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De tiranos y soberanos

¿Puede haber una república no democrática? Tampoco.
Ese salto conceptual no se dio por casualidad o por una cuestión de pensamiento teórico puro. Ocurrió como producto de los desafíos que enfrentaba la época.
Ilustración de Nora Pérez
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De tiranos y soberanos

Tiempo aproximado de lectura: 12 mins
Historia completa Temas clave

Democracia y República no son dos conceptos contradictorios, ni desde el punto de vista empírico ni del de los valores. Como diría el cantautor Silvio Rodríguez, “no es lo mismo, pero es igual”.

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El diccionario de la Real Academia de la lengua española dice:

República: f. Organización del Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos o por el Parlamento para un período determinado.

Democracia: 1. f. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno. 2.f. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado.

La República es una representación política de las autoridades basada en la igualdad de sus ciudadanos. Una sociedad donde la ciudadanía goza de igualdad política y por ende goza del derecho igual de elegir y ser electo mediante el voto universal es una democracia. Pero la clave está en los grados de poder. Si bien el voto es el comienzo de todo, su ejercicio simple no basta. Porque las instituciones que facilitan que el pueblo incida sobre la toma de decisiones políticas, advirtió Bobbio, no siempre funcionan.

Ahora bien, la teoría de que democracia y república son ideas políticas por completo separadas tiene presupuestos dudosos. Y yo diría que son más bien motivos políticos sospechosos los que lo originan. Como diría Aristóteles en su Metafísica, compararlos, de la manera en que me lo solicitó la Escuela de Gobierno, implica una falacia conocida como petición de principio. No se puede comparar dos cosas iguales.

Es posible comparar, eso sí, modelos de democracia o modelos de república, asumiendo de hecho la variedad de aplicaciones de cada concepto en cada país o conjunto de países.Así lo han entendido los principales politólogos, acudiendo al método comparativo: David Held, Giovanni Sartori, Arend Lijphart, entre otros.

Podemos hablar mucho tiempo de la brecha entre el ideal republicano y democrático y la democracia y la república reales y nunca conformarnos. Pero eso es otra cosa. Siempre hay brechas insoportables, explicables en todo caso por el contexto.

La pregunta es: ¿puede haber una democracia no republicana? De ninguna manera.

¿Puede haber una república no democrática? Tampoco.

¿Y qué hacemos con las monarquías constitucionales? Son solo eso, monarquías limitadas con o por instituciones democráticas como el parlamentarismo.

¿Y las repúblicas árabes? Lo son en tanto no sean teocracias y su principal lucha democrática es por no caer en manos del fundamentalismo religioso. Aquí, república sería equivalente a una vida política laica.

De todo esto deduzco que la oposición de la república y la democracia es un artificio derivado de elementos ideológicos y de temores de clase antiquísimos: los de las élites versus el pueblo.

Lo demuestra la persistencia del concepto de “tiranía de la mayoría” que, en la historia de las ideas políticas, han esgrimido autores elitistas.

En esta disciplina, hay que volver siempre a lo que se discutía en la antigua Grecia. Vale la pena leer a Tucídides y su Historia de la guerra del Peloponeso, en la que expone las contradicciones imperialistas y de clase y de modelos políticos que tenían lugar entre Esparta y Atenas, en donde los filósofos no dejaban tampoco de tomar partido. Tucídides pensaba que lo que había permitido a Esparta acabar con los tiranos suyos y de su entorno había sido la bondad de sus leyes y la estabilidad prolongada de su régimen político como para inmiscuirse en los asuntos internos de otras ciudades-estados.Desde allí va configurándose la idea de que un gobierno fuerte con una sociedad rígida, con leyes severas y paz, permite ver más allá del ombligo. Y en cambio, la democracia ateniense, salvo por la riqueza de su armada, tenía una democracia propensa al desorden y al orgullo ciudadano.

En el caso romano los trabajos de otro historiador, Tito Livio, sobre la república y el imperio sirvieron de base para las reflexiones posteriores del fundador de la ciencia política moderna, Maquiavelo. Para Maquiavelo, la república no era más que el ejercicio del poder en la vida en comunidad. Casi equivalente a la noción de “Estado”.

Y es que ya con Platón se le llamó República al Estado, sin más, y así lo hizo también Cicerón, su heredero intelectual en Roma, pero incluyendo ahora ese elemento aristocrático y perfeccionista del que no se va a desprender posteriormente.

Pero el caso de Aristóteles es el más paradigmático, quien nos ofrece una visión más cercana de nuestro dilema. En La Política, derivado del estudio de más de cien constituciones, usa indistintamente los conceptos república y democracia como sinónimos.

Sin embargo, tiene en mente los abusos del poder, y aunque procura dejar patentes las virtudes y defectos de cada forma de gobierno, no oculta que “la tiranía de la mayoría” (aquí surge por vez primera tal “anomalía” de la democracia) es una de sus principales preocupaciones. No obstante, conforme expone las debilidades y virtudes de los regímenes democráticos, oligárquicos y aristocráticos, termina por precisar un concepto más complejo de la república. Lo describe como la organización de un gobierno mixto para evitar la temida “tiranía de la mayoría” pero también el rescate de la meritocracia. Una organización para combinar las virtudes de la democracia (del pueblo) con las virtudes de las minorías oligárquicas y aristocráticas, cuyo objetivo sería la paz.

En la moderación y el equilibro estaba el secreto de la estabilidad. Compartir honores, riquezas y poder eran la clave de la república. Hay en Aristóteles una evolución del concepto republicano en una sola obra. Al principio como equivalentes y luego como el signo del pragmatismo público.

En cambio va a ser en el Cicerón de De Legibus que República pasará a significar más nítidamente la contención de la muchedumbre en aras de una ley común. La ley común como baluarte de la paz social. Y aunque con las revoluciones burguesas y constitucionales del siglo XVIII República y Democracia volverán a cobrar plena vigencia después de siglos de abandono, la concepción peyorativa de la segunda como “tiranía de la mayoría” permanecerá. De esa cuenta la Democracia ya no es la democracia directa ática sino una de corte representativo, propia de estados grandes y República aludirá a la autoridad legitimada mediante representantes autorizados del pueblo.

Ese salto conceptual no se dio por casualidad o por una cuestión de pensamiento teórico puro. Ocurrió como producto de los desafíos que enfrentaba la época. Europa venía del absolutismo religioso y dela atomización de los reinos al mando de monarquías y señores feudales. Lo que la burguesía de las ciudades necesitaba era apoyar la creciente centralización de las monarquías nacionales para desmantelar los feudos que imponían fronteras comerciales y hacían proligerar las aduanas. Necesitaban Estados más fuertes y centralizados para abrir el comercio exterior hacia el Oriente, luego de que Turquía quedara bloqueada para el comercio con las ciudades italianas. Con España primero, Holanda después, seguido de Francia y por último Inglaterra, se dio un giro a los intereses burgo-comerciales europeos y desde luego al liberalismo, que entonces reclamó monarquías limitadas, constitucionales.

Los pensadores burgueses continentales e insulares fundaron las bases ideológicas del nuevo orden, que dejó de un lado la visión histórica del Estado y del derecho divino para las autoridades y formó otro fundado en el contrato social y el derecho natural. El tránsito de la sociedad natural ala política habría sido para unos un paso traumático (Hobbes) y para otros un tránsito más o menos feliz (Locke-Rousseau).

Pero el nuevo orden contractual entrañaba riesgos y desafíos. El nudo central de las reflexiones políticas era entonces cómo limitar o controlar debidamente el poder monárquico y al mismo tiempo cómo controlar el poder del pueblo, integrado por campesino y otras clases inferiores.

Incluso Jean Jacques Rousseau, de quien se dice que es el padre del contractualismo más democrático posible, exhibía el atávico temor a la tiranía de la mayoría.

En los Estados Unidos del norte de América, mientras tanto, los autores del Federalista, empapados del debate europeo, defendían un modelo de Constitución que a todas luces está bastante inspirada en El Espíritu de las Leyes de Montesquieu (1748), con su énfasis en la separación de poderes y la aleación con elementos aristocráticos, nacionales y federales. Así, si la nación estadounidense no nace como una democracia per se, sí integra elementos del nuevo orden con los que la vida republicana van a ser conocidos.

¿Contra qué batallaban los federalistas? Contra aquellas facciones no explícitas que anhelaban una monarquía para América y contra aquellas facciones más explícitas que temían “la tiranía de la mayoría” mediante la potencial vuelta de una democracia directa estilo griego. Contra ambos “extremos” argumentaron los federalistas. Por tanto, uno a uno los argumentos suyos (Hamilton, Madison, Jay) demuestran que su Constitución es la de un gobierno mixto, en el que minorías y mayorías nacionales se equilibran.

La teoría del equilibro natural del científico Isaac Newton es el elemento que fundamenta muchas de estas argumentaciones europeas y americanas, porque estaba en boga.

Dos cosas hacen que gradualmente vaya desapareciendo la noción peyorativa de la democracia: 1) La instalación paulatina de esta clase de regímenes en lo que va del siglo XVIII hasta el Siglo XX. 2) Las luchas sociales por ampliar los derechos civiles.

Sin embargo, el conflicto ideológico se ha mantenido desde entonces. Cuando se radicalizó la Revolución Francesa, la burguesía reaccionó exigiendo una República burguesa como tercera fase de aquella revolución (1794-1799). Una donde solo los ricos y de origen noble podrían acceder a los cargos de autoridad. La nueva constitución del año III de la Revolución Francesa derogó el voto universal e impuso el voto censitario para contener a los más radicales de la revolución.

Hay que darle a Marx el crédito de haber sido el primero en alertar contra la concepción elitista de la democracia, y junto con las luchas anticoloniales, fueron las crecientes luchas sociales de obreros, campesinos y de los pequeños productores de servicios y mercancías, así, las que rehabilitaron la idea de que la democracia es ante todo poder del pueblo, que una persona vale un voto y cada voto un comienzo de la ciudadanía.

Sin esa tensión dialéctica no estaríamos todavía aquí hablando del tema.

Hoy día todavía, para algunos, la república es lo central del gobierno, de cómo se organiza el gobierno, mientras que la democracia solo es su elemento “ético” para legitimar las autoridades. Dicho de manera más cruda, para algunos, sobre todo para la derecha, la democracia solo es un método para autorizar a los gobernantes a gobernar. Es la típica concepción burguesa de la República, o sea, una aristocracia electiva gobernando a través de un Estado fuerte de tipo hobbesiano porque siempre el hombre es lobo del hombre.

Sin embargo, teóricos como Philip Pettit, en los albores del siglo XXI han puesto en tela de juicio esta idea desde dentro del propio neo-republicanismo, y están revirtiendo el significado de ambos conceptos. Pettit, por ejemplo, en Una teoría de la libertad y del gobierno, convierte la democracia en lo sustantivo y la república en su guía ética. Porque para Pettit, que recupera un componente vital de la democracia ateniense y aristotélica, lo fundamental de la vida en sociedad es la libertad, y la libertad republicanase demuestra con una ciudadanía activa, con una “democracia contestataria”, que hace efectivo el ideal republicano: el precio de la libertad es su eterna vigilancia (Jefferson). La libertad en Pettit, como suele en los republicanos, es no-dominación y resulta compatible con el ideal de Voltaire: “nadie debería ser tan rico como para poner a otra persona de rodillas ni nadie tan pobre como arrodillarse ante otros”.

En resumen, para quienes nos consideramos demócratas, la democracia no solo es el componente ético del gobierno, sino debe ser su principal contenido.Gobernar desde las mayorías para las mayorías. Sin embargo, cuando me preguntan si la democracia tiene límites respondo que sí, que son los derechos humanos universales.

En la práctica, el sentido ético de la democracia están en reconocer que los derechos de la mayoría terminan donde empiezan los de la minorías, cualquiera que esta sea, la de los ricos, la de las culturas diferentes, las de las opciones sexuales diferentes, la de las personas con capacidades diferentes. Y a la inversa: los derechos de las minorías pueden existir diferenciadamente pero en última instancia deben acogerse al bien común.

En Guatemala tenemos a todas luces un régimen oligárquico-elitista en la democracia republicana, pese a lo que la Constitución reza. Esto es así porque la brecha entre el país real y el país jurídico está marcada por una profunda estratificación social y exclusión económica que redunda en el control del poder del Estado y sus instituciones republicanas.

Vivimos una tiranía de la minoría que se ofusca ante la sola idea de que el pueblo recobre su soberanía. Esa tiranía de la minoría se manifestó de muchas maneras pero lo hizo de la manera más grosera con las reformas constitucionales de 1994, cuando cercenaron el poder político, recortando los cargos de elección popular y dándole el mayor poder a la aristocracia financiera.

Por eso y por muchas razones, hace falta una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) para devolverle la soberanía al pueblo. Y si a usted le venden la idea de que ambos conceptos son antagónicos, sospeche que algún interés económico o político se esconde detrás.

 

 

Álvaro Velásquez es sociólogo y autor de Ideología Burguesa y Democracia. Presentó esta disertación en la Escuela de Gobierno, Ciudad de Cayalá, el 2 de mayo de 2014. Plaza Pública intentó obtener la reacción a esta ponencia, que estuvo a cargo de Phillip Chicola. La Escuela de Gobierno no ofreció la grabación. Chicola envió su presentación en este documento en Powerpoint y el domingo 25 de mayo publicó Un ideal de convergencia ante el modelo patrimonial, que puede entenderse como una interpretación sobre el asunto.

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