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Vuestros pies están juntos en la arena... movediza
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Vuestros pies están juntos en la arena... movediza

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Opinión
23 05 18

Murió el emblemático artista Luis Galich. Emblemático de nuestro país. Emblemático también de su generación, de mi generación.

El músico Luis Galich representa al clasemediero urbano. Representa a quienes hemos pasado de la quinta década, pero aún no entramos con ganas en la sexta. Como él, heredamos el recuerdo de la Revolución de Octubre sin haberla vivido. Hijo del dramaturgo y político Manuel Galich, Luis Galich nos representa porque nació en la guerra y alcanzó a morir sin ella.

Sin embargo, su representación va más a fondo. Nos representa porque nació en una tierra de sueños enanos que él supo imaginar grandes. Nos representa urgidos de escapar del ahogo porque su éxito pasó necesariamente por salir de aquí. En el festival OTI como símbolo y de manera práctica haciendo trabajo y dinero fuera del país.

Y, como tantos migrantes, nos representa por el optimismo —siempre difícil de justificar, salvo con el afecto— de volver para hacer algo aquí, en su caso como productor musical. Aunque resulte que aquí artista y sustento no necesariamente van juntos. Como tampoco van juntos agricultor y sustento, pequeño empresario y sustento o cualquier otra cosa y sustento. Porque el signo nuestro, se haga lo que se haga, es la precariedad.

Y es precisamente en la precariedad donde Galich terminó siendo tan emblemático. El emblemático exponente de la canción chapina terminó enfermo en un emblemático hospital público que no tuvo recursos para tratarlo bien. Murió precozmente, con un emblemático seguro eximiéndose de cubrir sus gastos hasta el final del tratamiento, sin acceso al seguro social que fundó la revolución de su padre, pero que nunca ha podido ser para todos. Y terminó rodeado de un emblemático conjunto de familia, amigos y admiradores que, con nuestra calurosa solidaridad de improvisación, corrieron y se afanaron por apoyar al maestro en su momento de necesidad.

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Ya nos hemos acostumbrando al rito: el artista consagrado enferma más por la edad que por artista o por consagrado. Porque eso es lo que pasa con los años: nos enfermamos. Y luego, más tarde o más temprano, nos alcanza la precariedad. Precariedad porque no se guardó plata para la vejez. O quizá porque se pensó ser inmortal. Precariedad porque nunca se ganó suficiente para guardar, porque no había cómo guardar. O porque, aunque se haya guardado, nunca alcanzará para cubrir los costos cuando en tierra de pobres la salud es una mercancía en vez de un derecho. Precariedad porque, aunque se hayan pagado las primas del seguro o las cuotas del fondo de retiro, resulta que: «Fíjese que eso no lo cubre la letra menuda». O quizá precariedad por una combinación de todas las anteriores. Precariedad, que debería ser el nombre de nuestra patria, de nuestros líderes y de nuestro pueblo, más preocupados por evadir el pasado y los impuestos, por subsistir en el presente, que por prepararnos para el futuro e invertir en él. Somos la república de A Salto de Mata.

Y el corolario, también un ritual. Muerto el grande, vienen las quejas: el Estado no hace lo suficiente por sus grandes valores. Pero esa no es la lección correcta, ya que la oportunidad de llegar a la vejez con suficiencia y el derecho a una muerte con dignidad no son asuntos de talento. Deberían tenerse por el simple hecho de ser gente. Y por ser ciudadanos, no por ser talentosos, deberíamos contar con la garantía de que los ahorros y los seguros estarán disponibles y accesibles y de que serán suficientes.

Eso requiere que paguemos impuestos, que haya fondo de retiro universal y obligatorio, que exijamos buen gobierno, que regulemos eficazmente la salud y la banca. Por eso es emblemático Galich: porque, siendo talentoso, representa visiblemente al más anónimo de los mortales, que, igual que él, tanto como él, merece un final mejor y no lo tiene.

Esto es lo que nos niegan el pacto de corruptos, el afán de privilegio de militares y élite y nuestro propio inmovilismo político. Contra esto debemos luchar. Porque aquí muere con los zapatos puestos, jugando golf, quien exige mando y trato especial por la casualidad de haber nacido con apellido y fortuna. Y muere en casa y en cama un genocida. Pero al resto, al ciudadano común —ya empleada de hogar o poeta, empleado público o cantor—, cuando se terminan salud, dinero y vida, lo espera una escala descendente de imprevisión, urgencia, indignidad y estrechez. Contra esto luchemos.

Muerto el grande, vienen las quejas: el Estado no hace lo suficiente por sus grandes valores. Pero esa no es la lección correcta.
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