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Tipo de Nota: 
Opinión
13 02 18

El apretón de manos entre Jimmy Morales y Donald Trump no me sorprende para nada.

No se trata únicamente de un agradecimiento público de Estados Unidos a la diplomacia guatemalteca por seguirle el juego de trasladar la embajada a Jerusalén. Ambos presidentes se encuentran en medio de serias acusaciones que podrían poner un fin prematuro a su mandato. En el caso de Trump, además de las denuncias por acoso sexual, hay fuertes indicios del apoyo de Rusia durante las elecciones que lo llevaron al poder. Para Jimmy, la pesadilla empezó con los casos de su hijo y de su hermano por las facturas falsas y continuó con la solicitud de antejuicio para poder investigarlo por irregularidades en el financiamiento de su campaña. Aunque ambos candidatos no fueron tomados en serio al inicio de las contiendas electorales, finalmente alcanzaron la presidencia como auténticos outsiders de la política.

Tanto Trump como Jimmy se hicieron famosos gracias a la televisión, uno como el que despedía a todos los aprendices y el otro como el comediante racista y sexista (aquí otra coincidencia). En ambos países se observan canales de televisión que los defienden a capa y espada y desinforman a la población. Es el caso de FOX News en Estados Unidos y de los canales de televisión abierta en Guatemala. No obstante, lo que realmente los vincula es el hecho de que ambos están haciendo una férrea y descarada interferencia en los procesos de investigación en su contra. Los dos están cometiendo un delito muy grave desde la posición que ostentan como jefes de Estado: obstrucción de la justicia.

En mayo de 2017, Trump despidió al director del FBI, James B. Comey, justo cuando este avanzaba en las investigaciones sobre los vínculos de su campaña con los rusos. Fue tan evidente la interferencia que en junio Comey fue citado a declarar ante la comisión de inteligencia del Senado. Por eso el mismo Departamento de Justicia inició una investigación especial a cargo de Robert Mueller, nada más y nada menos que el antecesor de Comey al frente del FBI. Recientemente ha salido a luz que Trump intentó despedir también a Mueller, pero no le fue posible porque uno de sus asesores lo hizo entrar en razón amenazando con renunciar, pues las consecuencias serían desastrosas para la administración. Hasta el momento Trump ha negado todos los cargos simplemente alegando que las noticias son falsas, políticamente motivadas.

En Guatemala, Jimmy se ha aliado con poderosos actores políticos como el alcalde capitalino, Álvaro Arzú, y los diputados corruptos y muy posiblemente vinculados con el crimen organizado en el Congreso de la República, así como con empresarios ya acusados de participar en el tango de la corrupción y del financiamiento ilícito de las campañas, entre otros delitos graves. Y no se descarta que el presidente también tenga alianzas con los políticos ya en prisión preventiva, como los de La Línea, caso paradigmático del 2015 que sacó del poder a un presidente y a su vicepresidenta. Esta amplia coalición proimpunidad ha decidido obstruir la justicia cueste lo que cueste, pues evidentemente tiene mucho que perder.

Su primer golpe fue la declaración de persona non grata al comisionado de la Cicig, Iván Velásquez, a finales de agosto de 2017. El presidente lo hizo con un video casero, estilo Rodrigo Rosenberg, por lo que no se descarta que personajes igual de siniestros lo hayan apoyado en su producción. El segundo golpe fue en el Congreso de la República con los nefastos decretos legislativos para autorrecetarse impunidad. Afortunadamente, en el caso del presidente, la Corte de Constitucionalidad estuvo a la altura de las circunstancias. En el segundo caso fueron los ciudadanos indignados por tanto descaro de los políticos corruptos quienes los hicieron dar marcha atrás. Sin embargo, la coalición del pacto de corruptos ha resultado ser bastante resiliente, al punto de que se ha fortalecido con los golpes. Logró conformar una junta directiva del Congreso a su imagen y semejanza, y ahora el Ejecutivo, por medio de la Cancillería y de la Presidencia, ha realizado una nueva ronda de cabildeo en Washington D. C. y en Nueva York para intentar descabezar a la Cicig lo antes posible para luego enfilar sus fuerzas contra la fiscal general y jefa del Ministerio Público, Thelma Aldana, quien está a pocos meses de dejar el cargo. Su objetivo final es que la Cicig termine su mandato en 2019 muy debilitada, sin la debida y necesaria colaboración por parte de la nueva cabeza del MP.

En el caso de Estados Unidos, la esperanza radica en las elecciones de medio término, que en noviembre de 2018 podrían devolver el control del Congreso al Partido Demócrata. Si esto ocurre, aumentarían grandemente las probabilidades de que Trump sea sometido a un juicio político que lo retire de la Casa Blanca anticipadamente. En Guatemala, lo más probable es que tengamos que esperar hasta las elecciones del 2019 para votar, sin claras alternativas, por otro que se autoproclame «ni corrupto ni ladrón». Ante la ausencia de verdaderos partidos políticos, y sin reformas de fondo a la Ley Electoral que los propicien, volveremos a llenarnos de corruptos en todos los organismos del Estado, pero con el agravante de que ya no tendremos a la Cicig ni a Thelma Aldana para hacer contrapeso a sus desmedidas ambiciones de enriquecimiento ilícito y de poder.

Ambos presidentes saben que han perdido legitimidad. Trump, incluso, llegó al poder sin el favor del voto popular y cuenta con niveles de aceptación históricamente bajos. Por eso buscan sostenerse en fuentes tradicionales de legitimidad, en las predemocráticas, como la religión. Quieren hacerles creer a los ingenuos que ellos fueron ungidos, puestos como autoridad para cumplir con un plan divino. ¿El cumplimiento de la profecía de una nueva Jerusalén? Por ello los dos asisten a desayunos de oración nacional organizados por los líderes de su base evangélica fundamentalista y neopentecostal, y su breve encuentro se da en ese particular contexto.

Ambos presidentes han demostrado que son incapaces para el cargo que se les encomendó, pero no se los despedirá por eso. Se irán porque han intentado, con cierto éxito, retrasar las investigaciones en su contra. Lo lamentable es que en el proceso han dañado las instituciones nacionales con sus torpes decisiones. La diferencia es que en Guatemala nos costará mucho más, pues somos infinitamente más vulnerables a los destrozos de un mal gobierno. Y, claro, esto también afectará directamente a Estados Unidos con más migrantes, quienes seguramente pasarán por arriba o por debajo del famoso muro de Trump en busca de un sueño por cierto cada vez más lejano.

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