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Suecia: en el lado correcto de la historia
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Suecia: en el lado correcto de la historia

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Tipo de Nota: 
Opinión
16 05 18

No hay país perfecto, pero, si se hace una sumatoria de cómo cada nación actúa en momentos críticos de su historia, se extrae un clarísimo balance. Suecia es uno de esos países que sorprende y genera admiración.

Para derechas e izquierdas, Suecia genera una reacción por lo general mal fundamentada. La mayoría de las derechas latinoamericanas ven en Suecia el epítome de eso que F. A. Hayek postulaba en Camino de servidumbre: «Con mayor incidencia del Estado (en uso de políticas directas) se tiene la pérdida de libertad (económica) […] y nos acercamos más a la Rusia soviética». Pero los números no lo prueban así. El índice per cápita sueco es de EUR 47,400. Suecia muestra que es posible tener crecimiento económico y sostener impuestos progresivos, así como un rol importante del Estado para garantizar servicios más que básicos. En la clasificación de 2016 realizada por el Banco Mundial con base en el indicador INB (ingreso nacional bruto per cápita), la cifra se sitúa en USD 54,740: lo cual convierte a Suecia simplemente en un país de altos ingresos. Atención, izquierdas: el 83 % del empleo generado en Suecia es resultado de actores privados, pero, eso sí, el sistema sueco no adolece del problema de crony capitalism.

A ver. Esto se pone bueno: Suecia tiene un tipo medio fiscal total de 38.6 % (no estamos ya en la Suecia de los años 80), pero, aunque pudiera pensarse que esto es una intromisión en el libre proceso de generación de la riqueza, lo que Suecia corrobora es que los impuestos progresivos no son por fuerza incentivos perversos para la creatividad, la competitividad y la generación de riqueza. El indicador de desarrollo humano asigna a Suecia el valor de 0.913. Es decir, Suecia es un país con futuro. Quizá aquí está la clave. Al revisar los indicadores globales de transparencia, en el último índice de percepción de corrupción elaborado por Transparencia Internacional, Suecia está bien ponderada. Dato interesante y poco conocido: la ley de acceso a la información sueca data de 1766. Mediante esta ley, Suecia se convirtió en el primer país del mundo en reconocer y regular con una ley específica el derecho fundamental de acceso a la información pública.

Continúo. El índice de libertades elaborado por Freedom House tipifica a Suecia como un país esencialmente libre. O sea, o los de Freedom House se hicieron socialistas o hay una percepción equivocada de ciertas derechas sobre países como Suecia: no es una dictadura de ningún tipo, no es una monarquía humanista (WTF?), sino una monarquía parlamentaria en la cual el monarca es ornamental y existen partidos políticos sólidos que juegan en procesos electorales muy transparentes, además de pacíficos. En un país civilizado como Suecia, la cifra de 93 aspirantes a cargos públicos asesinados que lleva México simplemente haría colapsar el sistema. O la cifra de periodistas asesinados simplemente habría paralizado ya al país.

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El Foro Económico Mundial refirió en 2015 que Suecia era uno de los países más competitivos del mundo y que la clave de su éxito se debía… a la calidad de sus instituciones, a la independencia del poder judicial, a las regulaciones, a la transparencia.

Todo lo anterior abona al argumento de que Suecia es un país al que sería inteligente emular. Por lo tanto, si resulta que para un país como Suecia los derechos humanos son importantes, que el respeto de los mecanismos del derecho internacional es fundamental para orientar a los Estados a construir mejores sociedades, habría que entender entonces que así es como una sociedad civilizada entiende la realidad. Por algo será. No es tan difícil hacer la conexión.

Suecia ha estado siempre del lado correcto de la historia y, cuando se ha equivocado, lo ha asumido con madurez. La sociedad sueca debate hoy, con total libertad y sin tapujo alguno, el mito de la neutralidad sueca durante la Segunda Guerra Mundial. Pero, a pesar de ese error, en materia de derechos humanos Suecia es única.

A ver. Que no se nos olvide el diplomático sueco Raoul Wallenberg, que valientemente salvó de las garras del nazismo a 50,000 judíos húngaros. Utilizó su estatus diplomático para entregar pasaportes protegidos que identificaban a dichas personas como suecas. Al concluir la guerra, fue arrestado por los soviéticos y puesto en prisión bajo el cargo de ser espía estadounidense (gracias, madre Rusia). Otro hecho loable de la historia de Suecia: el 2 de octubre de 1943 la radio sueca anunciaba que ese país daría asilo a buena parte de la comunidad judía danesa. En esa decisión que les salvó la vida a un aproximado de 7,000 judíos daneses contó mucho la valentía del rey sueco Gustavo VI Adolfo.

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La tensión diplomática entre Suecia y Guatemala es lo mismo que tener una discusión sin idioma común. Son dos formas distintas de ver la realidad. En una posición, los derechos humanos son la piedra angular. En la otra son marginales. Si algo se admira precisamente de la sociedad sueca (y esto es reflejo de su política exterior) es que, más allá de cualquier característica específica que uno pueda tener, uno es primero persona, con valor único e inviolable, por el solo hecho de la condición humana. Por eso, dicho sea de paso, un país como Suecia tiene tensiones diplomáticas con países como Rusia e Israel: dos visiones distintas sobre el rol que juegan los derechos humanos. Continúo. En la posición sueca, la diplomacia se toma con seriedad: el embajador Kompass conoce perfectamente Guatemala y la región (además, es diplomático de carrera), mientras que el representante diplomático de Guatemala en Suecia es un odontólogo que antes era misionero evangélico en España. Deberían ser los suecos los ofendidos con un nombramiento así. En la posición sueca, los compromisos asumidos por el Estado trascienden las necesidades personales de un presidente, pero en Guatemala el vicio personalista es la regla.

Cierro con una historia interesante pero tristemente olvidada. Otro elogio a la diplomacia sueca. En 1973, en el inicio de la bestial dictadura de Pinochet, un valiente diplomático sueco de nombre Harald Edelstam (previamente, en 1969, había sido embajador en Guatemala) salvó la vida de más de un centenar de perseguidos y prisioneros políticos de la dictadura. Edelstam salía todas las mañanas a las calles de Santiago a buscar personas a las cuales ayudar para refugiarlas en su embajada y luego sacarlas del país. El régimen militar lo declaró no grato en diciembre de 1973. Cuestiones de soberanía y extralimitación de mandato, supongo.

En esta misma tradición de diplomáticos humanistas suecos está el embajador Anders Kompass, a quien le está tocando lidiar —tristemente— con la faccia brutta de nuestro momento.

Basta saber que, en términos generales, Suecia ha estado siempre del lado correcto de la historia. Y eso es lo que cuenta.

Suecia ha estado siempre del lado correcto de la historia y, cuando se ha equivocado, lo ha asumido con madurez.
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El representante diplomático de Guatemala en Suecia es un odontólogo que antes era misionero evangélico en España. Deberían ser los suecos los ofendidos con un nombramiento así.
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