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Sepelio de Arzú al estilo «Amarraditos»
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Sepelio de Arzú al estilo «Amarraditos»

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Tipo de Nota: 
Opinión
13 05 18

Cuando la poeta argentina Margarita Durán y el músico también argentino Pedro Belisario Pérez compusieron el valsecito peruano Amarraditos, seguro tuvieron en mente aquellos sueños de grandeza y de búsqueda de antecedentes nobles hispanos que los nuevos y viejos ricos peruanos cultivan, lo cual se puede entender como una suave ironía a esas fantasías de los que, sin importar cuán cholos los consideren los otros, buscarán afanados algún ancestro que les aclare la piel, aunque sea apenas para endulzar su imaginario de grandeza.

El sepelio dominical del alcalde capitalino Álvaro Arzú Irigoyen trajo a la mente de no pocos guatemaltecos aquella música peruana escrita por argentinos y popularizada por la española María Dolores Pradera. No porque el fallecido no pareciera criollo en su piel y en su pensamiento, sino porque el juego de imágenes a las que se obligó a ver a próximos y lejanos resultó una representación casi circense del supuesto ser y hacer de los criollos locales, de hoy y de antes.

Optar por sepultarlo fuera de la ciudad que administró a su sabor y antojo y rodeado de familiares fue ya un acto de alejamiento intencional de quienes por más de dos décadas lo favorecieron con su voto e hizo público para siempre que nunca se consideró uno de ellos. Su hábil manipulación de los gestos y de las prácticas populistas conservadoras le permitió gobernar la ciudad más grande del país, y por un período que ningún otro político nacional había conseguido. Pero él y su familia decidieron decirles a todos que no era de allí, que no le gustaba estar entre ellos, que prefería ser parte de una tierra que sí consideraba suya, y optaron por su sepultura en terreno privado.

Pero lo anterior no impidió que se obligara a estudiantes de la escuela militar a hacerle guardia en el velatorio y durante el trayecto a la tumba en finca privada, así como a rendirle honores al ingresar a su propiedad. Puede que más de algún cadete se haya preguntado si la profesión militar a la que aspira debería incluir servir de comparsa en un espectáculo fúnebre, levantando y guardando el espadín cada vez que a la familia del difunto le pareciera indicado. Si alguna vez estos futuros oficiales han sentido vergüenza del ser y hacer de exoficiales como Byron Lima y Estuardo Galdámez, servir de adorno para un suntuoso funeral los ha de haber llenado de indignación.

Trasladar cadáveres por las calles de la Antigua en un carruaje tirado por briosos corceles no es ya una práctica. Mucho menos lo es que los acompañen cadetes. Evidentemente, el estilo criollo démodé que la familia Arzú Irigoyen y Escobar impuso fue el espectáculo inolvidable de los cientos de turistas que domingo a domingo se agolpan en la que fue capital colonial, más aún al ser acompañado en algunos trechos por el ya famoso actor Sergio Quintanilla, que domingo a domingo la hace de pregonero colonial ataviado con ropas de la época.

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Las funerarias locales y de ciudades vecinas tendrán desde ahora, con seguridad, entierros al estilo Arzú Irigoyen, en los que, además de incluir el ya famoso carruaje mortuorio, podrían tener al pregonero disfrazado de vocero colonial y a un grupo de chicos disfrazados de estudiantes de la escuela de oficiales militares. Todo, claro está, inmerso en esa suave bruma de añoranzas coloniales que el ahora difunto quiso hacer pervivir en su práctica política.

En aquel sepelio memorable todo sonó a falso. Los corceles, especializados en el trote, no lograban acostumbrarse a comportarse como de tiro, y el cochero debía detenerse para tranquilizarlos. Cochero que bien pudo haber pensado que, pobre y mal pagado, pudo sobrevivir a un patrón que aún desde su féretro le imponía una jornada dominical ataviado con ropas anticuadas y usadas solamente en el teatro.

Los turistas se divirtieron fotografiando el inusual cortejo, en el cual fue imposible identificar, entre la infinidad de imágenes compartidas en las redes sociales, rostros apesadumbrados o doloridos ante el deceso del alcalde capitalino. Sonrisas y esfuerzos por retratar de mejo manera a cochero y corceles son lo más común en las imágenes.

Tal vez por ello a un antiguo huelguero, de los letristas de canciones de las veladas de antaño, se le ocurrió parodiar Amarraditos e imaginar que Tin-Tan bien podría prestar su voz para cantarla. Y no pude vencer la tentación de compartirla:

Pasan amarraditos los dos,

espumas y terciopelo.

Ellos, con recrujir de almidón;

y él, serio y altanero.

 

La gente los mira

con sonrisas por la calle.

Murmuran las vecinas,

los amigos y el cochero.

 

Dicen que no se estilan ya más

ni su vozarrón ni su pasador.

Dicen que no se estilan ya más

ni el carretón ni su chicotón.

 

Él dice que se estilan

sus ojazos y su orgullo

cuando va por la calle

por el sol y sin apuro.

 

Lo espera ya su cochero

para su entrada final,

y a trotecito lento recorrieron el paseo.

Él saluda tocando el ala

de su sombrero mejor

y el difunto ya no agita ni el pañuelo.

 

No se estila, saben que no se estila,

que se lleve para enterrar

caballos y caporal.

 

Desde luego eso es un juego,

pero no hay nada mejor

que hacerse creer que son

como fueron sus abuelos.

El estilo «criollo démodé» que la familia Arzú Irigoyen y Escobar impuso fue el espectáculo inolvidable de los cientos de turistas que domingo a domingo se agolpan en la que fue capital colonial.
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