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Opinión
19 02 18

La lucha contra la corrupción y la impunidad es, en esencia, una lucha contra nosotros mismos. Antes de jugar a la política, refundémonos cada uno desde la intimidad.

¿Terroristas versus corruptos? #TodosSomosImpunidad sería un eslogan más digno por ser más honesto. La corrupción no puede ser relegada a mero subtítulo en el manejo de fondos públicos. Es toda una cuestión de coherencia e integridad. «Si eres fiel en lo poco —dice el refrán—, serás fiel en lo mucho» (y, pues, si eres infiel en lo poco…). Pero esto lo olvidamos de entrada, demasiado ocupados acumulando, demasiado distraídos intentando ganar, pescando likes en Facebook y en la vida. Mendigando afuera lo que habita en abundancia adentro de nosotros.

Por eso, apropiarse del símbolo de la anticorrupción se ve hipócrita. Es como aquel niño que le dice a su mamá: «Te juro que nunca he mentido». Dos veces mentiroso. La única y verdadera lucha contra la corrupción debe significar una batalla a muerte contra todo el sistema. ¿Y quién es el sistema sino nosotros?

Porque una sociedad que levanta sendas defensas en torno al Estado de legalidad mientras ignora los estados de injusticia es una sociedad mentalmente enferma. ¿Y el modelo económico qué? ¿Y la ruptura social? ¿Y los ecosistemas? ¿Y el alma? Es decir, nos hemos sometido dócilmente a un modelo económico fracasado y nos hemos conformado con una democracia abstracta que raya en la demencia, pero nos colgamos medallas que dicen «lucha contra la corrupción». ¡Vaya delirio! Pareciera que quienes se afilian con facilidad al mythos de la anticorrupción sufren de una especie de síndrome colectivo de Estocolmo, enamorados de su propia prisión, urgidos de algo en qué creer, aunque sea una fábula.

Al final de cuentas —y ojo aquí—, ni unas ni otros ofrecen soluciones a nuestros problemas más urgentes: colapso ecológico, ausencia de comunidad, desigualdad multidimensional, excesos materiales, apatía cívica, analfabetismo, alienación. Resultan ser, todos por igual, lacayos del régimen económico vigente. Chomsky lo pondría simple: viven para el lucro por encima de la personas. Los corruptos son terroristas y los terroristas son corruptos.

Aquí les ofrezco dos versiones de la realidad política del país.

Lo que nos dicen: que los corruptos se han infiltrado en las varias instancias de poder, han hecho de las suyas y han lastimado el Estado de derecho, la justa economía y la democracia; que es necesario luchar contra la corrupción para restaurar la buena vida moderna y la paz social; que si no estás con ellos —una mezcla de actores públicos y privados— estás contra ellos y eres apologista de la corrupción.

Lo que es: aquí no hay tales de héroes contra villanos. Lo que hay es una facción de corruptos moderados con síndrome de mesías (llamados terroristas por los otros y dedicados a las campañas blancas) y otra de corruptos cínicos con síndrome de dios (llamados corruptos por los otros y dedicados a las campañas negras) que luchan por posicionarse como la fuerza moral del país, interlocutora aceptada por los Estados Unidos y beneficiaria primaria de la reaccionaria arquitectura neoliberal. Nunca cuestionan el consenso macroeconómico y, lo peor de todo, dicen vivir en una democracia.

Y de ahí estamos todos los demás, nada mejores.

Unos criminalizan al inconforme haciendo uso malicioso del derecho penal, otros aíslan al no alineado a su versión de democracia políticamente correcta y todos nos constituimos en mandatarios judiciales de un capitalismo en crisis, el cual defendemos de los límites impuestos por la democracia (sin comillas). Mientras tanto, ¿quién por una nueva economía? ¿Y qué de la reinterpretación crítica de los fundamentos democráticos? Los signos de los tiempos son claros y no exigen que continuemos vomitando pensamientos petrificados como Estado de derecho o cultura de legalidad. No, los tiempos demandan que nos replanteemos lo que somos y que nos desafiemos con las grandes interrogantes de la vida en sociedad: ¿para qué existimos y hacia dónde vamos? Que lo reimaginemos y reestructuremos todo, incluyendo nuestras mentes colonizadas. Mejor dicho, empezando por nuestras mentes.

Siempre es oportuna la hora para que nos refundemos a nosotros mismos —de dentro hacia fuera— y escribamos una nueva historia de nosotros —desde lo poco hasta lo mucho— en pro de una economía política no secuestrada por el fetichismo del crecimiento infinito, el consumo individualista y la beatificación del dinero. Seguramente, en un lugar así, sería difícil tragarse ingenuamente quimeras de buenos contra malos.

Y nosotros mismos, ¿para cuándo?

Todo lo demás es corrupción. O, como diría el viejo sabio, todo lo demás es pura vanidad.

 

de Asuntos Inconclusos.

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