finca pronto.»

«Alrededor de 30 familias están permanentemente en los ATUs» explica Urbano Pérez. «Varias personas están demasiado traumadas para regresar, así que se han quedado para cuidar su salud mental y para cuidar el lugar. Y con menos gente en los ATUs, hay más espacio y menos posibilidad de contagio de este virus. Obviamente estamos organizados y nos apoyamos. Por suerte no hemos tenido ni un caso de COVID en la comunidad todavía. Algunos tomamos turnos y nos vamos allá unos días. Tenemos que mantener los ATUs como un resguardo para salvar nuestras vidas».

Glendy Jiménez, de 28 años y quien también nació en México como refugiada, cuenta mientras barre el espacio entre las estructuras de madera y lámina: «Nos mantenemos aquí en los ATUs por miedo al volcán, por los niños. Ha estado muy activo, y ahora con las lluvias hay nuevos caudales que se crearon por la erupción y se puede venir toda esa ceniza. Mi esposo por suerte ha logrado seguir trabajando un poco durante la pandemia, así que aquí estamos la mayor parte del tiempo. Claro, seguimos trabajando los campos, porque no hay otra opción para comer.»

De regreso en La Trinidad, Simona Lopez, 44, madre de Yosmari y sobreviviente de la masacre que los llevó a refugiarse en México, expresa el recurrente trauma entre la gente de la comunidad: «En la noche yo ya no duermo. La verdad yo preferiría regresar a los ATUs. Estoy muy afectada por lo que pasó con el volcán. Pero allá no se puede estar, no hay que comer y está este virus. Ya no hallamos ni donde ir, con la pandemia y el volcán, da pena pues.»

Sin embargo, la gente de La Trinidad no se da por vencida. La organización de la comunidad es realmente admirable y a pesar de la compleja situación, Estuardo Lorenzo concluye con un entusiasmo contagioso: «Aquí todos le echamos ganas, trabajamos juntos. Las mujeres son trabajadoras y la comunidad solidaria. Ya me estoy sintiendo bien aquí otra vez, pero no, cuando retumba nos recordamos todos. Estamos vivos y vamos a luchar. Si logramos una finca nueva, yo sé que saldremos adelante».

Este trabajo fue producido con el apoyo del Fondo de Emergencia para Periodistas de la National Geographic Society.

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